por: Carlos Patiño Millán
Uno de los pocos artistas que se atrevió a desafiar la violencia que sacudió a Medellín a finales de los ochenta y comienzos de los noventa fue el mimo Marcel Marceau, llamado, con justicia, “el escultor de lo invisible”. Famoso por haberle dado vida a Bip, un rostro blanco que jamás pronuncia palabra y que luce un sombrero de copa adornado con una flor roja, el creador francés reconoció que su personaje —inspirado en Pip de la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens— fue un cazador de mariposas antes de convertirse en el célebre solitario que se enfrenta “al progreso y a los excesos del mundo moderno”. Pues bien, por aquella época yo trabajaba como reportero en El Mundo y me fue asignada la misión de entrevistar al maestro antes de su esperada función. A su empresario o a algún otro genio se le ocurrió la idea de descender del aeropuerto José María Córdova a Medellín por la carretera de Santa Elena, conocida y temida por sus numerosas curvas y pendientes. El hecho es que Marceau llegó completamente descompuesto al Hotel Nutibara. Como era apenas natural, el fotógrafo Donaldo Zuluaga y yo convinimos en esperar a que el aire regresara a sus ya cansados pulmones (el hombre tenía 67 años por aquel entonces). Mientras eso sucedía, fuimos testigos de la inesperada aparición de la cantante chilena Myriam Hernández quien, en pleno auge de su popularidad, provocó una estampida de hombres y mujeres que asistían a una de las tantas convenciones que allí tenían lugar y que se volcaron, vociferando y gritando, tras la diva. Asustado con el tumulto y el ruido —“¿otro carro bomba?”—, el mimo más famoso de todos los mimos, todavía pálido, intentó ocultarse desplegando una edición del Miami Herald. La vida sabe cómo dice sus cosas: “¡Qué grito!”, puede leerse en el titular del diario..
Uno de los pocos artistas que se atrevió a desafiar la violencia que sacudió a Medellín a finales de los ochenta y comienzos de los noventa fue el mimo Marcel Marceau, llamado, con justicia, “el escultor de lo invisible”. Famoso por haberle dado vida a Bip, un rostro blanco que jamás pronuncia palabra y que luce un sombrero de copa adornado con una flor roja, el creador francés reconoció que su personaje —inspirado en Pip de la novela Grandes esperanzas de Charles Dickens— fue un cazador de mariposas antes de convertirse en el célebre solitario que se enfrenta “al progreso y a los excesos del mundo moderno”. Pues bien, por aquella época yo trabajaba como reportero en El Mundo y me fue asignada la misión de entrevistar al maestro antes de su esperada función. A su empresario o a algún otro genio se le ocurrió la idea de descender del aeropuerto José María Córdova a Medellín por la carretera de Santa Elena, conocida y temida por sus numerosas curvas y pendientes. El hecho es que Marceau llegó completamente descompuesto al Hotel Nutibara. Como era apenas natural, el fotógrafo Donaldo Zuluaga y yo convinimos en esperar a que el aire regresara a sus ya cansados pulmones (el hombre tenía 67 años por aquel entonces). Mientras eso sucedía, fuimos testigos de la inesperada aparición de la cantante chilena Myriam Hernández quien, en pleno auge de su popularidad, provocó una estampida de hombres y mujeres que asistían a una de las tantas convenciones que allí tenían lugar y que se volcaron, vociferando y gritando, tras la diva. Asustado con el tumulto y el ruido —“¿otro carro bomba?”—, el mimo más famoso de todos los mimos, todavía pálido, intentó ocultarse desplegando una edición del Miami Herald. La vida sabe cómo dice sus cosas: “¡Qué grito!”, puede leerse en el titular del diario..