Como siempre, el sonido de aquellos grandes y extraños peces al rebotar sus cabezas contra el grueso cristal que separaba mi celda del resto del océano, me había despertado. Esos repugnantes animales marinos parecían, además, muy tontos. Quién sabe cuánto tiempo llevaba yo encerrado allí, bajo las oscuras y profundas aguas del Océano Pacífico, y todos y cada uno de los días había sido despertado por el mismo molesto retumbar.
Abrí los ojos y allí me encontraba, en el mismo lugar que había despertado durante toda mi vida por lo que a mí respecta. Rodeado por tres paredes y un ventanal. Las goteras que atravesaban el techo, el óxido que desfiguraba grotescamente todas las piezas metálicas, hongos de todo tipo que crecían en cada rincón, la oscuridad que apenas era derrotada por la débil luz verdeazul proveniente de las aguas y el pálido e intermitente blanco de las luces del pasillo, olores tan desagradables que prefería ignorar su procedencia, la incómoda sensación de tener frío en un ambiente caluroso y asfixiante como ese, eran algunas de las cosas que me habían acompañado desde el principio. El gran ventanal con vistas al infinito océano se encargaba de recordarme lo aislado que me encontraba y lo difícil, o más bien imposible que resultaría escapar de mi prisión submarina. Ya no recordaba porqué estaba allí confinado ni cómo había sido mi vida antes de ello.
Desperté maldiciendo a los peces por haber interrumpido mi sueño. Un sueño en el que estaba con Martha, merendando en un bonito parque mientras contemplábamos la maravillosa paleta de colores que nos ofrecía el atardecer. Hacía ya mucho tiempo que no veía su bella y dulce cara, desde que… Creía que jamás volvería a verla pero, sin embargo, allí estaba ella. Tal como la recordaba, aunque ya temía haber comenzado a olvidarla. Era como si el tiempo no hubiera pasado para ella. Estaba a punto de volver a sentir el suave tacto de sus labios cuando desperté. O más bien, me despertaron.
Aquel sueño había calado muy hondo dentro de mí y de repente sentí la necesidad de hacer algo que nunca había intentado hasta el momento, bien porque lo creía imposible o bien porque así me lo habían hecho creer. Fuera por lo que fuera, nunca había intentado siquiera abrir el enorme armazón de grueso acero oxidado que era la puerta de mi celda, ubicada en la pared opuesta a la del ventanal. Dubitativo, de la situación y de mí mismo, lentamente bajé de la roca que llamaba cama desde más tiempo del que podía recordar y me acerqué a la puerta. El frío suelo contrastaba con el sofocante calor del aire. Con los pies descalzos, pisé algo que en algún otro tiempo había estado vivo, hasta que el hambre me hizo sobrepasar límites que creía se encontraban muy lejos. Alcancé la puerta y, sin muchas esperanzas, la empujé hacia la derecha intentando deslizarla por sus carriles para abrirla. Pese al terrible calor que hacía allí, un intenso frío recorrió mi espalda, invadió todo mi cuerpo alcanzando hasta la más mínima fibra y me paralizó. La puerta estaba abierta.
Al principio me costó un poco moverla debido al óxido que abarrotaba las guías, pero una vez abierta, no supe qué hacer con mi recién adquirida libertad. Cuando recuperé la movilidad, asomé tímidamente la cabeza esperando encontrar a algún guardia haciendo su ronda o incluso al extraño hombrecillo que traía lo que difícilmente alguien se atrevería a llamar comida, al cual no veía desde hacía ya unos días, por cierto. No vi a ninguno de ellos, sólo un largo pasillo curvo que se extendía hacia ambos lados. Tuberías rotas, azulejos caídos y, cómo no, moho eran los principales habitantes de aquel pasillo, iluminado aleatoriamente con tenues luces de emergencia.
