Para ambientar la lectura, un poco del pampa Larralde;
De la vida civil al ostracismo
La vida civil. La vida limpia y obediente. La vida sin altibajos; estabilidad económica, vacaciones en Punta del Este, nuestros hijos estudiando en colegios privados, cambiar el auto cada nueve meses, comprar porquerías inútiles que nunca vamos a utilizar. La vida del perfecto humano domesticado y rutinario. Como decía Albert Camus: “Una sola frase será suficiente para definir al hombre moderno: fornicaba y leía periódicos.” La vida boba, la vida televisiva y virtual, la vida del sin sentido y el consumo obsesivo.
Yo era parte de la vida civil. Estudiaba, jugaba al fútbol, me codeaba con los ricachones de la clase (aunque nunca tuve un centavo). Era el cómico de las reuniones, bebía alcohol hasta quedar tirado y perder la noción de todo. La sociedad me felicitaba por ser así. Poco después, todo cambiaría.
Fue progresivo, no de un día para el otro. Supongo que empezó los últimos años de la secundaria, a raíz de haber leído libros que concientizaban al ciudadano promedio. Eran libros que uno percibe como extraños, tan extraños como cuando encontramos en el buzón de la calle cartas que no sabemos quién envió ni desde dónde. Cuando llegó a mis manos “Rebelión en la granja” de George Orwell, pensé “esto debe ser un libro para chicos, una tomada de pelo”. Qué equivocado estaba. Es uno de los pocos libros que perduran en la actualidad, con un mensaje tan fresco que quienes lo degusten hoy, ya pueden predecir lo que sucederá en el futuro. A mediados de junio, los pupitres estaban colmados de un pequeño (y por pequeño, feroz) tomo de una obra dramática de un escritor perdido en el tiempo. Un noruego de apellido Ibsen, quien en esa pequeña reflexión agudizaba sobre la hipocresía de la sociedad frente a una cuestión medioambiental (“Un enemigo del pueblo”). Agradezco a la profesora Susana Astor, quien me leyó en ocasiones pasadas, por su incansable fervor a la hora de enseñar. Y eso era enseñar, no imponer. Guardo algunos retos, casi inocentes, pero su labor esencialmente benevolente a la hora de “despertarnos” la conservo como una sublime muestra de amor y compromiso.
El inicio del ostracismo se dio cuando cobré un sueldo de una fábrica de cartón (después de haber mandado una furibunda renuncia explicando, básicamente, que los que trabajaban allí eran la cloaca de la humanidad) y emprender un viaje hacia Tucumán por pura curiosidad. En realidad quería confirmar si la vida es igual o peor en otros lugares. Estuve cinco días fuera de casa, perdido en una provincia que nunca había visto, caminando por las tardes, durmiendo por las mañanas, gastando austeramente los pesos que llevaba y hablando con desconocidos. Tenía un bolso con la ropa suficiente para una estadía de siete días, pero al quinto ya estaba harto. Por las noches leía a Ambrose Bierce. Salía a tomar algún helado y sentarme a mirar a la gente en los bares.
A partir de eso, anduve errante entre empleos bajos y estúpidos para sustentar vicios básicos como tabaco, whisky y libros. Me desempeñé como vendedor de verduras, albañil, repartidor de helados, maquinista de una imprenta. Cada seis meses, iba al colegio a rendir las materias adeudadas y diabólicamente complicadas como Química, Economía y Estadística. Para mí, que ya me había perfilado como un ser bohemio, más propenso a la poesía y al liberalismo, estudiar esos conceptos cerrados y estrictos fue una tortura. De tanto ofrecer resistencia, mi mente hizo un click y aceptó sin condiciones las enseñanzas de las matemáticas y las ciencias naturales. Fueron días de mucha tensión y nerviosismo, horas largas de incertidumbre y ansiedad, y ese pasillo infernal que conducía al aula (donde esperábamos el veredicto: aprobado o volver en marzo) lo recuerdo como si fuera algo reciente. Después de rendir todo bien, sin sobresalir, obtuve mi certificado de secundario cursado. “¡Carajo, esto podría servirme para más adelante”! pensé. Se abría un horizonte nuevo, colmado de expectativas y miles de proyectos.
Seguí rodando entre las calles, cambiando de empleos cada cuatro meses. Anduve de cadete de una farmacia. Lo poco que aprendí de química me resultó efectivo. Codeína, clonazepam, laboratorios Pfizer, laboratorios Roemmers, mutual con cobertura completa, remedios al diez por ciento de descuento, antiácidos, bayaspirinas. Términos que me sedujeron un tiempo. Pensé, en un momento de tontera, ser médico o bioquímico. Tuve que dejar por desacuerdos laborales con la farmacéutica, a quien le deseo que se le pinche la rueda del auto un día de lluvia, de noche, y en un momento que esté llegando tarde a trabajar.
Trabajaba de ocho a doce y de cuatro a ocho. Sin descanso más que el domingo y los feriados, que, lamentablemente, eran muy pocos. Una vez dije eso y me contestaron, no sin cierta malicia: “¿Más feriados? Hay gente que nunca labura ¿y vos querés más feriados?”. “Sí” respondí “con un poco más de tiempo libre algunos serían buenas personas”.
