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El árbol (cuento propio) (primera parte)

Arte6/21/2011
El árbol (cuento propio) (primera parte)

EL ÁRBOL


-I-

Aquel día iniciaban las vacaciones de verano, y como cada año mis padres y yo salíamos de la monotonía citadina e íbamos a provincia, como lo hacían muchas otras familias, sólo que nosotros siempre íbamos al mismo sitio; un pueblo no muy apartado llamado “El Paso de las Bugambilias”. Ahí nos hospedábamos en “La Espiga”, que era el único hotel de la zona. El lugar no era muy vanguardista que dijéramos, de hecho creo que no había cambiado nada desde que lo conocía, pero era muy bonito y acogedor. Al parecer había sido una hacienda que después de muchos años de permanecer abandonada, los propietarios en turno decidieron transformarla en un hotel, hacía más de cien años, o al menos eso es lo que indicaban las fotografías y pinturas que decoraban las paredes del inmueble.

El pueblo era pequeño y lo más vistoso que poseía era el propio hotel y la naturaleza que lo rodeaba; amplios bosques llenos de aves de colores, riachuelos y pequeñísimas cascadas que abastecían “La Laguna del Colibrí”. La cual recibía su nombre por la gran cantidad de colibríes que iban a tomar el néctar de las múltiples flores que la rodeaban.

A mí me encantaba estar ahí, y las dos semanas y media que pasábamos en ese sitio las disfrutaba muchísimo, salvo por el primer día. Lo más emocionante que ocurría entonces era la aburrida carrera de “bienvenida”, de no sé cuantos kilómetros, organizada por el hotel, las autoridades del pueblo y los propios huéspedes, en la que mis padres siempre terminaban inscribiéndome (verano tras verano y sin consultarme siquiera). Esa carrera nunca la gané, de hecho ni siquiera había logrado terminar su recorrido. Las razones de mi escaso desempeño eran varias; a veces me caía y terminaba con más moretones y raspaduras que Cristo, en otras ocasiones, a sólo unos pasos de la meta, mis piernas se negaban a dar un paso más y me advertían que si no quería terminar toda moreteada y sangrando lo mejor era no seguir adelante, sin descartar el factor físico y psicológico de que no me gustaba correr, y menos aún que me obligaran a hacerlo.

El caso es que como cada año, en esa ocasión también tenía puestos esos ridículos pantaloncitos cortos que tal vez cuando era una niña me hacían ver hasta simpática, pero que entonces me incomodaban al grado de no querer siquiera agacharme a amarrar mis agujetas por temor a que los pocos muchachos del lugar pudieran ver más de la cuenta. Ya se lo había platicado a mamá, pero ella me seguía viendo como una niñita, aunque ya no lo fuera.

Estaba a sólo un mes de cumplir mis diez y seis años, pero mis padres me trataban como si tuviera la mitad o menos.

–En otras culturas yo sería toda una mujer –les decía, pero ellos sólo se reían de mí.

–En otros tiempos no sólo serías vista de esa manera, sino también serías considerada la más vieja del grupo –replicaban. Luego me abrazaban y decían que aunque tuviera canas y estuviera rodeada por un enjambre de niños que me llamaran abuela, para ellos siempre sería su “bebita”. Lo cual, admito me hacía sonreír, pero aún así no me dejaba satisfecha.

Mientras esperaba en la línea de salida, pensaba que quizás algún día recordaría ese momento y sonreiría, como lo hacía mi abuela cuando nos contaba de su infancia. Pero pronto tuve que borrar esa idea de mi cabeza, cuando llegó un grupo de muchachos que nos empezaron a ver de arriba abajo mientras otros silbaban o reían entre ellos. No, definitivamente eso no se los contaría a mis nietos, sino al psicoterapeuta algún día.

A mi lado se colocó una chica de cabello rubio. Tenía que ser nueva en la carrera porque no recordaba haberla visto antes, y ahí todas nos conocíamos desde siempre. Parecía nerviosa, aún más que yo, por lo que traté de ser amistosa y le extendí mi mano al momento de decirle que me llamaba Vanesa.

Ella sonrió tímidamente, correspondió el saludo y dijo llamarse Erika.

Le pregunté si ésa era su primera carrera y ella un tanto insegura respondió que sí, mientras volteaba a ver a las demás competidoras. Le dije que no se preocupara, que al igual que ella todas ahí participábamos más por la presión ejercida por nuestros padres, que por las ganas de competir. Ella se sonrió y me preguntó si alguna vez había ganado la carrera, yo le respondí con una mueca desaprobatoria, y agregué el hecho de que ni siquiera había terminado una, y eso que había participado en todas las categorías desde que era muy pequeña.

