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La sensualidad de Romero de Torres, pintor cordobés

Arte•4/10/2011
¿Por qué la crítica de una pintura que claramente hace de la sensualidad y el erotismo su apuesta mayor, pone tanto empeño en negar esta influencia? Es una pregunta interesante. La moral y la moralina parecen flotar sobre ella. Tal vez una razón sea la clase social a la que Romero de Torres perteneció, tal vez la muy española mezcla de sexo y religión, tal vez la mirada sensual del hombre maduro hacia la adolescente; y también viceversa. Preguntas abiertas que tal vez sea válido intentar responder. A continuación textos textuales de aquí y de allá y las pinturas de Romero de Torres, el maestro andaluz que con su arte puede ayudarnos a imaginar alguna respuesta.



Para algunos, actualmente, su pintura resulta folclórica y localista. Pero para otros, ni siquiera eso. Como mucho es el pintor de "la mujer morena", -como decía la copla- de la figura de adolescente que se reproducía en el reverso de los billetes de 100 pesetas, y de los calendarios de Explosivos Riotinto que colgaban en tabernas y tiendas de ultramarino. Una fama escasa e injusta para un artista que triunfó en vida como pocos, y que fue admirado y reconocido por los intelectuales de la Generación del 98.

En sus años triunfales, Julio Romero de Torres era asediado por las mujeres con el mismo entusiasmo y bobaliconería con que hoy persiguen a cualquier figura destacada de la canción o de la pantalla. María Mudarra, la directora del museo de Julio Romero de Torres en Córdoba, salió hace algún tiempo en defensa de la fama de conquistador que aún envuelve a la persona del pintor y aseguró que "a pesar del acoso, era un hombre recto y equilibrado del que no se conocen amantes ni grandes enamoramientos".



Aunque, cuanto menos, este "grandes" resulta algo sospechoso. ¿Significa que fueron aventuras fugaces que no tuvieron mayor trascendencia? La misma adolescente cuya imagen reproducían los billetes de 20 duros, María Teresa López, fue, para las malas lenguas, amante del pintor. Bastantes décadas después, siendo ella casi septuagenaria, la modelo se quejaba de que este "san-benito" le había impedido casarse.


Es cierto que Julio Romero de Torres, con su esbelta figura y profunda mirada, vestido con capa y sombrero cordobés, tuvo que destrozar corazones.
Y además, es posible, que produjera un cierto morbo ya que sus exposiciones estaban llenas de lienzos con mujeres desnudas y retratos femeninos. Incluso toda una leyenda viva de aquella época, como era la morena y cabaretera Josephine Baker, deseó ser pintada por el artista cordobés.


El 9 de noviembre de 1874, Julio Romero nace, nada menos, que en el Museo Provincial de Bellas Artes de Córdoba. Envidiable lugar y cuna para un artista. Su padre, pintor y conservador del museo -cargo similar al del padre del malagueño Picasso- fue, también, superado en éxito y fama por su hijo Julio.

Al padre del artista, Rafael Romero Barros, no le faltaron méritos. Fue un importante pintor e investigador de las artes plásticas cordobesas. Intervino en restauraciones de la Mezquita, fundó el Museo Provincial, intervino en la creación del Museo Arqueológico, participó en la creación de la Escuela de Bellas Artes y formó a toda una pléyade de artistas, y a tres hijos pintores. Rafael que murió joven, Enrique que fue galardonado con la Medalla de Bronce en las Nacionales de 1901 y 1904, y que llegó a ser un destacado crítico de arte e historiador, y Julio el que alcanzó la más alta gloria con sus pinceles.


Julio Romero de Torres inició su vida artística en una época de corrientes pictóricas enfrentadas. El impresionismo que había aparecido en Francia, era seguido en España por Darío de Regoyos y enseñó a pintar la luz mediterránea a Joaquín Sorolla. El retratismo fotográfico en los pinceles de Federico de Madrazo. El realismo tipo Courbet, el dominio preciosista del reusense Fortuny, el simbolismo francés, el prerafaelismo inglés, el romanticismo inspirador de su padre y maestro... Y el artista fue sedimentando, o como se diría hoy, procesando información, tendencias, gustos personales y oficio. Y con los vaivenes propios de todo creador, acaba pintando muchachas morenas, agitanadas, con una sólida técnica académica y con unos ligeros toques impresionistas. El atrezzo es marcadamente folclórico: guitarras, mantones de Manila, abanicos, zarcillos...


