Caminos...
Caminos hay muchos, billones, tantos como personas en este planeta, y cada uno de nosotros tiene asignado el suyo. Nacemos en el kilómetro cero con la capacidad y oportunidad de trazarlo a nuestro gusto. Como nosotros queramos. Aunque se nos inculque que estamos determinados a que esa senda vaya siendo modificada al paso de las construcciones de otros, y de los caprichos y las no tan aleatorias casualidades de la vida.
Caminos los hay de todos los tipos posibles, algunos incluso inimaginables. Unos van siempre en línea recta. Otros están llenos de socavones. Unos te hacen devolver por las miles de curvas que contienen. Otros te acunan. Unos saben a tierra. Otros huelen a mar. Unos se derrumban para poder ser reconstruidos con nuevos materiales. Otros se deterioran por el roce de nuestras ruedas. Unos vibran con emoción y belleza. Otros nos asustan e inspiran desconfianza. Unos son seductores y peligrosos. Otros son tranquilos y aburridos.
Caminos hay muchos. Maneras de conducir por ellos, también. Mas todos tienen un pequeño detalle en común. El que, al menos dentro de esta realidad física que conocemos, cada uno de ellos está obligado a tener un fin. El cuándo, esa información tan importante quizá para la mayor parte del colectivo humano, no se nos ofrece, pero está ahí. Todos lo sabemos. Es la firma del contrato de la vida. Es el precio a pagar por estar aquí, por habérsete dado un espacio en este mundo para que existas físicamente, sientas, experimentes, crees y te expreses.
Caminos hay muchos, sí. Pero al final, mientras estés dando ese último golpe de volante, lo único que importará será el conjunto total del recorrido, y de como hayas conducido y sabido esquivar los obstáculos que se te han presentado. Si tienes suerte y lo haces bien, una vez te hayas precipitado al abismo de lo que sea que nos espera más allá de esto, habrás dejado tras de ti una autopista por la que muchos otros podrán circular.
Texto: Pablo A. Barredo
Imagen: Erik Johansson