InicioArte''Cambio y Fuera'' (cuento propio)

Creo que este fue el cuento que más tarde en escribir hasta ahora. No porque me representó una dificultad. Fue algo pospuesto e interrumpido varias veces, a tal punto que permaneció inconcluso por semanas. Tardé mucho en terminarlo también por el desinterés por escribir que tenía durante esos meses.
Podrán ver que hay pequeñas menciones a cuentos que escibí antes. Si es que no los leyeron, no se preocupen porque no será una dificultad a la hora de leerlo.

Sin más preámbulo, he aquí el cuento...




Felipe de Santis caminaba por la senda peatonal deseoso de llegar cuanto antes al Pub. Los acontecimientos del día lo anduvieron maltratando en reiteradas ocasiones, y su angustia solo podía ser saciado con una cuantas rondas de alcohol.
Aún prevalecía en él el motivo de tal enojo. Mariana, mujer a la cuál le había cedido un lugar en el corazón, dio un paso hacia el costado de su vida, dejándole a él solamente los momentos vividos. Pero ese no era el núcleo de su descontento, sino lo ocurrido apenas una semana atrás en uno de los tantos despachos, más bien el del Jefe Tabarelli. Intrigado, daba cada paso dudoso de la razón de dicho llamado. En el fondo, sabía que su despido era la única vía posible luego de su penoso rendimiento laboral. Aún así, aguardaba y no se dejaba desanimar tan fácilmente. La esperanza, de la cuál el estaba bien aferrado, se desmoronó en un lapso de segundos, no sin antes abrirle la puerta de salida.
Resignado, atribuía al “despiadado jefe” como móvil de la separación de la pareja, la cuál venía manteniendo de manera sólida la relación mutua. Habiendo tan pocas vulnerabilidades para lo posteriormente inminente, no podía haber otra causa más que el decadente respaldo económico con el cuál se las tendrían que ver si continuaban juntos.
Un pinchazón fuerte, probablemente proveniente del apretado bolsillo lateral de su jean, lo hizo situarse en el presente. Al fijarse el origen de dicha disconformidad cayó devuelta en lo inevitable. Como si de un imán se tratase, los rayos del sol, en un instante, empezaron a recorrer los distintos relieves de la piedra, como si disfrutaran de juguetear con el lado emocional del menor de los Santis. Apartándolo del sol, miró un segundo, de reojo y solo por si acaso, si es era lo que tanto creía. Así fue, el anillo que se vio contenido en su dolorosa puesta de sol del día anterior, no hizo otra cosa que dar vueltas entre sus dedos por toda esa tarde, la cuál pronto se vio interrumpida por la monótona noche. Dado que el sueño lo carcomía, decidió guardarlo vagamente en su bolsillo, dejando en evidencia el valor al cuál este había sido rebajado luego de lo transcurrido esa precisa fecha.
Una inmensidad de sucesos y resentimientos afloraban cada vez que recurría a ver a la humilde alianza. Pensar en la probabilidad de proponerle matrimonio, y cuán lejos esta estaba actualmente, le provocaba un sinfín de malestares. En los momentos de mayor desesperación, evaluó recurrir al suicidio como solución a sus problemas, al igual que aquél ciudadano de su vecindario que recientemente finalizó su vida de esa manera. Se quitó de la cabeza dicho pensamiento, no debía siquiera pensar en semejante atrocidad como alternativa viable.
Quién podrá saber si fue una manera de desahogo, una forma de desprenderse de las anticuadas ataduras que los unían. Lo que sí se conoce es cuán aliviado se sintió al ver como la microscópica piedra preciosa volaba por los aires girando en reiterados círculos, alejándose cada vez más de él.