Entonces volteé hacia mi derecha y con la cabeza le señalé a Diana.

–Ella es la chica que año tras año se lleva la carrera. Tal vez sea la única de nosotras que realmente la disfruta –agregué.

–¿No te llevas bien con ella? –me preguntó Erika como si fuera a molestarme la duda.

–Al contrario, Diana es mi mejor amiga. Nos conocemos desde pequeñas y quizás desde antes de nacer, pues nuestras madres también son amigas desde niñas –respondí.

–¿Qué tal si después de la carrera, sin este incómodo y pequeño uniforme, las tres nos reunimos en el recibidor del hotel y vamos por ahí? Me encantaría enseñarte el rumbo –le dije y sin pensarlo demasiado asintió con la cabeza, aunque luego dijo que tendría que consultarlo primero con sus padres, a lo cual no me quedaba más remedio que acceder.

La competencia terminó y como siempre Diana nos ganó a todas. Lo único nuevo fue que ahora sí logré terminar el recorrido y no quedé en tan mal lugar (o al menos yo he oído que no hay quinto malo). Mis padres estaban felices y me llenaron de besos y abrazos como si hubiera llegado en primero. Yo estaba exhausta al igual que Erika, que quedó sólo un lugar después de mí. No sé cómo le hice, ni por qué me importó concluirla (aunque igual y fue por no perder delante de alguien que corría la ruta por primera vez, que tuve el coraje de terminarla en esa ocasión).

Casi sin aliento, Erika se me acercó y después de darnos felicitaciones mutuas, dijo que en más de una parte del recorrido estuvo apunto de abandonarlo, pero el ver que yo no cedía la había motivado para seguir adelante, hasta donde le fuera posible. Luego sonrió, tomó aliento y me abrazó con lo poco que le quedaba de fuerza.

Diana se nos acercó, fatigada pero más entera que nosotras dos, me felicitó por haber terminado la carrera, y yo a ella por su triunfo. Entonces le presenté a Erika. Diana la aceptó de buen grado, parecía que le había caído tan bien como a mí, y me dio la impresión de que también a Erika le habíamos caído bien nosotras dos. Sobre todo cuando sacó una pequeña cámara y le pidió a una de las muchachas que pasaba por ahí que nos tomara una foto juntas, bajo la sombra de un viejo árbol.

Nuestra nueva amiga habló con sus padres y ellos no encontraron ningún inconveniente en que saliera a caminar por ahí con nosotras. El único problema era que tanto Erika como yo estábamos tan fatigadas que no podíamos dar ni un paso más. Por lo que ese día sólo nos repondríamos de la carrera y platicaríamos sobre cualquier tontería, mientras nos refrescábamos en la piscina. El recorrido por el lugar tendría que esperar un nuevo amanecer, si es que para entonces podíamos caminar.

-II-

Al día siguiente y en contra de lo que supuse la noche anterior, amanecí sin que me doliera nada y completamente repuesta de la carrera. Aún acostada, estiré mi cuerpo para echar afuera toda la pereza que aún pudiera quedar por ahí, y vi el reloj.

–¡Pero qué tarde es! –grité.

Con razón me sentía tan descansada, cómo no, si había dormido más de doce horas. No había nadie más en la habitación y el único rastro que pude encontrar de mis padres fue una nota que dejaron sobre el tocador:

Dormilona, tu padre y yo nos fuimos a recorrer el pueblo, esperábamos que vinieras con nosotros pero por más que intentamos despertarte no pudimos despegarte de la almohada. Tu desayuno ya está pagado, pero en el segundo cajón de la cómoda te dejamos algo de dinero para cualquier cosa que puedas necesitar. Desayuna bien y diviértete con tus amigas.

Cuídate y recuerda que te queremos mucho.

Tus padres.


Bueno, al menos ya sabía dónde estaban y dónde sería mejor no ir a pasear ese día. Lo siguiente que pensé fue darme un buen baño, alistarme, desayunar e ir a mi encuentro con Diana y Erika, pues esperaba que no se hubieran ido sin mí.

