Relato inspirado en esta hermosa canción
Encuentro con un diablo
Eran las diez de la noche cuando salí del estudio, encendí un cigarrillo y empecé a caminar. El tiempo que tardaba en caminar hasta donde se paraban los taxis, era el tiempo que tardaba en fumar un cigarrillo, los taxistas ya me conocían y siempre volvía charlando de fútbol con alguno. Estábamos en pleno invierno y yo escondía la mano que no sostenía el cigarrillo en el bolsillo de mi saco, no había un alma en la calle, en las ventanas de algunas casa se escuchaba el ruido de algún televisor.
Seguía fumando y caminando, cuando alguien apareció de la nada, dije que no había un alma en la calle, sin embargo el que se me acercó parecía no tener un alma, se me había aparecido como un fantasma. Era un hombre de unos cuarenta años, tenia el pelo negro oscuro y unos cejas muy tupidas, los ojos de un color oscuro, cubiertos por unas grandes bolsas. Se puso delante de mi camino y obligadamente detuve mi marcha, su presencia me produjo una extraña sensación, sentí un frío que recorrió mi cuerpo, estaba seguro de que aquel hombre iba a asaltarme.
— ¿Tiene fuego? —me pregunto el hombre, saque mi encendedor Zippo y se lo acerque para encender su cigarrillo.
Mientras prendía el cigarrillo, el hombre observaba detenidamente mi Zippo.
—Permítame —dijo el hombre, al tiempo que se apoderaba de mi encendedor—. No hay como estos, yo tengo uno, pero no recuerdo dónde lo habré dejado, es una molestia tener que andar pidiendo fuego cuando uno tiene su propio Zippo, molestia para mi y aún más molestia para usted, que tiene que soportar que un extraño lo moleste.
Sonreí y tire mi cigarrillo, el hombre seguía parado frente a mi, me devolvió el encendedor, pero no se quitó del camino, estaba por hacer que mis pies se movieran, pero el hombre volvió a hablar.
—Es una maravillosa noche, fría y silenciosa, así es como me gustan las noches, además es viernes. Nada podría ser mejor.
El hombre le dio una profunda bocanada al cigarrillo, luego me miro, él esperaba que le preguntará porque era una buena noche y él me iba a contar, pero yo no tenía intención de hacerlo. Quería irme a mi casa, no tenía deseos de hablar, sin embargo, él prefirió seguir hablando.
—Tengo algo que mostrarle, Marcos. No se preocupe sólo será un momento.
—Estoy apurado, acabo de salir del trabajo, y quiero regresar a casa, además es... —mientras me excusaba me di cuenta que aquel extraño hombre me había llamado por mi nombre, dude un instante, pero no había duda, había dicho mi nombre—. ¿Cómo sabe mi nombre?
—¿Qué como sé su nombre? Bueno, es fácil de explicar y difícil de entender. No tenga miedo, no voy a lastimarlo, ya he visto mucha sangre hoy y no es que no disfrute de ella, pero es mejor saborear solo un poco y mantener vivo el hambre, que empacharse y después no querer verla por un buen tiempo, es como con cualquier golosina. No se preocupe no tengo intención de asaltarlo, sería fácil hacerlo, pero ¿que haría con los míseros cincuenta pesos que tiene en la billetera? Vamos, hágame el favor de acompañarme.
En ese momento mi rostro palideció, tuve miedo, pensé en correr, pero la orden fue rechazada por mis pies.
—Son sólo unos minutos, amigo y se va a su casa.
El hombre me miró fijamente a los ojos, yo baje la cabeza y mire al suelo.
—¿Qué es lo que quiere que haga? —pregunte sin mirarlo a los ojos.
—No es la gran cosa, sólo leer y firmar un papel, quiero que sea mi testigo.
—¿Es usted policía? —pregunte, rogando que me contestara afirmativamente.
—No, no soy policía. Si me acompaña le explico, no quiero gastar mil palabras cuando una imagen seria suficiente para explicar todo.