El único manifiesto de alegría suyo, era gracias a que había acordado encontrarse con un amigo del alma, unos de los pocos agraciados con los que poseía la oportunidad de convivir armoniosamente año tras año.
Miró alerta una vez más al reloj. Intrigado, decidió esperar unos minutos más. Mientras tanto, se decidió a entretenerse adivinando cuál podría ser la razón de su demora.
La alarma no cesó pese a sus intentos por acallarla. Siendo las nueve en punto, no era de sorprenderse que la vía pública estuviera colmada de agitadas personas, yendo a dispares direcciones de manera ruidosa.
Ahí fue cuando vio a su compañero emergiendo de entre la multitud, para así concretar con el punto de encuentro.
-Siempre fijándote la hora, Felipe- notó Juan- No podés despegar tu mirada de las agujas. Me sorprende ver que aún conserves los mismos rasgos. Ya empiezo a dudar que el tiempo pueda removerlos.
Así era, De Santis tenía unas actitudes bastantes notorias. Alto, flaco y pálido, siempre con ojeras alrededor de sus curiosos ojos, Felipe acostumbraba a vivir como una persona reflexiva, astuta, y sobre todo, tediosamente obsesiva. Odiaba la sensación del incumplimiento y mucho menos aceptaba a los arribos tardíos. Juan Arizaga, en cambio, miraba al mundo desde otra perspectiva. Dueño de una confianza innata, adoraba sentirse libre, concretar sus metas impuestas y, sobre todo, la sensación producida por el tacto de los fajotes de billetes. De una manera u otra, se complementaban entre ambos. Las fortalezas presentes en uno lograban compensar los errores cotidianos del otro. El dúo se mantuvo vigente desde la secundaria, dónde pudieron percibir una gran afinidad, y luego, la consolidación de su amistad, quizás hasta fraternal.
-No todo en la vida representa un cambio, che- respondió con un tono defensivo.
Una fingida risa, seguida de un incómodo silencio, se volvió la protagonista del momento. De Santis intuía la razón, no debía de ser fácil saber actuar bajo esas circunstancias. Es por esto que no culpó a Juan, ni mucho menos a su firme postura en concretar dicho encuentro.
Quizás Felipe no pudo percibirlo, pero ese encuentro era eficaz para alivianar a las culpas y penas que no oscilaban a la hora de acosarlo. Los escasos, pero intensos minutos, que su visita suponía envolvían a su cuerpo bajo una capa invulnerable capaz de situarlo en un lugar distante, caracterizado por una acortada felicidad y un insaciable sentido de liviandad. Esto provocaba por fin efectos positivos en él.
Conocía pocos poseedores de semejante dote. Su compañero acarreaba una confianza en uno mismo y la pérdida perceptiva del entorno, habilidad digna de ser elogiada. Solo una minoría privilegiada podía imponer sensaciones de semejante magnitud. Era un anestésico para los males, adormecía la tristeza e impregnaba en el alma las fuerzas necesarias para volver a sentirse agraciado en el difícil juego de la vida. Y así era, algunos, involuntariamente, optaban por recorrer los senderos más retorcidos y complicados de esta. Felipe estaba seguro que era uno de ellos. Lo diferenciaba de lo demás el comodín guardado bajo su regazo: su gran amigo, quién era la persona indicada demandada en cada situación.

