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"Despierta la ciudad", texto propio.

Arte•4/27/2009
Buenas, quiero compartir con ustedes un texto que terminé hoy, cortito, a ver que les parece. Abrazos!

"Despierta la ciudad", texto propio.

Despierta la ciudad

Aun después de pasar toda la noche despierto, la luz del nuevo día era tan radiante y prometedora que me sentía obligado a estar atento de aquellos pequeños detalles mágicos que se presentan en esos horarios, en los que generalmente la ciudad está todavía somnolienta, aferrándose a la almohada con placer. Podía ver los edificios apenas empezando a mostrar sus colores mate con los primeros reflejos solares, la avenida Santa Fe completamente vacía, ocasionalmente circulada por un taxista buscando pasajeros, quizás algún trasnochado recuperando los sentidos luego de una agitada noche, pero no mucho mas. El Río que comenzaba a teñir sus aguas del gris plateado al naranja dorado intenso, cuya superficie era rasgada por un barco petrolero con la sutileza de una reluciente daga.
Caminé unas cuantas cuadras por la avenida que terminaron por cansar mis piernas, así que pensé que no sería mala idea buscar un bar, poder saborear un café bien fuerte que terminara de despertar mis sentidos. Imagine que todavía no había nada abierto, pero para mi sorpresa a unas cuadras de Callao y Corrientes encontré un viejo café que ya mostraba cierta actividad, y que presentaba algunos detalles muy típicos de café porteño que me resultaron simpáticos; los vidrios marcados y percutidos por el paso del tiempo, con sus fileteados ya un tanto gastados, las maderas secas avejentadas mostraban el hollín resultado de décadas de tráfico y smog, en la puerta un gato negro miraba los transeúntes a los que parecía saludar con la mirada. Entre, busqué una mesa y esperé por el mozo.
Mientras sorbía a tragos un café con leche bien cargado, cuyo aroma inevitablemente ayudó a rememorar momentos de mi infancia, me dediqué a escuchar animadas conversaciones que mantenían tres hombres de mediana edad sentados en la barra. Uno de ellos hojeaba el diario, y los otros dos discutían, por momentos sobre fútbol, después los escuché nombrar a un conocido y mediático dirigente gremial, así que supongo que su acalorada charla había tomado tintes políticos. Mientras contemplaba la calle sintiendo una rara melancolía, noté que la discusión de los hombres de la barra se tornaba cada vez más violenta, al punto en que dos de ellos se pararon y se increpaban al borde de los golpes, mientras el tercero había dejada el Clarín para intentar calmar los ánimos. Uno de ellos rompió un vaso y amenazaba a su compañero de discusión con el filo, entonces decidí que era el momento de intervenir en intentar calmar la situación; cuando me estaba acercando al hombre con el vaso, este dio una especie de torpe estocada de esgrima que terminó por rasgarme en la palma de la mano.
Los tres hombres y el mozo me miraban con perplejidad, apenas habían notado mi presencia, y de repente, sin quererlo, uno de ellos me había cortada la mano. Sangraba de forma preocupante ya que al tratarse de la palma de la mano circulaba una gran cantidad de líquido que fluía y manchaba el piso del café. El conmocionado agresor me quiso ofrecer ayuda, a la cual respondí con una mirada seca mientras el mozo improvisaba una venda con una servilleta que pronto se tiño de un rojo escarlata. Mientras llamaban una ambulancia, aproveché la distracción para irme del bar. A las pocas cuadras paré un taxi y le pedí que me llevara al muelle de pescadores, pude notar como miraba repetidamente mi mano vendada, quizás pensó que estaba llevando algún asaltante o algo parecido.
Ya caminando por la costanera, y mientras revisaba la herida que parecía empezar a detener su sangrado, no podía evitar dejar de pensar en lo inmenso de la ciudad, pero más aún, en la gente que la habita, que día tras día camina sus veredas, transita sus calles, como cada uno de ellos termina siendo un pedazo de masilla utilizada para moldear el carácter de una ciudad, cuanto me entusiasma el hecho de que aquella misma ciudad que me cautiva cada noche con sus misterios y sombras, acaba de tatuar en mi cuerpo una marca previniéndome de sus diversas caras, como una señal de que, al fin y al cabo, no puedo confiar totalmente en ella.

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