Hola, hola, amigos. Les traigo un texto que escribí hace rato, mientras estaba distraída en el ordenador y de pronto me llegó una musa...
Recuerdo mis primeros años de estudiante universitaria y me sonrío a mí misma por haber sido tan... tan yo. Recuerdo que la psiquiatría me parecía una profesión inútil, desgastante y nada productiva ni prometedora. Me acuerdo de los primeros días que tenía que vivir sola en la habitación que me había asignado la beca por el simple hecho de no importunar a mis compañeras de otras carreras con mis análisis y sesiones de consulta mental.
Recuerdo mi primer encuentro con un esquizofrénico; se trataba de mi asesor de tesis, él mismo reconocía estar enfermo y aún así me animaba a continuar y prometía guiarme por el buen sendero para no terminar como él. Lo recuerdo. Y mis apuntes de auto diagnóstico que escribía desde las bancas de los jardines. Y los rechazos a tantas citas románticas para poder asistir al café J… a escuchar a un filósofo loco que entretenía a los intelectuales con sus monólogos de nihilista.
Lo recuerdo. Y mi adicción a la cafeína y al cigarrillo. Y las tardes brumosas que me helaban los dedos en la biblioteca por tanto escribir mis sandeces de teorías.
Y mi gato que se ha ido y no pensé que fuera a echarle mucho de menos… mi gato de patas cortas que adoraba comer mantequilla y betún en tostadas (¿curioso, no?), mi gato alegre y cobarde que tenía alma de ratón y sólo maullaba cuando tenía gases y le dolía la barriga.
Y los viajes largos desde la universidad a mi casa, con salidas del internado en ayunas y besos presurosos y abrazos a todos los viejos y nuevos amigos, con el nudo en la garganta justo al decir “hola mamá…” por teléfono y agregar que ya iba en camino, que iba a conducir con cuidado y que llegaría en seis horas, y en seis horas no llegaría a casa una universitaria con temas intelectuales ni carácter más maduro, sino una niñita que rompería a llorar justo al recibir el primer abrazo de sus padres y de sus hermanas.
Y en la autopista, sintiéndome una mujer plena en todo el sentido de la palabra, conducía con los “Héroes del silencio” amenizando mi trayecto, con mi equipaje de ropa sucia y apestosa en la cajuela, y miradas impacientadas al reloj de mi muñeca, vistazos rápidos a los señalamientos que en intervalos largos, larguísimos… iban acortando distancias en los kilómetros respecto a mi hogar.
Y llegaba la noche, y mi atrevimiento de llevar el acelerador a fondo se espantaba con la oscuridad y dejaba de conducir a 170 por hora para continuar mi camino a 110. Luego la penumbra me asustaba y tenía que apagar el estéreo para no distraerme en la carretera, pues había tramos en que me parecía ver siluetas de demonios, de brujas, o de espectros que asechaban a los viajeros solitarios que extrañaban a su familia.
Y el por fin llegar a casa y encontrar a todos dormidos para sorprenderlos, pero luego ser descubierta por mi mamá que siempre y gracias a su intuición me pillaba a punto de entrar a mi cuarto. Y el abrazo dulce y amoroso que me hacía besarla hasta cien veces antes de dejarla volver a su cama. Y meterme en mi camita que ha sido la misma desde la secundaria y que sigue ahí albergando mis sueños, impregnada de mi olor, de mis lágrimas y de mi descanso.
Y al amanecer salir al alba a la costa y saludar al mar, al mar que me ha visto crecer y sigue llamándome para contárle cómo me ha ido.
Y después volver, pasar el día en familia, y por la tarde recorrer las calles viejas e inmutables que conservan los mismos baches, los mismos charcos y las mismas viejecillas llevando sus jorobas aquí y allá en los mercados.
Y acordarme del que ha sido mi primer amor al ver una parejita de adolescentes en el parque o en las fuentes de sodas, y reprimir mis ganas de ir a buscarlo a su casa para ver qué tal está y llevármelo al lugar de siempre para hacer el amor.
Y finalmente, recuerdo las noches cuando me perdía y me estaba hasta las doce caminando sin llegar a ninguna parte ante la mirada de cansancio de los centinelas y los guardias de los museos que me saludan y regresan a sus sueños de vigilantes.
Y llegar a mi casa, dormirme y soñar con mis estupideces de siempre...