Una vez más, el dúo recurría al alcohol como banal escapatoria. Estas elocuencias pasaron a ser una tradición en la cuál Felipe era el paciente, y Arizaga, su supuesta cura. Y, al igual que numerosas veces, sus cuerpos cruzaron tiendas y edificios siempre a la par. Por momentos el silencio no fue exactamente un período de inexistente sonido, sino un instante que permitió que la tenue brisa y las contantes respiraciones hablaran por sí solas y exhibieran mucho de lo recientemente acontecido.
Junto con el silencio fueron pasando los metros. Ya ambos podían presenciar el cartel luminoso de neón que delataba, solo con tres caracteres, el arribo a destino.
Sin dejar espacio a dudas entraron decididos, irrumpiendo de manera agresiva al pacífico clima resguardado por el lugar. Acomodaron sus pertenencias y se subieron a los mismos asientos de la barra que, años atrás, les indicó que serían sus respectivos lugares para cada ocasión que lo ameritase.
El mozo no se vio extrañado de su visita. Los ojos humedecidos e irritados de Felipe revelaban más de lo que él quería dejar implícito.
-Otro mal de amores los trae acá…- adivinó con tono un tanto despectivo.
-Precisamente, acá estamos, vivito y coleando- respondió irónicamente Juan, no sin antes soltar una risa un poco burlona.
-Los años pasan, pero ustedes se mantienen tan homogéneos como la decoración del Pub.
-No todo en la vida representa un cambio, señor- aclaró Arizaga, citando a su amigo.
Esta vez la risa fue unánime. Y como si de un tratamiento se estuviese hablando, notaron como la amargura empezaba a ser cosa antigua. Apartando al mozo, dedicaron varios segundos para prolongar la risa. Y bien lo hicieron, que medio Pub giró curioso a ver a dicha dupla.
-¡Que sean dos rondas de tequila para ambos, maestro!- acotó Juan pausando paulatinamente a la risa- Escuchame Juan, que mis palabras tienen fama de curar hasta al más miserable.
“La vida viene y va, como un péndulo, y consigo se lleva a la suerte, el destino e incluso a las mujeres. A veces, deja de ser razonable, sensata, comprensible.
La vida te juega en contra, bajo la condición de que nunca dejemos de perseverar.
El anhelo por lograr realizar nuestras metas debe ser continuamente incentivado. No debemos esperar a un armonioso destino, créeme que no existe.
Obstáculos están dispuestos en todo nuestro trayecto. Depende de nuestra voluntad el poder sobrepasarlos. Así que ten en fijo cuales son tus obstáculos.
Mariana se fue, ¿por qué tendría que irse, junto con ella, el gusto por vivir? Podría ser una más del montón, pero si ha decidido pasar tantos años bajo tu compañía, no podés afirmar que sos uno más del montón para ella. Aferrate al lazo que no osa separarlos. Altibajos, eso es lo de menos. Superarlos es el obsequio para la pareja, ya que evidencian la sólida relación y los forman con mayor experiencia.
-¡¿Qué esperas por superar este altibajo, entonces!? Corré y apurate, antes de que se planteé un futuro en el cual tu ser no se ve involucrado.”
Felipe no había pensado esa alternativa, recurrir y optar por buscarla. Toda la ira lo había enceguecido. Imaginó incontables fantasías y situaciones hipotéticas, pero ninguna de ellas con la presencia de Mariana. Hacer vista ciega y pretender estar bien no le alcanzó para borrar lo compartido. Tarde o temprano los sentimientos intervinieron.
-No necesito de tu respuesta aún, se que ansías el reencuentro. No recurras a ella todavía. Se paciente, ella necesita de un tiempo a solas y vos precisas del alcohol. Agradecé que aún hay tiempo de sobra para ahogar las penas conmigo…


_ Feli, Feli… ¡Felipe!
-¿Qué pasa, Mariana, que te dirigís a mí con ese tono?
-Te has quedado boquiabierto mirando fijamente a la pared. Tu mente se quedó en blanco. No respondías pese a mis llamados. Intente, varias veces, pero nada. Tuve que alarmarte usando un tono fuerte. ¿Hay algo molestándote? No dudes en compartirlo con tu esposa de ser así, sabés que estoy siempre para ayudarte…
-La vida está llena de molestias. Pareciese como si buscara ingeniárselas para atormentarme cada vez más.
-No digas esas cosas. No dejaré que vayas al funeral de esta manera, te aseguro que no lo haré. Entiendo tu dolor, mantenelo al margen por un día. Tu amigo aún te necesita, esté donde esté. Demostrale que vas a seguir siendo aquel que compartía las tardes feliz de estar con el, aquel que lo quería como a un hermano, aquel que sonreía a menudo, aquel que sonreía…
-No puedo fingir gozar de un estado de bienestar o alegría. Menos podré aferrarme a la idea de que ha decidido irse, apartarse de nosotros. Quiérase o no, la enfermedad lo obligó a distanciarse de mí.
No sabría responderte tal cual van a ser las cosas, tampoco se si seré el de antes.
Hay cosas en la vida que representan un cambio.



Sugerencias, críticas, opiniones, serán bien recibidas.

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