Porque puede que la eternidad corroa el tiempo pero la magia nunca podrá desvanecerse entre los hilos de la distancia,
porque para amar, la eternidad se cae en si misma.
Y la noche es el cómplice perfecto donde
la danza de euforia y deseo convergen en eso que nos hace tan sublimes,
tan únicos y tan condenados a esa sed de
tropezar en el gozo de vivir.
Por eso a ti mi dulce artífice de enseñanzas te digo que aunque
puedan correr mil siglos, la memoria de mi corazón inmortal
recordará la sinfonía de tu cuerpo conjugándose con cada latido,
con cada suspiro y cada sonrisa plasmada en el elixir del hoy.
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