InicioArteDirectores de orquesta preferidos
Hago este post porque estoy aburrido y estaba escuchando música. La elección responde a mis gustos personales y nada más. El orden de los elegidos también es casual, esto no es un ranking, los rankings son para los programas de espectáculos. Si de algo les sirve, me alegro.


Phillippe Herreweghe

Directores de orquesta preferidos

El director belga es aún un hombre joven, así que lo que digo puede sonar exagerado, pero se trata de uno de los mejores directores corales de todos los tiempos. Alguna vez pensó seriamente en ser psiquiatra, pero por suerte la música pudo más. En la Universidad de Gante fundó el Collegium Vocal de Gante y lo convirtió en uno de los ensambles vocales más perfectos que haya escuchado. Totalmente ajeno a la tradición de las asociaciones corales que cantan en los grandes teatros, este coro tiene un balance y una claridad que raramente se ha escuchado, el contrapunto se percibe con una claridad que hace que hasta el más sordo pueda notar las líneas musicales que se cruzan, los bajos nunca retumban como trombones bajos o pedales de órgano; pero son las voces blancas, sobre todo las sopranos, las más perfectas que se hayan escuchado. Cristalinas, sin un gramo de voces de pecho innecesarias, llegan a las notas más altas sin forzar jamás la garganta.
Cada cantata que de Bach que Herreweghe ha grabado (y es muy selectivo) es simplemente insuperable. Su lectura de la Misa en sí menor de 1996 es celestial y la más redondeada en el conjunto, y en 1998 logró algo igualmente increíble con la Pasión de San Mateo.
Ha logrado que la Misa Solemnis o el Requiem de Fauré volvieran a sonar como obras religiosas y no equivalentes corales de sinfonías. Y por las dudas, ha tenido de colaboradores por más de treinta años a dos descomunales artistas como el oboísta y lutier Marcel Ponseele y el bajo Peter Kooy. Cada cantante que vive por Francia, los Países Bajos o Alemania que ha ido a cantar con él ha dado simplemente la mejor actuación de su carrera, y ahí están Andreas Scholl, Mark Padmore, Dorothea Meelds o Howard Crook.



Herbert Von Karajan

musica

Amado y odiado, cuando se habla de la tradición de los grandes directores surgida en el siglo XIX, pocos han sido tan notables como él. Por fuera de su repulsiva actuación durante el nazismo, pocos han hecho que una orquesta romántica sonara tan perfectamente, parece que nadie nunca tocó una nota mal con el. Lo han acusado de volcarse siempre a un sonido "Hollywood", pero cuando Richard Strauss sonaba en su Filarmónica de Berlín, todos tenían que callarse ante semejante dimensión de grandeza. Haya sido o no un comerciante, su labor a la hora de llevar la música clásica a las masas, en televisión o radio, y sus innumerables grabaciones, nunca estuvieron reñidas con la calidad, no era un creador serial de discos, su perfeccionismo en el estudio de grabación es uno de los grandes legados de la industria de gramófono.


Pierre Boulez

musica clasica

Sí, juntar al anterior con éste parece una broma. Resistido a más no poder, Boulez siempre dejó en claro que cree que la música siempre debe actualizarse, y que dirigir Wagner como hace setenta años no lleva a ningún lado. Sus tiempos rápidos, su búsqueda de la precisión rítmica incisiva (se lo acusa de hace que todo suene a lo Stravinsky) y su manía de ir de una a los acentos y desacelerar luego, le han valido todo tipo de críticas. Además su bocota y la pluma feroz de sus años de enfant terrible en los cincuenta lo siguen persiguiendo.
Sin embargo, su Ensemble Intercontemporain no sólo es una maravilla que incorpora a los más grandes virtuosos a la música contemporánea, sino que ha encargado y estrenado más de 200 obras de compositores actuales, y eso viniendo de un compositor (quizás el mejor vivo) es una muestra de grandeza. Además, no ha tenido problemas con hacer que la sinfónica de Londres tocara con Frank Zappa (¡a la mierda los prejuicios!). Ha hecho que las mejores orquestas del mundo tocaran Webern, Varese o Berio, y su poco ortodoxo enfoque de Mahler ha demostrado la escandalosa modernidad de la sinfonía número siete de este compositor, tan antiorromántica, tan nueva, que parece darle la razón a su mirada.



