¡Muy buenas a todos queridos amigos, queridas amigas y queridas familias! Hoy les traigo, como bien dice el título, dos relatillos. Espero que sean de su agrado.
La Doctora de los Soldados
Erase una vez una época en que los hombres de todo el mundo luchaban unos contra otros porque sus banderas les decían que así lo hicieran. Muchas familias se vieron desarmadas. Granjeros, mecánicos, carpinteros, todos ellos eran útiles para levantar un arma y matar a quien llevara un uniforme distinto del suyo. El amargo sabor de la guerra invadía todo el mundo
No todos eran llamados por el hombre que gritaba en la radio para matar a los contrarios. También se necesitaba quien cocinara, curara y atendiera a nuestros valientes soldados. Como el caso de Elena, una enfermera de la capital, que tuvo que dejar su trabajo y viajar hasta el frente de batalla porque una carta enviada por el hombre que gritaba en la radio así lo decía.
A pesar de haber pasado de enfermera a ser la principal doctora del frente de batalla, Elena no era feliz. La espeluznante cantidad de cadáveres que pasaban frente a sus ojos la hacían desear volver a casa, donde el calor de la guerra no había llegado aún.
Un día, llegó un pobre soldado con el cuerpo roto en mil pedazos. Aún vivía. Elena lo atendió rápidamente y tras largas horas de trabajo pudo aliviar su dolor. Cuando el soldado despertó, Elena estaba allí sentada junto a él, sosteniendo un paraguas para no mojarse con el torrente de agua que estaba cayendo sobre las tiendas del hospital de campaña. Elena se sorprendió cuando, a duras penas, el soldado la llamó por el nombre. En ese momento, un aluvión de recuerdos inundó su mente. El malherido soldado no era otro sino Ralph, su primer amor.
Apenas tenían siete años, pero se recordaban mutuamente con cariño. Ralph le pidió que le cantara aquella vieja canción que solían cantar cuando eran niños. Elena lo cogió de la mano y comenzó a cantar. Su canto era dulce como el de una niña pero triste como un profundo llanto. Cuando terminó la canción, cerró los ojos de Ralph y se alejó caminando.
El Discurso del Presidente
Ya había llegado la hora. Así se lo informó Débora, su secretaria, mientras él hacía un último repaso al discurso que pronunciaría. Eran tiempos difíciles, los conflictos sociales habían alcanzado niveles impensados un par de años atrás. La nación estaba dividida. Quizás todo se redujese a una cuestión de la naturaleza humana, arraigada desde el comienzo de los tiempos, de buscar algo que los diferencie de los otros seres de su misma especie. Una diferencia tan básica y fundamental, por lo visto, que hace imposible la convivencia.
Pero Waylon Trafford confiaba en que ello acabaría pronto. Desde que tomó conciencia de la problemática que afectaba a su país, con apenas quince años, había dedicado su vida a apaciguar las tensiones y aunar a su gente. Ahora había sido elegido presidente por una amplia mayoría, venciendo a los candidatos que dedicaron sus campañas electorales a criticar y destruir a sus adversarios más que a destacar sus propias ventajas. Trafford mantuvo una postura reconciliadora apostando por que su gente, a pesar de sus diferencias, estaba ya cansada de vivir en un estado de sitio no declarado.
Mientras caminaba por el pasillo que llevaba a la sala donde pronunciaría su discurso de toma de poder, pensaba en los héroes de su juventud, especialmente en Leroy Johnson, a quien admiraba por la forma en que daba sus discursos. Rodeado de asesores y guardaespaldas, avanzó repasando en su mente las palabras que diría y el énfasis que pondría en ellas. Su discurso supondría el inicio de una nueva era, una más próspera y pacífica para todos. La situación era demasiado importante como para mantener la calma pero la excitación por el cambio junto con la alegría y el orgullo por encabezarlo se habían apoderado de su cuerpo y lo llevaban a paso firme y rebosado de seguridad hacia la conferencia.
Uno de sus asesores movió la cortina azul y le hizo un gesto con la cabeza mientras sonreía. Un aluvión de flashes fotográficos bañó la impoluta figura del presidente Trafford que se paró frente al atril, saludó a los allí presentes y sacó del bolsillo interior de su saco azul marino unas hojas de papel cuidadosamente dobladas, escritas con su propio puño y letra. Las desplegó sobre el atril y se aclaró silenciosamente la garganta antes de comenzar. Hubo un revuelo en el fondo de la sala, se oyeron gritos y luego un fuerte ruido seco. El presidente cayó al suelo y rápidamente sus guardaespaldas lo sacaron de allí. De un gran agujero en su cabeza, la sangre manaba a borbotones.
