InicioArteAmor a ciegas


La noche cayó como la pluma del ave. La lluvia caía tímida y perezosa sobre la tierra y sobre el rostro de Anabel, de bellos ademanes de inocencia. Su rostro se alzaba con los ojos cerrados hacia el cielo nocturno, sonriendo levemente como disfrutando cada segundo, de cada momento que las gotas amortizaban la caída en su piel tersa.
–¡Que hermoso es el sonido de la lluvia! –exclamó Anabel– ¿No te parece hermoso?
–Realmente, no; me parece solo ruido y nada más –dije secamente.
–¿No te gusta la sensación que provoca la lluvia sobre tu rostro?
Levanté la vista al cielo raso. Me molestaba que las gotas me hicieran cerrar los ojos.
Estaban frías.
Me estaba mojando.
Ella se estaba mojando.
–No, no me gusta ni su sonido ni la sensación y nada que tenga que ver con la lluvia me gusta –pronuncié un poco molesto–. Mejor acompañame.
–¿A dónde?
–A refugiarnos de la lluvia.
–No quiero.
–Anabel, por favor…
–Dije que no.
–Anabel.
–No.
–Te vas a resfriar, Anabel, y yo no quiero.
–No, hasta que no me digas por qué no te gusta la lluvia.
–Anabel, no seas caprichosa y dejate de trivialidades.
Refunfuñó.
Sabía que su decisión era inapelable y que si no contestaba a su pregunta no se movería ni un bledo.
–Anabel –dije con tranquilidad–, la lluvia no me gusta y eso es todo; Ven, acompañame.
Si algo me gustaba de ella era su increíble tenacidad, paciencia y alegría. No sabía enojarse, lo que hiso fue: Levantar la vista para sentir la lluvia, tomar su mano por detrás, sonreír y esperar una respuesta convincente.
–Te lo diré –dije resignado–. La lluvia no me gusta por…, todos esto…
–¡Qué, qué es! –irrumpió alarmando buscándome a tientas. La tomé de las manos para que no fuera a tropezar.
–No es nada. Me refería a que la lluvia no me gusta, porque no me gusta estar húmedo, sentir lo pies fríos, tener frío, ver que tienes frío, enlodarme, que arruine mis planes de verte y sobre todo que te enfermes. Ahora lo entiendes, te quiero y porque te quiero no quiero que estés tiritando de frio o incluso que te enfermes.
Giró la cabeza, sus ojos se encontraron con los míos, parecía que realmente me miraban.
–Gracias por preocuparte –murmuró Anabel. Después volvió la mirada al cielo–. A veces me pregunto, qué son la gotas, de qué están hechas, que color tienen, que forman tiene, de donde caen y que hay allá arriba que las forma… Son tantas preguntas y ninguna respuesta, porque para mí las respuestas no sirven, son…
Sus labios se pausaron, como si rumiaran aquello que no conseguía digerir. Por un momento creí que su sonrisa desaparecía.
La lluvia cesó.
–Anabel –dije sin saber que más decir.
–Estoy bien.
El mutismo se me antojaba tangible.
No era incómodo.
Era hermoso.
Ella parecía disfrutar del silencio.
Yo disfrutaba con ella.
Intenté buscar tímidamente su rostro, y como si ella lo presintiera, rehuía de mi búsqueda.
–Anabel, te acuerdas de…
–Sí, si me acuerdo –dijo Anabel anticipándose–. Se lo que me vas a decir –volteó, dio un paso y buscó mis ojos con los suyos. Eran (son) hermosos. Viéndome sin verme–, y gracias a eso no me siento menos. A veces cuando me siento decaída pienso en esa pregunta “¿Descríbeme cualquier color: rojo, azul, verde, el que tú quieras? Y me da risa, el saber que las personas que pueden ver el color, no saben describirlo.
–Nosotros teniendo al mundo, lo desperdiciamos –pronuncié–. A veces aunque tengamos las cosas de frente, no las vemos; somos ciegos, mudos, sordos y en ocasiones evitamos el contacto. Pero tú, mi bella Anabel, tú, disfrutas todo, si, de todos los sentidos, porque a cada de los cuatro sentidos, les has agregado el valor de ver.
Sonrió.
Sonreí.
Sus ojos indescifrables se clavaron con los míos, su sonrisa se enterneció y sus mejillas se ruborizaron. Todo aquel ademan me intimidó, haciéndome desviar mis ojos de los suyos.
–¿Por qué desvías la mirada? –preguntó Anabel en un tono burlón.
–¿Cómo lo sabes? –repliqué sorprendido.
–Lo acabas de decir.
–¿Lo acabo de decir? –dije más para mí que para ella.
–Sí, tengo cuatro sentidos que pueden ver por mí.
–¿Pero cómo supiste que desvié la mirada?
Se quedó pensando. En su rostro se dibujó una sonrisa malévola, esa sonrisa solo podía significar algo: estaba planeando poner las palabras en mi contra.
–Así como tú puedes identificar el color rojo –dijo en un tono diplomático– y no lo puedes describir, así es como yo veo lo que haces, pero, no puedo describírtelo.
La lluvia volvió.
Caminamos bajo la lluvia.
La abrasé.
Nos besamos.
Que hermosa es la lluvia.
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