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Nicholas Konstantinovich Roerich nació en San Petersburgo, Rusia, el 9 de octubre de 1874, primogénito de un abogado-notario, Konstantin Roerich y su esposa María en el ambiente acomodado de una familia rusa de clase media alta, con las ventajas de establecer contacto con escritores, artistas y científicos que visitaban a la familia Roerich con frecuencia. A temprana edad demostró curiosidad y talento hacia una serie de actividades distintas. Cuando tenía nueve años, un conocido arqueólogo realizó exploraciones en la región y llevó al joven Roerich a sus excavaciones de los túmulos locales.
La aventura de revelar los misterios de las eras olvidadas con sus propias manos, despertó un interés en la arqueología que habría de durarle el resto de su vida. Mediante otros contactos desarrolló interés por coleccionar artefactos prehistóricos, monedas, y minerales, y construyó su propio vivero para el estudio de plantas y árboles. Mientras aún era joven, Roerich demostró una habilidad particular para el dibujo, y cuando cumplió dieciséis años comenzó a considerar entrar a la Academia de Bellas Arte y seguir una carrera artística. No obstante, su padre no consideraba la pintura una vocación apropiada para un miembro responsable de la sociedad, e insistió en que Nicholas siguiera sus pasos en el estudio de derecho. Se logró un acuerdo, y en el otoño de 1893 Nicholas se matriculaba simultáneamente en la Academia de Bellas Arte y en la Universidad de San Petersburgo.
Al terminar su tesis universitaria, Roerich planificó viajar durante un año por Europa para visitar museos, exhibiciones, estudios y salones de Paris y Berlín. Justo antes de partir conoció a Helena, hija del arquitecto Shaposhinov y sobrina del compositor Mussorgsky. Parece que hubo una atracción mutua inmediata, y enseguida se comprometieron en matrimonio. Se casaron a su regreso de Europa.
Juntos, Nicholas y Helena Roerich fundaron la Sociedad Agni Yoga, la cual adoptó una ética activa que abarcaba y resumía las filosofías y enseñanzas religiosas de todas las eras. Impulsado por la necesidad de proporcionar ingresos para su nuevo hogar, Roerich solicitó y obtuvo el puesto de Secretario de la Sociedad de Incentiva del Arte, convirtiéndose más adelante en su director, primero de los muchos puestos que ocuparía como maestro y portavoz de las artes.
Roerich tomó la determinación de examinar detenidamente la Sociedad y rescatarla de la mediocridad académica en la que había caído durante tantos años. Instituyó un sistema de adiestramiento en arte que aún hoy día parece revolucionario: enseñar todas las artes -pintura, música, canto, danza, teatro, y las llamadas «artes industriales», como cerámica, pintura sobre porcelana, alfarería y dibujo mecánico- todo bajo el mismo techo, y dar a la facultad rienda suelta para que diseñara su propio currículo.
En 1902, los Roerich celebraron el nacimiento de su primer hijo, George, y en los veranos de 1903 y 1904, emprendieron un largo viaje por cuarenta ciudades a lo largo de Rusia. El propósito de Roerich era contrastar los estilos y el contenido histórico de la arquitectura rusa. El viaje fue uno de descubrimiento: por dondequiera que fueron logró localizar los restos de los monumentos del pasado ancestral, iglesias, murallas de ciudades, y castillos. Se dio cuenta de que en muchas ocasiones éstos habían sido desatendidos durante siglos. Como arqueólogo e historiador de arte estaba consciente de la importancia clave que tenían para la historia cultural de Rusia. Decidió captar la atención sobre esta situación y en alguna manera lograr que fueran protegidos y conservados, y con esta meta en mente pintó una serie de setenta y cinco cuadros que representaban las estructuras.
La experiencia de este viaje tuvo un efecto duradero, ya que a su regreso en 1904, Roerich hizo público su plan con la esperanza de que esto creara protección en todas partes para los tesoros culturales, algo que se consumó treinta y un años más tarde con el Pacto de Roerich.
Recibió una invitación del Chicago Art Institute de Nueva York, en 1920. Además de exhibir más de 400 cuadros ahí y en muchas otras ciudades estadounidenses, Roerich diseñó la escenografía y el vestuario para producciones de La Doncella de Nieve, y de Tristán e Isolda para la Chicago Opera Company.
Entre el 1916 y el 1919 Roerich había escrito una colección de sesenta y cuatro poemas en verso libre que fueron publicados en Berlín, en ruso, bajo el título de Flores de Morya, y subsecuentemente publicados en inglés como La Flama en el Cáliz. En éstos encontramos el viaje interno de Roerich constituido y su compromiso con la búsqueda espiritual afirmado.
En su ensayo Flores de Morya: el tema del Peregrinaje Espiritual en la Poesía de Nicholas Roerich, Irina Corten escribe: Como eje del sistema de creencia de Roerich, está el concepto hindú de un universo sin comienzo y sin fin, que se manifiesta en círculos recurrentes de creación y destrucción de las formas materiales, provocados por el látido de la energía divina. En el plano humano, esto significa la grandeza y decadencia de las civilizaciones y, en términos de la vida individual, la reencarnación de un alma. Como Roerich, escribe, en el poema En lo Eterno:
Hermano, dejemos lo que es transitorio,
Pues de otra manera no tendremos tiempo
De pensar en eso que todos estiman
Que es inmutable
Piensa en lo eterno.