El hombre empezó a caminar y yo resignado lo seguí. Íbamos en dirección contraria adonde yo iba en un principio. Caminábamos por las calles, mientras dejábamos atrás negocios cerrados, un cartonero pasaba cerca de nosotros, un perro arrastraba una bolsa de basura, mientras el hombre tarareaba una canción. Cruzamos una calle y nos dirigimos a una plaza, el aspecto de una plaza de noche, con frío y algo de neblina, era una imagen tétrica, como salida de alguna pesadilla, no había adolescentes tomando cerveza, ni abuelos dándole de comer a las palomas, ni mucho menos parejas besándose apasionadamente, lo único que había era un silencio atroz y cualquier ruido, desde las hojas moviéndose con el viento o el chorro de agua de la fuente, era tenebroso. Nos fuimos metiendo hacia el centro de la plaza, finalmente el hombre se detuvo frente a un banco. En el piso había unas viejas y malolientes cobijas, pensé que había un vago en el piso, pero me equivoque.
—Siéntense —me ordenó el hombre, me senté esquivando el bulto del suelo. El permaneció de pie.
—Bien, bien, esta todo tal cual lo deje y ahora... —dijo el hombre y luego se inclinó,agarró con la punta de los dedos aquellas viejas cobijas y las saco con delicadeza— ¡Voilà!
Cuando el hombre sacó las cobijas lo primero que sentí fue como los pelos de mis brazos se erizaban, luego un vacío en mi. No entiendo como fue pero permanecí en silencio y sentado.
—¿Qué es eso? —pregunte con una calma fingida.
—¿Qué es? ¿No es obvio? ¡Es un ángel! —respondió con sorna.
Cualquiera que tuviera sentido común, le daría la razón al hombre, lo que había en el piso no podía ser otra cosa que un ángel, era un joven de pelo castaño, estaba cubierto con una túnica blanca manchada con sangre, su cuerpo estaba tieso, en la frente podía verse un fuerte golpe del que salía sangre. De su espalda se desprendían dos majestuosas alas que ahora estaban aplastadas en el frío suelo donde también había desparramadas plumas. Si uno lo pensaba, no había otra explicación posible, era un ángel, luego empecé a darme cuenta que algo así era imposible, que por mucho que creyera en dios o que fuera a misa todos los domingos, no había forma de que pudiera creer que lo que veía era real.
—Esto no puede estar pasando. ¿Quien es usted? —pregunte.
—Mmm... Como ya le dije, hay cosas que son fáciles de explicar, pero muy difíciles de entender. Puede llamarme Víctor. No hace falta ser inteligente para saber que ese no es mi nombre en realidad, y que este tampoco es mi cuerpo. Si usted pronunciara mi nombre o viera mi aspecto original, le aseguró que ni siquiera podría volver a decir una palabra en su vida. Sin embargo puede decirme, el diablo Cain, es así como me conocen mis pares.
El diablo Cain, le dio una última bocanada a su cigarrillo, y lo tiró al suelo. Mire alrededor y no podía ver a nadie, tenía ganas de pedir auxilio, pero si mis piernas habían desobedecido hace un rato, también dude de mi boca.
—¿Usted es el diablo? —pregunte temeroso.
—No “el” diablo, soy un diablo, somos muchos más de lo que puedan imaginarse las personas. El mundo se expandió y nosotros también.
—Quiero irme, por favor déjeme ir —le suplique.
—Eso es imposible, le dije que necesitaba un testigo y usted decidió venir, no tengo tiempo, ni ganas de ir a buscar a otra persona, así que no me rompa las pelotas, y deje de mariconear. ¡Vamos, despierte! Usted anda por el mundo sin entender que lo que uno ve, no es todo lo que hay. ¿Usted cree que cuando la luz se apaga y cierra los ojos todo se termina? No, no es así. Es en la oscuridad y el silencio donde los verdaderos habitantes del mundo muestran su rostro. Este es uno de ellos. Si, es un ángel, tampoco es tan sorprendente, es sólo un tipo con alas. Le doy un consejo, no arruine mi noche, le aseguró que no va a querer verme enojado.
—¿Qué tengo que hacer para irme? —pregunte, el diablo Cain sonrió.
