El reloj de la estación marcaba, como todos los jueves, retraso de al menos 5 minutos en los horarios del tren, la gente se impacientaba porque cuando un tren se atrasa parece que nunca fuera a llegar. Algunos fuman, otros hablan, otros ninguna de las dos. Pero es constante en todos la expresión de nada. De desinterés, de desconexión de la realidad, como escribo yo frente a esta máquina de manera casi autómata, pensando en lograr un fiel –y literario- reflejo de la realidad.
Las vibraciones de las vías, y también del suelo, hacían notar que a lo lejos llegaba el tren, ese que estaba esperando hacía ya buen rato, con la nariz roja, y también empapada del frío, con la cara tapada en la enorme bufanda, con el cuerpo totalmente contraído como para no enfriarse más. Arriba del tren no tan frío, viaja con la frente contra la ventanilla, empañándola con su respiración, y con la misma actitud facial de amargura que en el andén, va pensando en eso que le ocupa la cabeza –y para los mas sentimentales, el corazón- hasta que de tanto pensar pareciera que se acuerda que tiene algún destino y horario en el cual llegar, y mira su reloj, ese que tiene desde chica, de cuando su abuela la llevaba a pasear, ese reloj de aquellos tiempos que ya no vuelven, los de la nostalgia.
Y el chico del tren, ese al que mira todos los días, el que viaja con los auriculares y el gorro de lana tejido al crochet, vuelve a subir en la siguiente estación y vuelve a bajar en la estación anterior. Y ella piensa en ese arrebato, en algo que la deje crecer en libertar, que le permita ser feliz, y que ya nada más importe, algo así como el intento de volar de un niño.
Y agregarle a esto la vida en la oficina, del mundo de la gris monotonía, ese intento metropolitano, mal traído de Manhattan a cualquier rinconcito de América Latina, donde aún deberían primar las relaciones de personas cara a cara, no esas molestas charlas telefónicas. Hemos cambiado tanto que ni siquiera hemos conservado esa cultura del café. No hablo de la cultura de tomar café, si ni siquiera es nuestra bebida nacional ni mucho menos. Hablo de sentarse entre 2 o 3 –puede llegar a ser alguno más- y mientras se toma café, trabajar, y como único requerimiento es usar palabras emitidas por nuestras propias cuerdas vocales y sin ningún elemento intermediario, es decir, hablar.
Y en este monotemático ambiente ella se mueve, frente al “sonido” de la tecnología, ella sueña. ¿Qué sueña? Solo ella sabe si se trata de volar, o solo recuerda por recordar. Lo único que hay de cierto, es que hoy ella piensa en escapar, y en ese chico. El del tren, el que sube todas las mañanas.
Y su cabeza piensa; “todos los días lo mismo”. Quiere cortar con la monotonía y todavía no encuentra el cómo, no encuentra motivos suficientes entre todo lo que está buscando, y sin embargo sabe que cuando rompa con la monotonía recién ahí va a poder volar en libertad, soñar con que está feliz ya no le sirve de nada, soñar quizás sólo sirva cuando el sueño se puede lograr, o al menos se puede intentar.
Un día en el tren, notó que el chico no subía, y que no era la primera vez esta semana, de hecho, ya se estaba volviendo un tanto extraño. Era lo único que rompía con la linealidad de los días. Así fue que un día, decidió bajar una estación antes, en la estación que bajaba el chico, a ver si encontraba alguna pista o alguna huella que lo llevara hasta él. Obviamente, no había nada ni nadie allí que pudiera llevarla hasta él, asique volvió a la estación, abordó el siguiente tren y fue a su trabajo, llegando unos minutos tarde, muchos para cualquier jefe, pocos para cualquier joven a quien no apasiona nada de su trabajo. Y a la semana siguiente, volvió a pasar lo mismo, el chico no subió. Y ahora le importaba más que nunca, ese chico con quien nunca habían hablado, se había convertido en su obsesión, parecía quererlo cada día más y más.
Pero la vida da segundas oportunidades, y a veces muchas más. Por lo general, esas muchas más, es para aquellos que se las fabrican, casual o causalmente. Pero en fin, lo importante es saberlas aprovechar, a cada una de ellas, y de cada una sacar experiencias y con ésta experiencia aprender a elegir cuál importa más que cuál. Y ella sabía que la debía aprovechar, incluso sabiendo que iba a perder su trabajo. Pero ella en el fondo lo que buscaba era volar, no era tanto el chico, era animarse a bajar del tren, a escapar de los horarios fijos, a correr detrás de alguien, animarse a enfrentar esa nostalgia, esa melancolía que de tan triste ya se volvía un pesar.
Así como éste personaje que describo en éste cuento, todos en algún momento nos vemos envuelto en un pesar, en una nostalgia, que a veces hasta se torna creativa y nos pone a pensar. ¿A pensar en qué? Bueno, nadie sabe nunca lo que va a pensar, ni siquiera aquellos filósofos que se piensan a pensar, nunca saben en qué va a terminar su pensamiento.
Y así como la protagonista, todos encontraremos muchas oportunidades en nuestra vida, ¿Cuántas podremos aprovechar? Quizás lo más importante sea aprovechar una y no dejarla escapar. Perseguirla y cuidarla. ¿Es la vida encontrar un buen trabajo y tener un buen pasar económico? ¿Es la vida tener alguien esperando en tu casa? quizás lo importante no sea la felicidad, después de todo, quizás lo único que importa en la vida es que no nos sorprenda la nostalgia en la estación, así no estaremos tristes, así lo otro no hará a la felicidad.