Pues de otra manera no tendremos tiempo
De pensar en eso que todos estiman
Que es inmutable
Piensa en lo eterno.
En mayo de 1923, los Roerich se encontraban de camino hacia India, donde, en esa tierra siempre joven, rodeada por la nieve de los Montes Himalaya, buscaron dirigir sus pensamientos hacia lo Eterno.
Llegaron a Bombay en diciembre y comenzaron una gira por los centros culturales y lugares históricos, reuniéndose con científicos, erúditos, artistas y escritores indios por el camino.
Luego comenzaron un viaje de exploración que los llevaría hasta el Turquestán chino, Altai, Mongolia y Tibet. Fue una expedición por regiones sin recorrer, donde planeaban estudiar las religiones, idiomas, costumbres y la cultura de los habitantes.
Roerich escribió sobre esta primera Expedición por el centro de Asia en su libro El Corazón de Asia, y crea para el lector un recuento vivo de las maravillas de la región y su gente. Sin embargo, las imágenes no son tan vívidas como en las aproximadamente quinientas pinturas resultado de ese recorrido.
El recorrido a veces fue arduo. Roerich nos cuenta que cruzaron treinta y cinco desfiladeros de catorce a veintiún mil pies de altitud. Pero éstos eran desafíos para los que se sentía haber nacido, creyendo que el rigor de las montañas ayudaba al hombre a encontrar la valentía y desarrollar la fortaleza de espíritu. Y a pesar de los obstáculos, dondequiera que fueron, la creencia de los Roerich en el bien esencial de la vida y en la espiritualidad del hombre se reforzaba. La serie Estandartes de Oriente de Roerich, compuesta de diecinueve cuadros representando los maestros religiosos del mundo, Mahoma, Jesús, Moisés, Confucio, y Buda, y los santos y sabios indios y cristianos, fue un testimonio de la unidad en el esfuerzo espiritual y las raíces comunes de la fe humana.
Como contrapunto a estos temas, en las pinturas de Roerich está la imagen de la Mujer y su función predestinada en la era por venir, y podemos asumir que lo que Helena Roerich escribió a una amistad en 1937, refleja el punto de vista de Nicholas en sí: La mujer debe darse cuenta de que ella contiene en sí misma todas las fuerzas, y en el momento en que se sacuda de esa hipnosis secular de su subyugación aparentemente legítima y de esa inferioridad mental, y se ocupe en una educación variada, podrá crear en colaboración con el hombre un mundo nuevo y mejor. El Cosmos afirma la grandeza del principio de la creatividad de la mujer. La mujer es una personificación de la naturaleza, y es esta naturaleza la que enseña al hombre, no el hombre a la naturaleza. Por lo tanto, ojalá que las mujeres entiendan la grandeza de su origen, y ojalá que se esfuercen por alcanzar el conocimiento.
Al final de su expedición principal, en 1928, la familia se instaló en el Valle Kullu a una altura de 6,500 pies, en las colinas al pie de los Montes Himalaya, con una vista magnífica del valle y las montañas a su alrededor. Aquí establecieron su hogar y el centro de operaciones del Instituto Himalayo de Investigación Urusvati, el cual estaba organizado para estudiar los resultados de su expedición, y de las exploraciones que estaban por venir. Las actividades del Instituto incluían estudios en botánica y etno-lingüística, y la exploración de yacimientos arqueológicos. Bajo la dirección de Roerich, sus dos hijos, George y Svetoslav, establecieron una colección de hierbas medicinales, y realizaron amplios estudios en botánica y antiguos conocimientos médicos, así como en farmacopea tibetana y china.
Al año siguiente, en un viaje de regreso a Nueva York para la inauguración del nuevo Museo de Roerich, Roerich planteó un tema que había estado preocupándole hacía años. Usando la Cruz Roja como ejemplo, propuso un tratado para la protección de los tesoros culturales tanto en tiempos de guerra como de paz: una propuesta que había tratado de promover sin éxito en 1914. Al consultar con abogados versados en leyes internacionales, redactó un Pacto, y sugirió que una bandera fuera ondeada en los lugares que estuvieran bajo su protección. Esta bandera se llamaría Estandarte de la Paz.
Por último, creía que la paz sobre la Tierra era un requisito previo para la sobrevivencia planetaria y el proceso continuo de la evolución espiritual, y exhortó a los hombres, sus compañeros, a que ayudaran a lograr esa paz uniéndose con el lenguaje común de la Belleza y el Conocimiento.
Nicholas Roerich murió en Kullu, el 13 de diciembre de 1947. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas enterradas en una ladera, frente a las montañas que tanto amó y retrató en muchas de sus casi siete mil obras.
(En el transcurso de la lectura se pueden apreciar alguna de sus obras)