Apenas estaba escogiendo la ropa que me iba a poner, cuando escuché que alguien estaba tocando a la puerta de la habitación. Me asomé por la mirilla y vi que se trataba de Diana y Erika, que seguramente ya se habían cansado de esperarme en la salita de la recepción. Les abrí con más pena de que me vieran en esas fachas que por el detalle de haberlas hecho esperar. Les expliqué que me había quedado dormida, aunque bastaba con verme toda despeinada y en pijama para hacer innecesaria tal aclaración.

Las dos se cruzaron de brazos y pusieron un gesto de enojo, sólo por un instante, ya que al ver mi aflicción se miraron entre sí y soltaron una sonora carcajada.

–También nosotras nos quedamos dormidas. ¿Por qué crees que venimos a buscarte hasta ahora? Me encontré con Erika en la cafetería hace unos veinte minutos, y al preguntar por ti en la recepción nos dijeron que tus papás habían salido, pero que no se fijaron si ibas con ellos, entonces temimos que te hubieras cansado de esperar y decidido salir sin nosotras –dijo Diana mientras Erika cogió una almohada de la cama y la lanzó de lleno contra mi cabeza.

Definitivamente eso era una declaración de guerra que por su puesto no habría de ignorar…

Después del cese de las hostilidades y de dejar la cama aún más desordenada de lo que ya estaba, puse a las dos derrotadas a ordenar todo ese alboroto, mientras me bañaba y alistaba para salir a desayunar y caminar por el campo.

Diana insistió en que ese día fuéramos al pueblo y al siguiente o después visitáramos la laguna, pero yo no quería eso. El día anterior podríamos haber ido a donde ella hubiera querido. Pero ese día yo ponía las reglas, porque yo había ganado la guerra de almohadazos, no era mi culpa que ella desaprovechara su oportunidad.

Tal vez Diana estaba invicta en “carreras largas”, pero a mí nadie me ganaba en “el dominio de la almohada” y menos aún en mi propia cama, o en la que por varios días más habría de serlo.

-III-

El sol brillaba con todo su esplendor, pero los árboles eran lo suficientemente altos y frondosos como para cubrirnos de sus rayos, mientras nos adentrábamos cada vez más por el bosque. Erika se veía un poco nerviosa, pero la tranquilizamos diciéndole que no había ningún riesgo de perdernos, además de que nunca habíamos visto u oído a algún animal salvaje que pudiera hacernos daño, ni siquiera una huella. Sólo pájaros, pequeñas lagartijas y uno que otro conejo. No había ningún peligro mientras siguiéramos el pequeño sendero que nos llevaba justo a la Laguna del Colibrí. Ésa no era precisamente la ruta turística, pero sí la más bonita pues podías disfrutar de la naturaleza de un modo más directo, además de que después de todas las visitas que tanto Diana como yo habíamos hecho, la verdad es que no nos sentíamos como turistas.

Sólo faltaban unos cuantos metros más de camino para llegar a nuestro destino. Ya se podía oír el golpeteo de las pequeñas cascadas que alimentaban a la laguna, además de que el perfume de las flores, así como la humedad en la tierra que pisábamos y la frescura del aire que tocaba con suavidad nuestros rostros, ya nos daban la bienvenida.

La laguna brillaba con los rayos del sol y sus aguas cristalinas nos permitían ver hasta los pequeños peces multicolores que nadaban en el fondo, así como uno que otro que casi rozaba la superficie. Los colibríes danzaban de una flor a otra y de un lado de la laguna al otro, con la mayor naturalidad posible, casi como si no estuviéramos ahí, o nuestra presencia no les importara en absoluto. Por momentos parecían detenerse en el aire sobre el espejo de agua y nos miraban un poco curiosos, sólo para retomar su camino hacia otra flor.

Ni a Diana ni a mí nos extrañó que fuera Erika la primera en caminar hacía la orilla mientras veía con asombro a su alrededor. Parecía estar sin palabras hasta que al fin nos volteó a ver con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro, y dijo que lamentaba no haber traído su cámara, aunque quizás no habría servido de nada, pues no habría cámara, lienzo o paleta que pudiera capturar tantos colores y formas a la vez.

–Este lugar no está aquí para que lo dibujemos o fotografiemos. Nada ni nadie podría capturar su belleza. Este sitio está aquí para que lo vivamos y una vez que nos hayamos marchado lo recordemos y deseemos regresar aquí para volver a vivirlo –dijo Diana, mientras se ponía cómoda sobre una piedra.

Erika y yo nos la quedamos viendo por un instante, sin que pudiéramos pensar en algo que pusiera en duda su dicho. Se oía cursi, pero era cierto. Luego nos sonreímos y nos colocamos junto a ella. Todo estaba en calma y el único sonido que podíamos apreciar era el del medio ambiente, enriquecido únicamente con tres respiraciones extras; las nuestras.