No es que tuviera miedo a algo en particular, pero me decanté a seguir el pasillo a mi izquierda ya que su iluminación era un poco mejor, comparada con la densa oscuridad que se veía al final del pasillo a mi derecha. Caminé unos pocos metros entre charcos y escombros hasta la siguiente celda. La puerta también estaba abierta. Si no fuera porque sabía que la había dejado tras de mí, juraría que se trataba de mi propia celda. El gran ventanal al otro lado, el indescriptible olor, la cama de roca en la derecha, el suelo repleto de… comida. Sin embargo, el prisionero que la habitara, a diferencia de mí, llevaba contando los días que se encontraba allí. Las paredes estaban repletas de marcas, no había el más mínimo espacio que no estuviera cubierto por ellas. Me hizo pensar en cuánto tiempo llevaría yo allí. Seguí avanzando, pasando junto a celdas, similares a la mía pero a la vez con pequeños detalles que las diferenciaban, hasta que me topé con una puerta al final del pasillo. A un lado había un pequeño armario con dos linternas y una petaca. Cogí la petaca pero al levantarla pude notar que se encontraba vacía. Maldije y tomé una de las linternas. Funcionaba. Sobre la puerta había un pequeño letrero metálico en el que podía leerse “Sala de Personal”.
Moví el picaporte pero al parecer la puerta estaba cerrada con llave. Pensé en volver e investigar qué había al otro lado del pasillo curvo, en la oscuridad, pero primero decidí volver a echar un vistazo al armario de donde había cogido la linterna. En el estante superior, al ras de mi vista, había una llave prácticamente mimetizada con la chapa sobre la que se encontraba apoyada. Cuando conseguí despegarla, la introduje en la cerradura de la puerta y la giré. No funcionaba muy bien pero, tras forcejear un poco, conseguí abrirla. En ese momento pensé en que quizás, tras la puerta, hubiera personal de la prisión en efecto. La idea no tardó mucho en desvanecerse, no sólo porque al entrar en aquella sala comprobé que no había nadie sino porque también comenzaba a sospechar que yo era la única persona que se encontraba allí encerrada, en medio del Pacífico, a quién sabe cuántos metros bajo la superficie.
Estaba bastante oscuro dentro, apenas había una luz roja de emergencia. Encendí la linterna y recorrí la habitación con el brillante haz de luz. Sobre una pared había colgadas las equipaciones de tres guardias y, bajo ellas, sus respectivas botas. Aproveché para quitarme la especie de taparrabos que llevaba y me vestí con la ropa que había encontrado. Mientras me ajustaba las botas eché un vistazo al resto de la habitación. Sobre un escritorio lleno de papeles húmedos había uno de esos viejos televisores portátiles, también había un pequeño refrigerador con la puerta abierta dejando ver que dentro suyo no había más que el viciado aire de la prisión. Al lado de la puerta había un plano de emergencia. En él se podía ver que la prisión tenía forma circular, con las celdas en la periferia, el pasillo un poco más adentro y en el centro unas escaleras que llevaban a la zona de transporte para la evacuación del personal. La puerta para acceder a ellas se encontraba al otro lado del pasillo.
Sin otra alternativa a la vista, dejé la sala de personal y me adentré en el largo y curvo corredor. Sorteando tuberías caídas sobre grandes charcos de agua estancada y aplastando escombros con las base de mis botas, antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba de nuevo junto a mi celda. Unos metros más allá se encontraría la puerta que daba a las escaleras, pero no podía verla. La oscuridad me lo impedía. Encendí la linterna nuevamente y dirigí la luz hacia allí. Pude ver que la curva del pasillo seguía, dejando oculta la puerta a la que me dirigía. No sabía muy bien por qué, pero aquella oscuridad me daba mala espina. Quizás por culpa de haber pasado tanto tiempo recluido en ese condenado lugar. Cuando por fin comencé a avanzar fui ganando confianza, aquel lado del pasillo no se diferenciaba mucho del otro, sólo estaba sumido en una absoluta oscuridad. Me sentí como un niño al que sus padres enseñan a no temer cuando apagan las luces. Me sentí ridículo e incluso llegué a sonreír. Pero aquello no duró mucho más.