Su carácter sociable le facilita conocer, durante su estancia en Madrid, a los más insignes y destacados personajes de la época. Asiste a tertulias con Ortega y Gasset, Jacinto Benavente, Manuel y Antonio Machado, Pérez de Ayala y los hermanos Álvarez Quintero. Conoce a Joaquín Costa, y entabla estrecha amistad con Ramón del Valle Inclán. Con éste participa en la tertulia nocturna del Café Nuevo Levante, a la que asisten artistas e intelectuales de la talla de los hermanos Baroja, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana, Rafael de Penagos... También establece amistad, y pinta para la posteridad, a un joven, discutido y prometedor matador de toros: Juan Belmonte. "Machaquito", ya figura de los ruedos, también es inmortalizado por el retratista cordobés.


A los 56 años, en 1930, con los laureles de la gloria sobre sus sienes, muere en su casa de la Plaza del Potro, en Córdoba. En señal de luto cierran comercios y tabernas. Su féretro se expone en el Museo Provincial y en el cortejo fúnebre son obreros cordobeses los que le llevan a hombros hasta su última morada en el cementerio de San Rafael. El terreno de la tumba le es cedido a perpetuidad por el Ayuntamiento de su Córdoba natal, donde posteriormente se erige un monumento. Su última obra, que se hizo célebre, fue La Chiquita Piconera; a continuación.





La Fuensanta - Julio Romero de Torres

Mucho es lo que se conoce y mucho lo que se ha escrito sobre las mujeres que posaron para el pintor cordobés Julio Romero de Torres, un pintor en el que la mujer ocupó siempre un lugar principal en su pintura, una pintura altamente simbólica y en el que ella representará la dualidad. La mujer será la inocencia y la provocación, la castidad y el pecado, lo sagrado y lo profano.


A lo largo de su vida como pintor, Julio Romero buscará un tipo de mujer que se corresponda con su modelo de mujer española y que encaje con el carácter casi étnico de sus cuadros en los que aparecen objetos tales como guitarras españolas, mantones de manila, sombreros cordobeses, cántaros y rosarios y que se pueden considerar símbolos de esa cultura andaluza que él siente y que extiende a lo español.


Sus modelos serán cetrinas, algo agitanadas, potentes, de largos y negros cabellos y grandes ojos y adornadas de una alta dosis de sensualidad en la mirada.


Estas características reunía la mujer que aparece retratada en “La Fuensanta”, una conocida modelo de Julio Romero llamada María Teresa López González, una argentina hija de emigrantes españoles regresados a España y afincados en Córdoba.



Teresa empezó a posar para Julio Romero con solo 12 años debido a la vecindad que tenía con el estudio del pintor en Córdoba y que hizo que él reparase en aquella niña a la que iría pintando en numerosos cuadros y por la que llegó a sentir una atracción irresistible. Cuando Julio la retrató en este cuadro Teresa tenía 16 años y de ella se llegó a decir que había sido su amante, relación que ella siempre negó y que ratificó poco antes de su muerte en el 2003 en una olvidada residencia de ancianos.



En este cuadro, aparece apoyada sobre un cántaro plateado y al lado de una fuente que dá nombre al cuadro y que debe corresponder a la del Santuario de La Fuensanta, en Córdoba, un lugar donde la tradición sitúa la aparición de la Virgen y a cuyo manantial se le atribuyen propiedades curativas. Como en toda la obra de Julio Romero, se entroncan los símbolos, la tradición, la religión y la sensualidad.



Como anécdota, citar que este cuadro pertenece al imaginario español ya que, su imagen figuró reproducida en los billetes de 100 pesetas que se emitieron en España en 1953 y estuvieron en circulación hasta 1978. Curiosamente, este lienzo estuvo desaparecido desde 1930, en que fue vendido por Julio en la Exposición Iberoamericana de ese año a un coleccionista de arte, hasta el 2006, año en que apareció en Buenos Aires en manos de un coleccionista argentino. Sacado a subasta por Sotheby's en Londres, en 2007, se vendió por la nada desdeñable cifra de 1,173,000 euros, todo un récord para el artista. La pintura fue comprada por un coleccionista desconocido que pujó por teléfono.




Este cuadro fue pintado en 1929 y junto con el de "La Chiquita Piconera" - cuya modelo también fue María Teresa López - fue uno de los últimos cuadros de Julio antes de su muerte en 1930.



La musa de Julio Romero de Torres, la morena de la copla, la reina de las mujeres, la del bordado mantón, la del clavel español o la que prestó su rostro a los casi mil millones de billetes de 100 pesetas en los años de la posguerra.


Ella, María Teresa López, fue una de las decenas de chicas que se prestaron de manera voluntaria para ser retratadas a principios del pasado siglo por el célebre pintor cordobés Julio Romero de Torres. Así, fue 'La Chiquita piconera', la adolescente que se calienta los pies en un brasero colmado de trozos de carbón, en una imagen ya para la historia, célebre en el mundo de la pintura clásica.





http://www.ctv.es/USERS/ags/00012ags.htm
http://desdeelotroladodelcuadro.blogspot.com/2011/03/la-fuensanta-julio-romero-de-torres.html
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