Tengo recuerdos de un sol naranja oscuro naciendo en el negro oeste, vivo en un mundo que me es extraño. Los gigantes de la melancolía recolectan vayas en los arbustos de coronas, arrancan los tejados rojos de las casitas blancas. Dejan que la lluvia las inunde por dentro.
Los papeles salen anegados por las ventanas, se hacen pequeñas semillas que escarban en el humus buscando tinta para sus raíces. Gotas que fragmentan la luz nacen de los enormes lacrimales de la tristeza.
Alguien ha tallado palabras incomprensibles en el rostro de las montañas calizas que consumen lentamente su cima. Encendidas por el calor más allá de las nubes. El humo de las pipas de piedra marrón ondea dando forma a la carne.
Sé que lentamente se desvanece todo cuanto pueden encerrar mis dedos. Espinas incapaces de clavarse en la piel. Garabatos grises rodean la melodía. Mi corazón pide que la hermosura exista siempre, rayando letras sin sentido, procuro que la voz dure un segundo más que el silencio.
Pero es una batalla perdida. Lo sé. No habrá nada que hacer cuando el último grano haya emprendido su vuelo. Cuando nos vea tan pequeños como hormigas, despegando en el cielo, buscando un sentido que no existe...