Ya estaba lo suficientemente adentrado en la negrura como para no ver la débil claridad de la que provenía, pero no tanto como para alcanzar a ver la puerta hacia las escaleras. En ese punto muerto me encontraba cuando lo oí. Primero un fuerte golpe que retumbó por todo el pasillo, paralizándome en el proceso, y luego algo que me aterró aún más: el sonido de pisadas sobre charcos de agua. Las oía detrás de mí. Me di la vuelta y apunté con la linterna. Era imposible que hubiera alguien, había revisado la sala de personal y todas las celdas por las que había pasado, y no había nadie. Oía las pisadas cada vez más cerca e instintivamente retrocedí unos pasos. Luego, un fuerte golpe como el primero sonó en la celda junto a la que me encontraba, y luego dos más. Temblorosamente iluminé su interior y pude ver que estaba vacía. Se oyó otro golpe. Dirigí la luz hacia el ventanal y agudicé la vista. En el azul verdoso de océano pude distinguir a uno de esos malditos peces que siempre me despertaban rebotando contra el grueso cristal que nos separaba. Era un poco más grande de lo normal, mediría unos dos metros o más. Aún así, aliviado, lo insulté para desahogarme aún más. Las pisadas ya no se oían, así que pensé que lo que en realidad había oído sería alguna gotera producida por el primer golpe del pez. No le di más vueltas al asunto.
Continué avanzando, dejando tras de mí celdas vacías hasta que finalmente llegué a la puerta de las escaleras. En la pared pude ver el mismo plano que había visto en la sala de personal, y por lo que pude apreciar esta vez, me encontraba en la tercera planta. Debía bajar dos pisos para llegar a la zona de transporte o subir tres para estar en la zona de tratamiento intensivo, y no creo yo que, con ese nombre, quisiera ver lo que allí había. Quise abrir la puerta, pero el óxido la había corroído tanto que ésta ni se inmutó. Probé darle unas patadas que no consiguieron más que despegarla un poco de su marco. Retrocedí unos metros y la embestí con toda la fuerza que me quedaba. Reboté de tal forma que durante unos minutos creí tener a esos grandes peces rebotando estúpidamente dentro de mi cabeza. Al recuperar la compostura pude apreciar que mi embestida había conseguido abrir la puerta desde la parte superior hasta más de su mitad hacia abajo por donde asomaba una fuerte luz blanquecina. Tras unas cuantas patadas más en la parte inferior conseguí abrirla completamente y pasar al otro lado.
Aquella impoluta luz que parecía no pertenecer a ese lugar, cubría tanto escaleras arriba como escaleras abajo, por lo que pude apagar la linterna. Me sentía agotado y tuve que sentarme en un escalón para recuperarme. Tanto tiempo allí encerrado había deteriorado mi estado físico mucho más de lo que creía. Descansé unos minutos mientras contemplaba como el agua se deslizaba silenciosamente sobre los hongos de la pared frente a mí para luego caer y acumularse en un charco hediondo. Me puse en pie y comencé a bajar. Cuando llegué al tramo entre la primera y la segunda planta de celdas, me encontré con algo que pensé que pondría fin a mis planes definitivamente. La pared se había derrumbado sobre la escalera obstruyéndola por completo. El agua que entraba por entre los escombros y discurría hacia abajo me inquietó. ¿Cuánto tiempo resistiría la maltrecha pared la presión de toneladas y toneladas de agua intentando entrar y llenar hasta el último recoveco con su fría pureza? Una especie de instinto animal de supervivencia me invadió y me hizo subir varias plantas con una velocidad que me dejó tan atónito como exhausto.
La agitación no me había permitido ver la gran puerta que tenía delante de mí, en la que apenas podía leerse sobre un letrero metálico, desgastado y corroído por la salitre, “Tratamiento Intensivo”. La puerta estaba entreabierta, como invitándome a entrar. Y así lo hice. Tuve que volver a encender la linterna porque, a pesar de que allí dentro había una débil iluminación amarillenta, mis ojos, acostumbrados ya a la blancura que reinaba en las escaleras, no se habían adaptado aún al nuevo ambiente. Recorriendo el lugar con la vista, allí donde apuntaba con la linterna, pude ver que se trataba de una gran sala cubierta de azulejos blancos hasta el techo, a unos tres metros sobre mi cabeza, de donde colgaban enormes lámparas. En algunas zonas había grandes manchas oscuras que parecían ser de sangre seca ya hace tiempo. Aquello confirmaba mis temores de que en el lugar en el que me encontraba habían ocurrido cosas que prefería seguir ignorando debido a su macabra naturaleza. Sin embargo, ahora no había nada allí dentro, excepto yo. Por un momento creí que mis planes se frustrarían definitivamente y que no podría escapar. Pero al otro lado de la gran habitación, había una puerta que no figuraba en los planos, según podía recordar. ¿A dónde conduciría? Sin más remedio, atravesé la habitación y la abrí. Me sorprendió lo fácil que me resultó aquella tarea. La puerta se abrió suavemente, como si fuera la de un coche nuevo, pero con un espeluznante rechinar al final, como para hacerme recordar dónde me encontraba.