Estábamos sentadas en el pasto mojado, conscientes de que quizás nos reprenderían por ensuciar así los pantalones, pero seguras de que esa experiencia era algo que había que vivir, aunque estuviera de por medio la posibilidad de un regaño. No hablamos de nada, ni hurgamos en nuestras bolsas buscando algo que pudiéramos llevarnos a la boca. Nuestros sentidos estaban absortos hasta que una barriga empezó a exigir comida, y esa vez por suerte no fue la mía.

–Ya vez “Dianita”, eso es lo que obtienes cuando despiertas y desayunas primero que las otras –le dije, mientras el estómago de Erika secundó al de Diana y las tres comenzamos a reír.

Esa era la señal que nos indicaba que lo mejor sería que emprendiéramos el camino de regreso al hotel, antes de que a mi estómago le diera ganas de unirse al debate y entre las tres arruináramos la paz y tranquilidad que aún se vivía por ahí.

Aún no salíamos por completo de la protección de los árboles y el aroma de las flores seguía fresco en nuestro olfato, pero tanto Erika como yo no hacíamos más que hablar de lo maravilloso que había sido haber visitado ese lugar, con cierta añoranza y ánimos de volver algún día.

–¡Quiero que regresemos mañana! –les dije emocionada.

Pero Diana me paró en seco.

–Si por ti fuera, acamparíamos ahí todos los días. No, nada de eso señorita. Aún hay muchos lugares por visitar y ya se me ocurrió el sitio perfecto para ir a recorrer mañana –dijo.

Antela posibilidad de que estuviera hablando del pueblo, como lo había sugerido antes, le pedí que lo pensara mejor. Ahí podíamos ir la siguiente semana, al fin nunca había nada interesante qué ver, sólo monótonas casas y personas que se te quedan viendo como si fueras de otro planeta, sin mencionar a los muchachos tontos que se habían burlado de nosotras.

–No te preocupes –me dijo con una sonrisa un tanto maliciosa.

Luego señaló con el dedo un sendero que no recordaba haber visto con anterioridad.

–¿Y a dónde lleva eso? –pregunté.

–No sé y tampoco lo había visto antes, pero es un buen pretexto para hacer uso de nuestro deseo de aventura, como cuando éramos niñas –respondió.

–Recuerda que el camino secreto a la Laguna del Colibrí tampoco lo conocíamos y ya vez. Igual y encontramos un lugar bonito, sin casas monótonas, personas curiosas, ni tus “muchachitos tontos” que tanto te preocupan y quitan el sueño –me dijo y siguió su camino, haciendo como si no notara que me había hecho enojar un poco.

Una vez en el hotel y delante de un plato de comida, el enfado no duró mucho y cedió su lugar a la camaradería. Entonces me pareció que era cierto eso de que con el estómago lleno todo luce mucho mejor que cuando está vacío. Incluso la loca idea de Diana no me pareció tan descabellada como al principio. Después de todo, si existía un sendero seguramente fue hecho por el ir y venir de la gente del pueblo. Quizás como una ruta alterna a algún otro lugar ya conocido por nosotras dos. Tal vez hasta fuera un camino más corto (o mucho más largo) a la Laguna del Colibrí. Pensé en el chasco que se llevaría Diana si así fuera.

Recordé que la primera vez que recorrimos el sendero a la laguna no me dejaban de sudar las manos y temblar las rodillas. Gritaba con cualquier ruido que escuchaba, ya fuera producido por las ramas que se agitaban con el viento, la presencia de algún pájaro o los conejos que se escabullían entre los matorrales, quizás más temerosos que yo. Esa fue mi primera aventura con Diana. Ahí se ganó mi confianza y yo me forjé la idea de que mientras estuviéramos juntas nada malo podría pasarnos.

-IV-

La mañana siguiente desperté más temprano que de costumbre. Tuve una pesadilla horrible. Soñé que estaba sola en el bosque y corría atemorizada como si alguien estuviera detrás de mí. Corría y corría pues no podía detenerme, hasta que me tropecé contra algo y caí. Desorientada, miraba hacía todos lados pero no podía localizar la causa que me provocaba ese miedo. Podía sentir como si los árboles me vigilaran, como si ellos o algo más entre las sombras estuviera acechándome.