Las vibraciones de las vías, y también del suelo, hacían notar que a lo lejos llegaba el tren, ese que estaba esperando hacía ya buen rato, con la nariz roja, y también empapada del frío, con la cara tapada en la enorme bufanda, con el cuerpo totalmente contraído como para no enfriarse más. Arriba del tren no tan frío, viaja con la frente contra la ventanilla, empañándola con su respiración, y con la misma actitud facial de amargura que en el andén, va pensando en eso que le ocupa la cabeza –y para los mas sentimentales, el corazón- hasta que de tanto pensar pareciera que se acuerda que tiene algún destino y horario en el cual llegar, y mira su reloj, ese que tiene desde chica, de cuando su abuela la llevaba a pasear, ese reloj de aquellos tiempos que ya no vuelven, los de la nostalgia.
Y el chico del tren, ese al que mira todos los días, el que viaja con los auriculares y el gorro de lana tejido al crochet, vuelve a subir en la siguiente estación y vuelve a bajar en la estación anterior. Y ella piensa en ese arrebato, en algo que la deje crecer en libertar, que le permita ser feliz, y que ya nada más importe, algo así como el intento de volar de un niño.
Y agregarle a esto la vida en la oficina, del mundo de la gris monotonía, ese intento metropolitano, mal traído de Manhattan a cualquier rinconcito de América Latina, donde aún deberían primar las relaciones de personas cara a cara, no esas molestas charlas telefónicas. Hemos cambiado tanto que ni siquiera hemos conservado esa cultura del café. No hablo de la cultura de tomar café, si ni siquiera es nuestra bebida nacional ni mucho menos. Hablo de sentarse entre 2 o 3 –puede llegar a ser alguno más- y mientras se toma café, trabajar, y como único requerimiento es usar palabras emitidas por nuestras propias cuerdas vocales y sin ningún elemento intermediario, es decir, hablar.
Y en este monotemático ambiente ella se mueve, frente al “sonido” de la tecnología, ella sueña. ¿Qué sueña? Solo ella sabe si se trata de volar, o solo recuerda por recordar. Lo único que hay de cierto, es que hoy ella piensa en escapar, y en ese chico. El del tren, el que sube todas las mañanas.
Y su cabeza piensa; “todos los días lo mismo”. Quiere cortar con la monotonía y todavía no encuentra el cómo, no encuentra motivos suficientes entre todo lo que está buscando, y sin embargo sabe que cuando rompa con la monotonía recién ahí va a poder volar en libertad, soñar con que está feliz ya no le sirve de nada, soñar quizás sólo sirva cuando el sueño se puede lograr, o al menos se puede intentar.
Un día en el tren, notó que el chico no subía, y que no era la primera vez esta semana, de hecho, ya se estaba volviendo un tanto extraño. Era lo único que rompía con la linealidad de los días. Así fue que un día, decidió bajar una estación antes, en la estación que bajaba el chico, a ver si encontraba alguna pista o alguna huella que lo llevara hasta él. Obviamente, no había nada ni nadie allí que pudiera llevarla hasta él, asique volvió a la estación, abordó el siguiente tren y fue a su trabajo, llegando unos minutos tarde, muchos para cualquier jefe, pocos para cualquier joven a quien no apasiona nada de su trabajo. Y a la semana siguiente, volvió a pasar lo mismo, el chico no subió. Y ahora le importaba más que nunca, ese chico con quien nunca habían hablado, se había convertido en su obsesión, parecía quererlo cada día más y más.
Pero la vida da segundas oportunidades, y a veces muchas más. Por lo general, esas muchas más, es para aquellos que se las fabrican, casual o causalmente. Pero en fin, lo importante es saberlas aprovechar, a cada una de ellas, y de cada una sacar experiencias y con ésta experiencia aprender a elegir cuál importa más que cuál. Y ella sabía que la debía aprovechar, incluso sabiendo que iba a perder su trabajo. Pero ella en el fondo lo que buscaba era volar, no era tanto el chico, era animarse a bajar del tren, a escapar de los horarios fijos, a correr detrás de alguien, animarse a enfrentar esa nostalgia, esa melancolía que de tan triste ya se volvía un pesar.
Así como éste personaje que describo en éste cuento, todos en algún momento nos vemos envuelto en un pesar, en una nostalgia, que a veces hasta se torna creativa y nos pone a pensar. ¿A pensar en qué? Bueno, nadie sabe nunca lo que va a pensar, ni siquiera aquellos filósofos que se piensan a pensar, nunca saben en qué va a terminar su pensamiento.
Y así como la protagonista, todos encontraremos muchas oportunidades en nuestra vida, ¿Cuántas podremos aprovechar? Quizás lo más importante sea aprovechar una y no dejarla escapar. Perseguirla y cuidarla. ¿Es la vida encontrar un buen trabajo y tener un buen pasar económico? ¿Es la vida tener alguien esperando en tu casa? quizás lo importante no sea la felicidad, después de todo, quizás lo único que importa en la vida es que no nos sorprenda la nostalgia en la estación, así no estaremos tristes, así lo otro no hará a la felicidad.