Al otro lado, algo que ya había visto demasiadas veces allí, oscuridad. Apunté con la linterna pero fue en vano. No había nada que iluminar ahí dentro excepto las partículas que flotaban en el aire. El suelo estaba resbaladizo pero no podía, o no quería, ver porqué. Avancé a tientas entre la negrura hasta que mi pie derecho no encontró suelo donde pisar. De repente me encontraba cayendo. El impacto que puso fin a la caída me dejó inconsciente. Durante ese tiempo, volví a soñar con Martha. ¡Qué bella era!
Algo me despertó y maldije. Adolorido y sin saber muy bien lo que ocurría, me incorporé y noté que ya no llevaba las botas. Seguramente las habría perdido en la caída. Mi ropa también estaba distinta, pero el aturdimiento no me dejaba ver porqué. ¡Había vuelto a soñar con Martha! Cuando mi cabeza se aclaró, quise ver dónde había caído. Me refregué los ojos y vi que allí me encontraba, en el mismo lugar que había despertado durante toda mi vida por lo que a mí respecta. Una inexplicable sensación recorrió mi cuerpo, mezcla de terror, resignación y paranoia. No obstante, el haber vuelto a soñar con Martha me hizo hacer algo que nunca había intentado hasta el momento, bien porque lo creía imposible o bien porque así me lo habían hecho creer. Me acerqué a la puerta y, sin muchas esperanzas, la empujé hacia la derecha intentando deslizarla por sus carriles para abrirla. Pese al terrible calor que hacía allí, un intenso frío recorrió mi espalda, invadió todo mi cuerpo alcanzando hasta la más mínima fibra y me paralizó. La puerta estaba abierta.
Rodrigo Jáuregui Ressia, 16 de Agosto de 2014
Abrí los ojos y allí me encontraba, en el mismo lugar que había despertado durante toda mi vida por lo que a mí respecta. Rodeado por tres paredes y un ventanal. Las goteras que atravesaban el techo, el óxido que desfiguraba grotescamente todas las piezas metálicas, hongos de todo tipo que crecían en cada rincón, la oscuridad que apenas era derrotada por la débil luz verdeazul proveniente de las aguas y el pálido e intermitente blanco de las luces del pasillo, olores tan desagradables que prefería ignorar su procedencia, la incómoda sensación de tener frío en un ambiente caluroso y asfixiante como ese, eran algunas de las cosas que me habían acompañado desde el principio. El gran ventanal con vistas al infinito océano se encargaba de recordarme lo aislado que me encontraba y lo difícil, o más bien imposible que resultaría escapar de mi prisión submarina. Ya no recordaba porqué estaba allí confinado ni cómo había sido mi vida antes de ello.
Desperté maldiciendo a los peces por haber interrumpido mi sueño. Un sueño en el que estaba con Martha, merendando en un bonito parque mientras contemplábamos la maravillosa paleta de colores que nos ofrecía el atardecer. Hacía ya mucho tiempo que no veía su bella y dulce cara, desde que… Creía que jamás volvería a verla pero, sin embargo, allí estaba ella. Tal como la recordaba, aunque ya temía haber comenzado a olvidarla. Era como si el tiempo no hubiera pasado para ella. Estaba a punto de volver a sentir el suave tacto de sus labios cuando desperté. O más bien, me despertaron.