—Sólo necesito que lea un papel y firme, no se preocupe que su firma no lo comprometerá con nada. Esto funciona así: Tengo que matar cien ángeles, entonces mi jerarquía subirá, ¿entiende? Es fácil, voy a dejar de pertenecer a la clase baja y pasar a la alta. Tal vez cuando termine con estos cien, me pidan mil, y mi jerarquía seguirá subiendo, tampoco se cuanto puede subir uno. En este papel lo único que dice es que usted es testigo de mi acto, es decir que certifica que yo mate a este en buena ley. Es necesario hacer esto, si no cualquiera andaría diciendo por ahí que mató mil ángeles.
Estaba por decir algo cuando, el ángel tirado en el suelo empezó a moverse. El papel cayó de mi mano, el diablo Cain, mostró su fastidio, se quedó mirando el papel en el suelo.
—¡Aja! Se como resolver este problema —dijo de repente y de su abrigo sacó un pequeño puñal—. Sigue impresionado porque nunca vio en su vida a un ángel, yo ya he visto muchos por eso para mi pasan desapercibidos, es como si yo viera un árbol caminando, es verdad que me impresionaría. En este caso toda la culpa es mía. Le pido disculpas. Pero no seamos presa del pánico. Vamos a solucionar este inconveniente. De esta manera me ayudara de manera correcta
El diablo Cain se arrodillo y con el puñal en la mano, empezó a cortar las alas del ángel.
El ángel empezó a retorcerse de dolor, mientras una charco de sangre lo cubría, el diablo Cain seguía cortando con delicadeza, con una mano estiraba el ala y con la otra daba cortes, con tanta pasión y armonía como si en realidad estuviera tocando un violín. El ángel se retorcía de dolor, pero no ofrecía resistencia, permanecía con la boca cerrada sin quejarse, sin embargo en sus ojos era donde se reflejaba el dolor, sus ojos eran celestes, parecían haber sido hechos con un pedazo del cielo, en ellos podía saber lo que el sentia.
—Bueno, ya está. Ahora terminemos con esto, quiero salir a emborracharme —dijo el diablo Caín, se sacudió la ropa que quedo cubierta por plumas, mientras dejaba el puñal en el suelo—. Va a leer esto tranquilo, lo firma, me lo da y se va por donde vino.
El diablo Cain desplomó su cuerpo en el banco de la plaza con los brazos extendidos, cerró los ojos mientras esperaba mi firma.
El ángel sin alas había cerrado los ojos. Tenía la esperanza de que hubiera muerto y que su dolor hubiera terminado. Yo todavía sentía sus ojos mirándome. Me sentía un cobarde, pero, ¿qué podía hacer? No sabia de que era capaz aquel hombre que con sólo mirarme me había paralizado. Mire la hoja y las palabras hechas con máquina de escribir. Las letras me mareaban, se me hacían borrosas, leí despacio, sin siquiera interpretar. Mire al cielo, luego al suelo, entonces vi el puñal aún manchado de sangre. Una imagen cruzo mi cabeza, la imagen mía atravesandole el pecho. El diablo Cain estaba sentado, no había forma de saber si estaba atento a mí. Pensé que tal vez tenia la posibilidad de dejar de ser un cobarde, no podía dejarlo así impune, regodeándose en su victoria. Ellos habían peleado, yo no sabía porque, solo sabía que el diablo Caín, había salido victorioso. ¿Qué clase de guerra peleaban? ¿Los humanos éramos parte de esta guerra? Eso no podía saberlo, sin embargo el ser que estaba en el suelo, de ninguna manera podía ser mi enemigo, lo había visto en sus ojos, en sus ojos hechos con un pedazo de cielo, solo había paz y amor, si el me lo hubiera pedido lo hubiera ayudado. Despacio incline mi cuerpo y tome el puñal. Lo metí en el bolsillo trasero de mi pantalón.
—¿Cómo va eso? —me pregunto de repente, trague saliva y sentí mi corazón latir con fuerza.
—Me falta poco —respondí, tratando de mostrar calma.
