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Hola que tal, queridos lectores y escritores

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"Sangre en la Arena" (Propio)


La oxidada puerta de hierro comienza a elevarse. Se puede oír un clamor de gritos impacientes, de personas sedientas de agonía y dolor ajenos. Una fuerza invisible estruja un nudo alrededor de mi garganta, y la intensidad de mis latidos es tal que mi corazón parece a punto de ser despedido a través de mi pecho. El peso de la espada que sostengo temblorosamente en mi mano se acrecienta a cada momento; ha llegado la hora: debo salir y enfrentar a la muerte.

Sujeto la empuñadura con firmeza, y con un paso lento y prudente atravieso el portal. Los espectadores saltan de sus asientos, en un fragor de vítores, aplausos y abucheos. Allí en lo alto, reposando en su trono, se halla el implacable César, frío e inmóvil. Siento su penetrante mirada clavada en mí, cual daga mortífera, lo que agrava aún más mis profundos nervios.
Un calor abrasador se cierne sobre el anfiteatro. La luz solar se refleja en la hirviente arena, y una brisa levanta nubes de polvo, imposibilitando prácticamente toda la visión que poseo del campo de batalla. De pronto, surge de una trampilla oculta en el suelo una enorme fiera de un pelaje rojizo, surcado por filosas rayas negras. Con un salto repentino, se abalanza sobre mí con las zarpas abiertas y emitiendo un sonoro rugido. La multitud enloquece; ruegan por mi caída hacia el Inframundo. Justo cuando estoy por ser alcanzado por el animal, la cadena a la que lo han amarrado detiene su ataque. Acto seguido, la bestia se aleja, soltando un frustrado bufido de resignación.

Lo que se vislumbra como un destello de esperanza entre las tinieblas de la perdición no tarda en desaparecer: De los agrietados muros del coliseo emerge un musculoso gigante, portando un yelmo que imita la forma del cráneo del felino encadenado. Va armado con un grueso mandoble de acero y un robusto escudo triangular. No brillo sino fuego es lo que emana de sus ojos, como si el resto de su aspecto no fuera suficiente para acobardar al más valiente de los guerreros. El temor (mi peor y verdadero enemigo) me carcome: sin tener principio, el combate llega a su final. “Un hombre sin coraje es un hombre muerto”, sabia frase. Me veo retirado de mi estado de trance mental y devuelto a la realidad al levantar mi cabeza, y encontrar a mi verdugo alzando su brazo metálico sobre mí. En un acto reflejo, intento bloquear el golpe con mi arma, solo para que ésta sea lanzada por los aires, dejándome totalmente indefenso.
Blandiendo su hoja por última vez, el coloso me asesta un estoque certero en mi vientre, traspasando mis entrañas hasta llegar al otro lado de mi cuerpo. Mi sangre mana y mana, creando un río escarlata que corre cuesta abajo sobre el lecho de mi piel, mientras que el alma se me escapa en el aliento, legándome únicamente el valioso recuerdo de que he muerto con honor.

Fin




Eso es todo por hoy,

Hasta la próxima.

Dexter
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