Aquel sueño había calado muy hondo dentro de mí y de repente sentí la necesidad de hacer algo que nunca había intentado hasta el momento, bien porque lo creía imposible o bien porque así me lo habían hecho creer. Fuera por lo que fuera, nunca había intentado siquiera abrir el enorme armazón de grueso acero oxidado que era la puerta de mi celda, ubicada en la pared opuesta a la del ventanal. Dubitativo, de la situación y de mí mismo, lentamente bajé de la roca que llamaba cama desde más tiempo del que podía recordar y me acerqué a la puerta. El frío suelo contrastaba con el sofocante calor del aire. Con los pies descalzos, pisé algo que en algún otro tiempo había estado vivo, hasta que el hambre me hizo sobrepasar límites que creía se encontraban muy lejos. Alcancé la puerta y, sin muchas esperanzas, la empujé hacia la derecha intentando deslizarla por sus carriles para abrirla. Pese al terrible calor que hacía allí, un intenso frío recorrió mi espalda, invadió todo mi cuerpo alcanzando hasta la más mínima fibra y me paralizó. La puerta estaba abierta.
Al principio me costó un poco moverla debido al óxido que abarrotaba las guías, pero una vez abierta, no supe qué hacer con mi recién adquirida libertad. Cuando recuperé la movilidad, asomé tímidamente la cabeza esperando encontrar a algún guardia haciendo su ronda o incluso al extraño hombrecillo que traía lo que difícilmente alguien se atrevería a llamar comida, al cual no veía desde hacía ya unos días, por cierto. No vi a ninguno de ellos, sólo un largo pasillo curvo que se extendía hacia ambos lados. Tuberías rotas, azulejos caídos y, cómo no, moho eran los principales habitantes de aquel pasillo, iluminado aleatoriamente con tenues luces de emergencia.
No es que tuviera miedo a algo en particular, pero me decanté a seguir el pasillo a mi izquierda ya que su iluminación era un poco mejor, comparada con la densa oscuridad que se veía al final del pasillo a mi derecha. Caminé unos pocos metros entre charcos y escombros hasta la siguiente celda. La puerta también estaba abierta. Si no fuera porque sabía que la había dejado tras de mí, juraría que se trataba de mi propia celda. El gran ventanal al otro lado, el indescriptible olor, la cama de roca en la derecha, el suelo repleto de… comida. Sin embargo, el prisionero que la habitara, a diferencia de mí, llevaba contando los días que se encontraba allí. Las paredes estaban repletas de marcas, no había el más mínimo espacio que no estuviera cubierto por ellas. Me hizo pensar en cuánto tiempo llevaría yo allí. Seguí avanzando, pasando junto a celdas, similares a la mía pero a la vez con pequeños detalles que las diferenciaban, hasta que me topé con una puerta al final del pasillo. A un lado había un pequeño armario con dos linternas y una petaca. Cogí la petaca pero al levantarla pude notar que se encontraba vacía. Maldije y tomé una de las linternas. Funcionaba. Sobre la puerta había un pequeño letrero metálico en el que podía leerse “Sala de Personal”.
Moví el picaporte pero al parecer la puerta estaba cerrada con llave. Pensé en volver e investigar qué había al otro lado del pasillo curvo, en la oscuridad, pero primero decidí volver a echar un vistazo al armario de donde había cogido la linterna. En el estante superior, al ras de mi vista, había una llave prácticamente mimetizada con la chapa sobre la que se encontraba apoyada. Cuando conseguí despegarla, la introduje en la cerradura de la puerta y la giré. No funcionaba muy bien pero, tras forcejear un poco, conseguí abrirla. En ese momento pensé en que quizás, tras la puerta, hubiera personal de la prisión en efecto. La idea no tardó mucho en desvanecerse, no sólo porque al entrar en aquella sala comprobé que no había nadie sino porque también comenzaba a sospechar que yo era la única persona que se encontraba allí encerrada, en medio del Pacífico, a quién sabe cuántos metros bajo la superficie.
Estaba bastante oscuro dentro, apenas había una luz roja de emergencia. Encendí la linterna y recorrí la habitación con el brillante haz de luz. Sobre una pared había colgadas las equipaciones de tres guardias y, bajo ellas, sus respectivas botas. Aproveché para quitarme la especie de taparrabos que llevaba y me vestí con la ropa que había encontrado. Mientras me ajustaba las botas eché un vistazo al resto de la habitación. Sobre un escritorio lleno de papeles húmedos había uno de esos viejos televisores portátiles, también había un pequeño refrigerador con la puerta abierta dejando ver que dentro suyo no había más que el viciado aire de la prisión. Al lado de la puerta había un plano de emergencia. En él se podía ver que la prisión tenía forma circular, con las celdas en la periferia, el pasillo un poco más adentro y en el centro unas escaleras que llevaban a la zona de transporte para la evacuación del personal. La puerta para acceder a ellas se encontraba al otro lado del pasillo.