—Bien, justo lo que quera oír —me dijo sonriendo—. Sabía que podía contar con usted. Es más, estoy pensando en invitarle un trago, total es viernes y es soltero, no hay ninguna bruja esperándolo en casa.
—De todas formas preferiría irme.
—Entiendo, es de los que prefieren un viernes de película. Gustos son gustos, ¿Qué película piensa ver?
—Voy a ver televisión, los viernes por ahí engancho algo bueno —El diablo Caín, no apartaba sus ojos de los míos, tuve la sensación de que ya sabia lo que estaba tramando, trate de distraerlo haciéndole una pregunta— .¿Cómo fue que lo dejo así?
—No fue difícil, yo simplemente caminaba por la calle cuando lo vi en el cielo, altanero volando, creyéndose la gran cosa. Por supuesto que el iba distraído, así que lo baje y luego tuvimos una pequeña pelea, pero como el quedo lastimado con la caída, no fue muy difícil ganarle. Tal vez diga que no tiene mucha ética atacar a alguien que esta distraído, pero si la situación hubiera sido al revés, es decir, yo caminando distraído por ahí. Le aseguro que el me hubiera atacado de la misma manera.
El diablo Caín me miro y sonrio.
—¿Seguro que no quiere venir conmigo? —me pregunto—. Tengo dos preciosuras esperándome, ¿eh? Es mas, le dejo elegir la que quiera. ¿Rubia o morocha? Esa es la cuestión.
—Tal vez en otra ocasión, hoy sólo quiero irme a mi casa.
—¡Bah! No pienso rogarle, usted se lo pierde —me dijo y volvió a cerrar los ojos.
Volví a concentrarme en el papel, fingía leer, deje que pasen unos segundos y me dispuse a atacarlo. Mientras me hacía de leer caminaba despacio, acercándome. En el parque se escuchaba solamente el ruido de las hojas moviéndose con el viento, a lo lejos el ruido de autos, a unos pasos míos el lamento de un ángel agonizando. Sin embargo mis pasos fueron silenciosos, habían sido imperceptibles para cualquier oído humano o no humano. Me puse frente a el y con extrema violencia atravesé su pecho con el puñal. El abrió los ojos y me miro, luego miro mi mano que salia de su pecho con el puñal, nuevamente lo ataque, una y otra vez, mientras me salpicaba su sangre en la ropa y en el rostro.
—Ya deje de hacer eso —me dijo e hizo una seña con la cabeza para que dejara de apuñalarlo—. Este cuerpo esta totalmente estropeado, mire, mire, ya no puedo mover los brazos.
Quite el puñal y retrocedí unos pasos, estaba agitado.
—Ahora dígame, ¿por que carajo hizo eso? ¿Cree que haciendo esto saca un pasaje al cielo? No seas tan ingenuo, lo único que gano es involucrarse en una guerra, para la que no estas apto. Lo único que le pedí es que firmara un papel, nada mas que eso, no lo elegí por nada en especial, solo lo hice por que fue el primer boludo que se me cruzo en la calle, no es ni especial ni nada. Ahora se metio en un gran problema.
El diablo Caín escupió sangre, seguía en la misma posición relajada sobre el banco de la plaza, miro su pecho y durante un instante reflexiono.
—Le voy a dar un consejo, y después lárguese. Mi consejo es este: aléjese de la oscuridad. Le digo esto porque a pesar de su estupidez, me termino cayendo bien, lo cual no quiere decir que no vaya a cobrarme esto que me hizo. No crea que amenazo. No es una amenaza. Esto es una sentencia.
Camine unos pasos hacia atrás todavía mirando el cuerpo ensangrentado de el diablo Caín, luego empece a correr, no tome ningún taxi, corrí con mi cuerpo manchado de sangre hasta mi casa, rogando que nadie me viera. En mi casa encendí todas las luces, me bañe y desnudo estuve en mi cama, pensando en lo que había pasado, deseando despertar de aquella pesadilla. No recuerdo como fue, pero logre conciliar el sueño.
A la mañana siguiente en la radio escuche que la policía investigaba un asesinato en la plaza que estaba cerca de mi trabajo. Nadie decía nada del ángel asesinado.