Sean considerados y si van a criticar que sea para bien, por favor...
Recuerdo mis primeros años de estudiante universitaria y me sonrío a mí misma por haber sido tan... tan yo. Recuerdo que la psiquiatría me parecía una profesión inútil, desgastante y nada productiva ni prometedora. Me acuerdo de los primeros días que tenía que vivir sola en la habitación que me había asignado la beca por el simple hecho de no importunar a mis compañeras de otras carreras con mis análisis y sesiones de consulta mental.
Recuerdo mi primer encuentro con un esquizofrénico; se trataba de mi asesor de tesis, él mismo reconocía estar enfermo y aún así me animaba a continuar y prometía guiarme por el buen sendero para no terminar como él. Lo recuerdo. Y mis apuntes de auto diagnóstico que escribía desde las bancas de los jardines. Y los rechazos a tantas citas románticas para poder asistir al café J… a escuchar a un filósofo loco que entretenía a los intelectuales con sus monólogos de nihilista.
Lo recuerdo. Y mi adicción a la cafeína y al cigarrillo. Y las tardes brumosas que me helaban los dedos en la biblioteca por tanto escribir mis sandeces de teorías.
Y mi gato que se ha ido y no pensé que fuera a echarle mucho de menos… mi gato de patas cortas que adoraba comer mantequilla y betún en tostadas (¿curioso, no?), mi gato alegre y cobarde que tenía alma de ratón y sólo maullaba cuando tenía gases y le dolía la barriga.
Y los viajes largos desde la universidad a mi casa, con salidas del internado en ayunas y besos presurosos y abrazos a todos los viejos y nuevos amigos, con el nudo en la garganta justo al decir “hola mamá…” por teléfono y agregar que ya iba en camino, que iba a conducir con cuidado y que llegaría en seis horas, y en seis horas no llegaría a casa una universitaria con temas intelectuales ni carácter más maduro, sino una niñita que rompería a llorar justo al recibir el primer abrazo de sus padres y de sus hermanas.
Y en la autopista, sintiéndome una mujer plena en todo el sentido de la palabra, conducía con los “Héroes del silencio” amenizando mi trayecto, con mi equipaje de ropa sucia y apestosa en la cajuela, y miradas impacientadas al reloj de mi muñeca, vistazos rápidos a los señalamientos que en intervalos largos, larguísimos… iban acortando distancias en los kilómetros respecto a mi hogar.
Y llegaba la noche, y mi atrevimiento de llevar el acelerador a fondo se espantaba con la oscuridad y dejaba de conducir a 170 por hora para continuar mi camino a 110. Luego la penumbra me asustaba y tenía que apagar el estéreo para no distraerme en la carretera, pues había tramos en que me parecía ver siluetas de demonios, de brujas, o de espectros que asechaban a los viajeros solitarios que extrañaban a su familia.
Y el por fin llegar a casa y encontrar a todos dormidos para sorprenderlos, pero luego ser descubierta por mi mamá que siempre y gracias a su intuición me pillaba a punto de entrar a mi cuarto. Y el abrazo dulce y amoroso que me hacía besarla hasta cien veces antes de dejarla volver a su cama. Y meterme en mi camita que ha sido la misma desde la secundaria y que sigue ahí albergando mis sueños, impregnada de mi olor, de mis lágrimas y de mi descanso.
Y al amanecer salir al alba a la costa y saludar al mar, al mar que me ha visto crecer y sigue llamándome para contárle cómo me ha ido.
Y después volver, pasar el día en familia, y por la tarde recorrer las calles viejas e inmutables que conservan los mismos baches, los mismos charcos y las mismas viejecillas llevando sus jorobas aquí y allá en los mercados.
Y acordarme del que ha sido mi primer amor al ver una parejita de adolescentes en el parque o en las fuentes de sodas, y reprimir mis ganas de ir a buscarlo a su casa para ver qué tal está y llevármelo al lugar de siempre para hacer el amor.
Y finalmente, recuerdo las noches cuando me perdía y me estaba hasta las doce caminando sin llegar a ninguna parte ante la mirada de cansancio de los centinelas y los guardias de los museos que me saludan y regresan a sus sueños de vigilantes.

Y llegar a mi casa, dormirme y soñar con mis estupideces de siempre...
Sean considerados y si van a criticar que sea para bien, por favor...