Sin otra alternativa a la vista, dejé la sala de personal y me adentré en el largo y curvo corredor. Sorteando tuberías caídas sobre grandes charcos de agua estancada y aplastando escombros con las base de mis botas, antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba de nuevo junto a mi celda. Unos metros más allá se encontraría la puerta que daba a las escaleras, pero no podía verla. La oscuridad me lo impedía. Encendí la linterna nuevamente y dirigí la luz hacia allí. Pude ver que la curva del pasillo seguía, dejando oculta la puerta a la que me dirigía. No sabía muy bien por qué, pero aquella oscuridad me daba mala espina. Quizás por culpa de haber pasado tanto tiempo recluido en ese condenado lugar. Cuando por fin comencé a avanzar fui ganando confianza, aquel lado del pasillo no se diferenciaba mucho del otro, sólo estaba sumido en una absoluta oscuridad. Me sentí como un niño al que sus padres enseñan a no temer cuando apagan las luces. Me sentí ridículo e incluso llegué a sonreír. Pero aquello no duró mucho más.
Ya estaba lo suficientemente adentrado en la negrura como para no ver la débil claridad de la que provenía, pero no tanto como para alcanzar a ver la puerta hacia las escaleras. En ese punto muerto me encontraba cuando lo oí. Primero un fuerte golpe que retumbó por todo el pasillo, paralizándome en el proceso, y luego algo que me aterró aún más: el sonido de pisadas sobre charcos de agua. Las oía detrás de mí. Me di la vuelta y apunté con la linterna. Era imposible que hubiera alguien, había revisado la sala de personal y todas las celdas por las que había pasado, y no había nadie. Oía las pisadas cada vez más cerca e instintivamente retrocedí unos pasos. Luego, un fuerte golpe como el primero sonó en la celda junto a la que me encontraba, y luego dos más. Temblorosamente iluminé su interior y pude ver que estaba vacía. Se oyó otro golpe. Dirigí la luz hacia el ventanal y agudicé la vista. En el azul verdoso de océano pude distinguir a uno de esos malditos peces que siempre me despertaban rebotando contra el grueso cristal que nos separaba. Era un poco más grande de lo normal, mediría unos dos metros o más. Aún así, aliviado, lo insulté para desahogarme aún más. Las pisadas ya no se oían, así que pensé que lo que en realidad había oído sería alguna gotera producida por el primer golpe del pez. No le di más vueltas al asunto.
Continué avanzando, dejando tras de mí celdas vacías hasta que finalmente llegué a la puerta de las escaleras. En la pared pude ver el mismo plano que había visto en la sala de personal, y por lo que pude apreciar esta vez, me encontraba en la tercera planta. Debía bajar dos pisos para llegar a la zona de transporte o subir tres para estar en la zona de tratamiento intensivo, y no creo yo que, con ese nombre, quisiera ver lo que allí había. Quise abrir la puerta, pero el óxido la había corroído tanto que ésta ni se inmutó. Probé darle unas patadas que no consiguieron más que despegarla un poco de su marco. Retrocedí unos metros y la embestí con toda la fuerza que me quedaba. Reboté de tal forma que durante unos minutos creí tener a esos grandes peces rebotando estúpidamente dentro de mi cabeza. Al recuperar la compostura pude apreciar que mi embestida había conseguido abrir la puerta desde la parte superior hasta más de su mitad hacia abajo por donde asomaba una fuerte luz blanquecina. Tras unas cuantas patadas más en la parte inferior conseguí abrirla completamente y pasar al otro lado.