Trevor Pinnock


musicos


Cuando los ensambles de música de instrumentos antiguos eran más un espectáculo de museo, un experimento para musicólogos, este muy inglés y muy flemático caballero fundó en 1973 "The english concert". Ex-niño corista y un clavecinista de un virtuosismo y fluidez irrepetibles, Pinnock se convenció de que tenía que aprender a dirigir porque tocando el clavicémbalo no podría vivir. Desde entonces, como los antiguos maestros, dirige desde el instrumento y de alguna manera logra tener el control de cada uno de sus músicos. La música instrumental del barroco de repente sonó cercana, chispeante, ágil y al mismo emotiva, con esa emotividad que muchas veces avergonzaba a los directores del repertorio antiguo continentales.
Su versión de los conciertos de Brandenburgo de 1982 es cita obligada, y nadie volvió a tocar los conciertos para clave de Bach tan frenética e inolvidablemente. Y qué suerte que haya sido un ensable tan inglés el que lograra que la música acuática de Händel dejara de sonar tan pomposa y pesadamente británica.



Otto Klemperer


artistas


El alumno "negro" de Mahler (siendo Bruno Walter el "luminoso" ). Misántropo, emotivo como un cascote e incapaz de decirle a sus músicos algo más inteligible que unos cuantos gruñidos, este judío exiliado durante la segunda guerra llegó a Inglaterra donde el productor discográfico Walter Legge había fundado su propia orquesta con financiamiento del Sultán de Myanmar. De alguna manera, este poco comunicativo ser logró que la Philaromina Orquesta, un capricho personal para acompañar a la esposa de Legge, Elisabeth Schwarzkopff, se convirtiera en una máquina sonora extraordinaria. Quizás haya sido telepatía, o la autoridad que representaba un hombre que estoicamente se presentó a grabar tres días después de la muerte de su esposa. Su recuento de la primera sinfonía de Brahms tiene una fuerza y autoridad que pareciera que fuera la Filarmónica de Viena y no la orquesta de Legge. Pero es la elusiva Alto-Rapsodie en la voz de Christa Ludwig y bajo su batuta, la que continúan siendo devastadora.


Claudio Abbado


directores

Recientemente fallecido, cuando apareció en el "firmamento de la música clásica" los artistas de este género eran seres inalcanzables y enigmáticos. Y un día, este italiano fachero, amante de la buena mesa y militante de izquierda, apareció como uno más y cambió el paisaje de la música del siglo XX. Rompió todas las convenciones. Como italiano hizo notablemente sus deberes de dirigir Verdi en la Scala, pero también se volcó a repertorios demasiado "intelectuales" y ajenos para lo que se entendía de un director italiano. Sacó del olvido a Alban Berg y lo hizo "normal". Se juntaba con Luciano Berio y tocaba en los teatros más exclusivos la obra de Stockhausen. Eso sí, cuando tocaba Brahms, o Schubert, o Beethoven, lo hacía a la par de cualquier alemán, a veces mejor, y su Prokofiev y Stravinsky tenían una energía furibunda. En sus diez años a cargo de la Filarmónica de Berlín, que heredó de Karajan, se puede decir que la barrera entre el público y la orquesta se quebró, e hizo parecer "cotidiano" un talento absolutamente milagroso.


John Eliot Gardiner


Algunos dirán que el Coro Monteverdi reúne lo mejor y lo peor de los coros ingleses. No es cierto. Cuando la música coral religiosa (Händel y Purcell al frente) parecían estar indeleblemente ligadas a los coros de niños de Oxford o Westminster (y sus tonos difusos y cansinos) Gardiner fundó este coro en 1964 para especializarse en el repertorio antiguo, y sigue teniendo una agilidad y virtuosismo insuperables. Las fugas de Bach o Handel se escalonan bajo su batuta a una velocidad y energía dignas de cualquier gran pianista. La versatilidad de este alto y verborrágico caballero son increíbles. Desde Monteverdi a stravinksy, él y su coro han encarado todo y lo han hecho como los dioses. Además, dirige dos ensambles con instrumentos de época, los Solistas barrocos ingleses y la Orquesta revolucionaria y romántica. Cuando la música con instrumentos de época parecía reducidad al getto del barroco y renacimiento, este hombre grabó las sinfonías de Beethoven, el requiem Alemán de Brahms o el Requiem de Berlioz con la instrumentación original y mostró que era posible.
Un dato curioso: su devoción por Bach, al que interpreta notablemente, quizás esté vinculada a que creció bajo los ojos del Kantor de Leipzig... literalmente. El retrato que Hausmann hizo del compositor estaba colgado en la casa de campo de su familia para ser protegido de los bombardeos alemanes durante la segunda guerra.



