Cuatro
Empezó cuando tenía (obviamente) cuatro años. El universo ofrece miles de detalles si sabes verlos (o si te obligan a hacerlo). Comenzó como un juego ¡bah! Nunca dejó de serlo. Juntar cuatros, pisar baldosas en los bordes, tocar las puertas ese número, rozar con los dedos cada vez que se aparecía. Cuatro número mágico, cuatro insolente espectro, cuatro bello, enigmático, demoniaco y bestial. Los jinetes del apocalipsis, la sala de mi jardín, los elementos, puntos cardinales, las esquinas de mi juego favorito cubo. Al principio era lúdico pero como todo juego debe terminar y este no lo hacía. Una vocecita susurraba “júntalos” y simplemente “tenía que hacerlo”. Esa voz que comenzó siendo infante, en poco tiempo se convirtió en adulto dictador. Un militar obsesivo que obligaba mentalmente. Nadie sabe lo que se sufre al saber que los mosaicos de tu habitación no son pares o que el colectivo te dejo muy lejos de tu trabajo porque solamente portaba ese número. Ese puto y maldito número, estigma del diablo, todo estigma es del diablo.
Cuatro, hijoeputas, cuatro.
A los dieciséis años (múltiplo de cuatro) la obsesión desapareció, como llegó se fue. El demonio consiguió pareja, instaló su hogar en mi sien y tuvieron cuatro crías preciosas, a veces los escucho charlar otras librar batallas a muerte, ya no susurran “júntalos”, ahora dicen “asesinala mientras duerme”, “quiebra los dedos de tu jefe” o “pegá un volantazo y estrellate contra ese camión que viene de frente”.
Pero tranquilo compañero lector… Ya no les hago caso.
¿O sí?
Empezó cuando tenía (obviamente) cuatro años. El universo ofrece miles de detalles si sabes verlos (o si te obligan a hacerlo). Comenzó como un juego ¡bah! Nunca dejó de serlo. Juntar cuatros, pisar baldosas en los bordes, tocar las puertas ese número, rozar con los dedos cada vez que se aparecía. Cuatro número mágico, cuatro insolente espectro, cuatro bello, enigmático, demoniaco y bestial. Los jinetes del apocalipsis, la sala de mi jardín, los elementos, puntos cardinales, las esquinas de mi juego favorito cubo. Al principio era lúdico pero como todo juego debe terminar y este no lo hacía. Una vocecita susurraba “júntalos” y simplemente “tenía que hacerlo”. Esa voz que comenzó siendo infante, en poco tiempo se convirtió en adulto dictador. Un militar obsesivo que obligaba mentalmente. Nadie sabe lo que se sufre al saber que los mosaicos de tu habitación no son pares o que el colectivo te dejo muy lejos de tu trabajo porque solamente portaba ese número. Ese puto y maldito número, estigma del diablo, todo estigma es del diablo.
Cuatro, hijoeputas, cuatro.
A los dieciséis años (múltiplo de cuatro) la obsesión desapareció, como llegó se fue. El demonio consiguió pareja, instaló su hogar en mi sien y tuvieron cuatro crías preciosas, a veces los escucho charlar otras librar batallas a muerte, ya no susurran “júntalos”, ahora dicen “asesinala mientras duerme”, “quiebra los dedos de tu jefe” o “pegá un volantazo y estrellate contra ese camión que viene de frente”.
Pero tranquilo compañero lector… Ya no les hago caso.
¿O sí?