Aquella impoluta luz que parecía no pertenecer a ese lugar, cubría tanto escaleras arriba como escaleras abajo, por lo que pude apagar la linterna. Me sentía agotado y tuve que sentarme en un escalón para recuperarme. Tanto tiempo allí encerrado había deteriorado mi estado físico mucho más de lo que creía. Descansé unos minutos mientras contemplaba como el agua se deslizaba silenciosamente sobre los hongos de la pared frente a mí para luego caer y acumularse en un charco hediondo. Me puse en pie y comencé a bajar. Cuando llegué al tramo entre la primera y la segunda planta de celdas, me encontré con algo que pensé que pondría fin a mis planes definitivamente. La pared se había derrumbado sobre la escalera obstruyéndola por completo. El agua que entraba por entre los escombros y discurría hacia abajo me inquietó. ¿Cuánto tiempo resistiría la maltrecha pared la presión de toneladas y toneladas de agua intentando entrar y llenar hasta el último recoveco con su fría pureza? Una especie de instinto animal de supervivencia me invadió y me hizo subir varias plantas con una velocidad que me dejó tan atónito como exhausto.
La agitación no me había permitido ver la gran puerta que tenía delante de mí, en la que apenas podía leerse sobre un letrero metálico, desgastado y corroído por la salitre, “Tratamiento Intensivo”. La puerta estaba entreabierta, como invitándome a entrar. Y así lo hice. Tuve que volver a encender la linterna porque, a pesar de que allí dentro había una débil iluminación amarillenta, mis ojos, acostumbrados ya a la blancura que reinaba en las escaleras, no se habían adaptado aún al nuevo ambiente. Recorriendo el lugar con la vista, allí donde apuntaba con la linterna, pude ver que se trataba de una gran sala cubierta de azulejos blancos hasta el techo, a unos tres metros sobre mi cabeza, de donde colgaban enormes lámparas. En algunas zonas había grandes manchas oscuras que parecían ser de sangre seca ya hace tiempo. Aquello confirmaba mis temores de que en el lugar en el que me encontraba habían ocurrido cosas que prefería seguir ignorando debido a su macabra naturaleza. Sin embargo, ahora no había nada allí dentro, excepto yo. Por un momento creí que mis planes se frustrarían definitivamente y que no podría escapar. Pero al otro lado de la gran habitación, había una puerta que no figuraba en los planos, según podía recordar. ¿A dónde conduciría? Sin más remedio, atravesé la habitación y la abrí. Me sorprendió lo fácil que me resultó aquella tarea. La puerta se abrió suavemente, como si fuera la de un coche nuevo, pero con un espeluznante rechinar al final, como para hacerme recordar dónde me encontraba.
Al otro lado, algo que ya había visto demasiadas veces allí, oscuridad. Apunté con la linterna pero fue en vano. No había nada que iluminar ahí dentro excepto las partículas que flotaban en el aire. El suelo estaba resbaladizo pero no podía, o no quería, ver porqué. Avancé a tientas entre la negrura hasta que mi pie derecho no encontró suelo donde pisar. De repente me encontraba cayendo. El impacto que puso fin a la caída me dejó inconsciente. Durante ese tiempo, volví a soñar con Martha. ¡Qué bella era!
Algo me despertó y maldije. Adolorido y sin saber muy bien lo que ocurría, me incorporé y noté que ya no llevaba las botas. Seguramente las habría perdido en la caída. Mi ropa también estaba distinta, pero el aturdimiento no me dejaba ver porqué. ¡Había vuelto a soñar con Martha! Cuando mi cabeza se aclaró, quise ver dónde había caído. Me refregué los ojos y vi que allí me encontraba, en el mismo lugar que había despertado durante toda mi vida por lo que a mí respecta. Una inexplicable sensación recorrió mi cuerpo, mezcla de terror, resignación y paranoia. No obstante, el haber vuelto a soñar con Martha me hizo hacer algo que nunca había intentado hasta el momento, bien porque lo creía imposible o bien porque así me lo habían hecho creer. Me acerqué a la puerta y, sin muchas esperanzas, la empujé hacia la derecha intentando deslizarla por sus carriles para abrirla. Pese al terrible calor que hacía allí, un intenso frío recorrió mi espalda, invadió todo mi cuerpo alcanzando hasta la más mínima fibra y me paralizó. La puerta estaba abierta.
Rodrigo Jáuregui Ressia, 16 de Agosto de 2014