Karl Richter


musica instrumental


Quizás para todos aquellos que somos fanáticos de la interpretación histórica, el legado de Karl Richter puede ser muchas veces subestimado. Durante buena parte del siglo XX, la música clásica era cosa de las grandes orquestas y coros de los teatros de ópera y sinfónicos, y había excentricidades locales, como la tradición coral inglesa. A todo eso, la ciudad que guardaba el mayor legado del mayor de los compositores, es decir, Leipzig y Bach respectivamente, había desarrollado una rica tradición musical admirada por gente como Mendelsohnn, Liszt o Wagner. Coros de menos integrantes, ensambles instrumentales menores; el motete sobre las grandes obras corales del romanticismo. Esa tradición que tuvo entre otros a Gunther Ramin, fue descubierta para todo el mundo gracias a Karl Richter. Sí, siempre usó instrumentos y afinaciones modernas, pero mientras los grandes directores parecían empeñados en que Bach sonara parecido a Brahms o Bruckner, él devolvió a la música del viejo maestro un poco de su devoción originaria. Y por si fuera poco, además fue un organista legendario. Y aún peor, su magistral coro Bach de Munich estaba formado enteramente por aficionados y estudiantes, algo que es imposible de imaginar cuando se escucha la perfección con la que cantaban.



Georg Solti

orquestas

Este húngaro temible de dos metros de altura y ojos de malo de película clase B es quien, junto con Karajan, más hizo para que la experiencia de escuchar un disco sea realmente cercana a la de escuchar una orquesta en vivo y en directo. Sus grabaciones de ópera, sobre todo de Wagner, tienen una dimensión sonora difícil de igualar. Su primera aparición en el escenario fue cambiando las páginas de la partitura de Ditta Pasztori, la esposa de Béla Bartók, en el estreno casi catastrófico de la sonata para dos pianos y percusión. Desde entonces fue uno de los defensores fundamentales de la obra y estética del maestro húngaro, y uno de los que lo consagró con el gran público. Y si quieren escuchar el cielo abrirse, su grabación de 1973 de la sinfonía 8 de Mahler (la de los mil) no ha sido superada.


Sergiu Celibidache


musica coral


Las excentricidades del director rumano son casi tan legendarias como las de Glenn Gould. Le decía a los grabadores "panqueques sonantes", odiaba y nunca aceptó grabar su música. En su juventud, cuando dirigió la Filarmónica de Berlín en los traumáticos cinco años después de la guerra, antes de que fuera apodado el "director de la esperanza" , era más célebre por sus movimientos salvajes y por cantar la música casi tan fuerte como la orquesta. Sí, sus movimientos resultan cómicos, pero nunca dirigió con una partitura. Jamás dirigió una ópera, que para él requería demasiados compromisos. Tenía brotes de ira, un vozarrón penetrante y unas manos que nadie querría ver convertidas en puños dirigidas al rostro. Coleccionaba instrumentos antiguos, y llegó a dirigir a Schütz en la Filarmónica de Munich, templo del romanticismo.
Pero su rasgo más polémico fueron los tempos. Cada interpretación de Celibidache dura al menos quince minutos más que otras versiones de la misma sinfonía. Sus fundamentos para estos tempos expansivos son casi tan excéntricos como él, decía que el sonido de la orquesta, como mero hecho acústico, involucraba frecuencias que iban más allá de las notas mismas, millones de vibraciones que se multiplicaban en el aire y en el espacio del teatro o la iglesia, y que había que dejar interactuar con la música, y para eso, hacía falta espacio (sonoro). Esa frecuencias quedan enmudecidas, desaparecen, en la grabación musical. El tempo no es algo teórico, depende del lugar, del espacio, la atmósfera. Esta visión arquitectónica del sonido parece chiflada, pero recordemos que eso mismo pedía Wagner cuando decía que los directores tienen que saber cantar, para conocer la física del sonido, y que Bach recorría las naves y cúpulas de las iglesias mucho antes de sentarse a improvisar en el órgano.
Pero, lo fáctico manda, y las grabaciones de los conciertos de Celibidache (que él nunca permitió se dieran a conocer) muestran que nadie jamás construyó un crescendo como él, que el mero juego de tensión entre las voces de una sinfonía de Bruckner nunca sonaron con la dimensión física con la que él logró hacerlas sonar. Y eso que muchos nunca lo esucharemos en vivo, que ahí sí, decían, la experiencia viva del sonido era bajo su batuta, impsoible de recuperar.




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