La Doctora de los Soldados
Erase una vez una época en que los hombres de todo el mundo luchaban unos contra otros porque sus banderas les decían que así lo hicieran. Muchas familias se vieron desarmadas. Granjeros, mecánicos, carpinteros, todos ellos eran útiles para levantar un arma y matar a quien llevara un uniforme distinto del suyo. El amargo sabor de la guerra invadía todo el mundo
No todos eran llamados por el hombre que gritaba en la radio para matar a los contrarios. También se necesitaba quien cocinara, curara y atendiera a nuestros valientes soldados. Como el caso de Elena, una enfermera de la capital, que tuvo que dejar su trabajo y viajar hasta el frente de batalla porque una carta enviada por el hombre que gritaba en la radio así lo decía.
A pesar de haber pasado de enfermera a ser la principal doctora del frente de batalla, Elena no era feliz. La espeluznante cantidad de cadáveres que pasaban frente a sus ojos la hacían desear volver a casa, donde el calor de la guerra no había llegado aún.
Un día, llegó un pobre soldado con el cuerpo roto en mil pedazos. Aún vivía. Elena lo atendió rápidamente y tras largas horas de trabajo pudo aliviar su dolor. Cuando el soldado despertó, Elena estaba allí sentada junto a él, sosteniendo un paraguas para no mojarse con el torrente de agua que estaba cayendo sobre las tiendas del hospital de campaña. Elena se sorprendió cuando, a duras penas, el soldado la llamó por el nombre. En ese momento, un aluvión de recuerdos inundó su mente. El malherido soldado no era otro sino Ralph, su primer amor.
Apenas tenían siete años, pero se recordaban mutuamente con cariño. Ralph le pidió que le cantara aquella vieja canción que solían cantar cuando eran niños. Elena lo cogió de la mano y comenzó a cantar. Su canto era dulce como el de una niña pero triste como un profundo llanto. Cuando terminó la canción, cerró los ojos de Ralph y se alejó caminando.
El Discurso del Presidente
Ya había llegado la hora. Así se lo informó Débora, su secretaria, mientras él hacía un último repaso al discurso que pronunciaría. Eran tiempos difíciles, los conflictos sociales habían alcanzado niveles impensados un par de años atrás. La nación estaba dividida. Quizás todo se redujese a una cuestión de la naturaleza humana, arraigada desde el comienzo de los tiempos, de buscar algo que los diferencie de los otros seres de su misma especie. Una diferencia tan básica y fundamental, por lo visto, que hace imposible la convivencia.
Pero Waylon Trafford confiaba en que ello acabaría pronto. Desde que tomó conciencia de la problemática que afectaba a su país, con apenas quince años, había dedicado su vida a apaciguar las tensiones y aunar a su gente. Ahora había sido elegido presidente por una amplia mayoría, venciendo a los candidatos que dedicaron sus campañas electorales a criticar y destruir a sus adversarios más que a destacar sus propias ventajas. Trafford mantuvo una postura reconciliadora apostando por que su gente, a pesar de sus diferencias, estaba ya cansada de vivir en un estado de sitio no declarado.
Mientras caminaba por el pasillo que llevaba a la sala donde pronunciaría su discurso de toma de poder, pensaba en los héroes de su juventud, especialmente en Leroy Johnson, a quien admiraba por la forma en que daba sus discursos. Rodeado de asesores y guardaespaldas, avanzó repasando en su mente las palabras que diría y el énfasis que pondría en ellas. Su discurso supondría el inicio de una nueva era, una más próspera y pacífica para todos. La situación era demasiado importante como para mantener la calma pero la excitación por el cambio junto con la alegría y el orgullo por encabezarlo se habían apoderado de su cuerpo y lo llevaban a paso firme y rebosado de seguridad hacia la conferencia.
Uno de sus asesores movió la cortina azul y le hizo un gesto con la cabeza mientras sonreía. Un aluvión de flashes fotográficos bañó la impoluta figura del presidente Trafford que se paró frente al atril, saludó a los allí presentes y sacó del bolsillo interior de su saco azul marino unas hojas de papel cuidadosamente dobladas, escritas con su propio puño y letra. Las desplegó sobre el atril y se aclaró silenciosamente la garganta antes de comenzar. Hubo un revuelo en el fondo de la sala, se oyeron gritos y luego un fuerte ruido seco. El presidente cayó al suelo y rápidamente sus guardaespaldas lo sacaron de allí. De un gran agujero en su cabeza, la sangre manaba a borbotones.