Entonces escuché un grito desgarrador que se esparcía como el viento, pero no era eso. Volví a correr hasta que llegué a un claro, donde reinante en el centro había un gigantesco árbol que ardía en llamas que llegaban hasta el cielo. Era descomunal y sólo un poco más alto que grueso, pero soportaba el fuego sin quemarse, como si éste fuera parte de él, cual hojas encendidas.

De repente escuché una voz desde el interior del tronco del gigante, como de mujer. Pronunciaba mi nombre. En eso el árbol se abrió como una fruta madura y empezó a derramar sangre. Yo estaba paralizada de miedo y tan empapada como el suelo que me rodeaba. Todo se tiñó de rojo.

Grité con todas mis fuerzas hasta que pude sentir una vibración que parecía originarse por debajo de la tierra. Me quedé muda y entonces del árbol brotó una mano que se estiraba hacía afuera, mientras seguía escuchando mi nombre como si procediera de todas las direcciones. Fue entonces que me despertó mi madre con una sacudida.

–Tranquila hijita, sólo fue un mal sueño –dijo sólo un instante antes de tomarme entre sus brazos y consolarme hasta que dejé de temblar.

Ya que estuve un poco más calmada, papá preguntó qué había soñado. Yo mentí y dije que no recordaba.

–Así es mejor. Ahora olvídate de todo y vuelve a dormir. Recuerda que mientras esté papá y mamá a tu lado, nada podrá hacerte daño –dijo mi madre, me dio un beso en la frente y los dos regresaron a su cama.

Yo no quise volver a quedarme dormida, por miedo a soñar nuevamente lo mismo. Ni siquiera intenté cerrar los ojos, mejor volteé hacia la ventana, y esperé a que amaneciera del todo.

-V-

A las ocho de la mañana ya había desayunado con mis padres y me quedé en la recepción a esperar a Diana y Erika, tal como habíamos acordado. Sólo era cuestión de esperar unos cuantos minutos más, pues ya las había visto despiertas y arregladas, desayunando con sus respectivas familias.

Yo veía el reloj de la pared y enfoqué mis pensamientos en mil tonterías, con tal de olvidar el extraño sueño que había tenido en la madrugada. Pero no podía, no había sido una pesadilla cualquiera. No era la primera vez que tenía una, pero esa tenía algo especial, algo que me llenaba de miedo con sólo recordarla.

Estaba tan inmersa en mis pensamientos que casi me da un infarto cuando oí que gritaban: “¡Vanesa!”

Pero ahora no era ninguna voz de ultratumba sino la de Diana, quien dijo haber estado parada frente a mí por casi un minuto, sin que yo notara su presencia.

Me disculpé con ella y le platiqué que había tenido un sueño horrible en la madrugada. Ella se me quedo viendo y dijo con una voz muy seria que tal vez no había sido ningún sueño.

Yo sentí que los brazos y piernas me flaqueaban cuando escuché eso, hasta que Diana se sonrió y dijo que lo más probable era que anduviera de sonámbula y hubiera visto mi propia imagen en el espejo del baño.

–¡No seas tonta! –le dije un poco molesta.

–En verdad tuve un sueño muy feo y creo que lo mejor sería que el día de hoy no nos movamos del hotel. Podemos quedarnos en la piscina a platicar y nadar un poco, o por ahí recorriendo el lugar, no sé, pero sin salir de aquí –concluí nerviosa.

Diana se me quedó viendo con cara de duda, como si pensara que estaba jugando, burlándome de ella o algo parecido.

–Mira, los sueños son sólo eso, no le des más importancia de la que se debe. Yo también he tenido pesadillas y créeme, también he tenido ganas de no salir, ni de debajo de las cobijas. Sin embargo he salido y nunca ha ocurrido algo de lo cual me haya tenido que arrepentir después. ¿Tú sí? –preguntó con una sonrisa y sujetándome con ternura de las manos.

–Anda, ya verás que no nos pasa nada. Y si ocurre… esperemos que sea divertido –me dijo al tiempo que Erika se sentó a mi lado con una sola pregunta.

–¿Ya están listas? Porque yo sí –respondió emocionada.

Diana y yo asentimos con la cabeza y emprendimos el camino.


Continuará...


Quiero agradecerle una vez más a ZendGhaft, por haber accedido a ilustrar este cuento.
Hermano, es todo un placer trabajar contigo.

Si te interesa conocer más de su trabajo, lo puedes hacer en:
http://www.taringa.net/posts/arte/10657946/Unos-dibujos-mios.html http://www.taringa.net/perfil/ZendGhaft.


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