He cometido errores torpes y no me arrepiento. Quiero seguir cometiendo errores nuevos. Con tantos errores disponibles, ¿para qué cometer los mismos? Hay algo que me valido a mí mismo, ya que nadie lo hace (ni espero que lo hagan): he leído y cultivado mi mente en cada oportunidad que se me dio. Nadie sabe las noches solitarias que pasé leyendo poesía gris para sobrellevar el peso de una vida de trago amargo. Nadie sabe la tumultuosa cantidad de pensamientos que vomité, en el papel, a falta de mujeres, amigos, padres o vecinos. Escribía con el motor de la furia, la impotencia, el nihilismo. No podía soportar a que la vida se reduzca a un maldito empleo por los siglos de los siglos hasta jubilarse, y lo que va en el medio. Tener hijos, nietos, matrimonios, una carrera. Los objetivos superfluos y materialistas que se imponen los que no saben qué corno hacer con su vida.
He pasado por una racha de pronunciado alcoholismo. Bebía vino a la tarde hasta quedar tirado en el verano y whisky en el invierno, con la excusa de “calentarse”. Terminaba abrazado el inodoro vomitando hasta el apellido.
Hoy día, soy un hombre nuevo. No por haber cambiado de apellido o por haber ganado la quiniela o por heredar una fortuna o hectáreas de campos. Nada de eso. Me alegro de estar despierto, dejar de estar dormido, de poder elegir. Elegir qué hacer conmigo mismo. Elegir si al fin podré deshacerme de mí o si por el contrario elijo conservarme. Estoy en el ostracismo porque no pueden contaminarme con la corrupción de la vida civil, la vida obediente, la vida boba del ciudadano “normal”. Nada de putañear, ni falopa, ni alcohol. Nada de fiestas. Nada de afters. Nada de restaurantes ni asado en el club. En vez de un videojuego, ajedrez. En vez de una película, un libro. En vez de whisky, mate dulce. En vez de cerveza, mate cocido o té. En vez de radio, un disco de José Larralde. Nada de comprar en cuotas con un plazo fijo de interés, ni tarjeta de crédito, ni pago inmediato. Ya no soy parte de eso. Estoy afuera de la pecera. Escribir, dibujar, tocar la guitarra. Alimentar el espíritu. Y hambrear al ego y a la codicia.
Escribo este testimonio no para ser adulado o por compasión. Lo dejo a manos de quien tema a la vida, de quien esté perdido en los laberintos de la indecisión, del que no puede dormir porque algo tremebundo le espera al día siguiente. Quien haya leído el relato, encontrará identificación, alivio o un rechazo absoluto. De cualquier manera, mi propósito de escribir “algo que sea más valioso que el silencio”, está cumplido.
De la vida civil al ostracismo
La vida civil. La vida limpia y obediente. La vida sin altibajos; estabilidad económica, vacaciones en Punta del Este, nuestros hijos estudiando en colegios privados, cambiar el auto cada nueve meses, comprar porquerías inútiles que nunca vamos a utilizar. La vida del perfecto humano domesticado y rutinario. Como decía Albert Camus: “Una sola frase será suficiente para definir al hombre moderno: fornicaba y leía periódicos.” La vida boba, la vida televisiva y virtual, la vida del sin sentido y el consumo obsesivo.
Yo era parte de la vida civil. Estudiaba, jugaba al fútbol, me codeaba con los ricachones de la clase (aunque nunca tuve un centavo). Era el cómico de las reuniones, bebía alcohol hasta quedar tirado y perder la noción de todo. La sociedad me felicitaba por ser así. Poco después, todo cambiaría.
Fue progresivo, no de un día para el otro. Supongo que empezó los últimos años de la secundaria, a raíz de haber leído libros que concientizaban al ciudadano promedio. Eran libros que uno percibe como extraños, tan extraños como cuando encontramos en el buzón de la calle cartas que no sabemos quién envió ni desde dónde. Cuando llegó a mis manos “Rebelión en la granja” de George Orwell, pensé “esto debe ser un libro para chicos, una tomada de pelo”. Qué equivocado estaba. Es uno de los pocos libros que perduran en la actualidad, con un mensaje tan fresco que quienes lo degusten hoy, ya pueden predecir lo que sucederá en el futuro. A mediados de junio, los pupitres estaban colmados de un pequeño (y por pequeño, feroz) tomo de una obra dramática de un escritor perdido en el tiempo. Un noruego de apellido Ibsen, quien en esa pequeña reflexión agudizaba sobre la hipocresía de la sociedad frente a una cuestión medioambiental (“Un enemigo del pueblo”). Agradezco a la profesora Susana Astor, quien me leyó en ocasiones pasadas, por su incansable fervor a la hora de enseñar. Y eso era enseñar, no imponer. Guardo algunos retos, casi inocentes, pero su labor esencialmente benevolente a la hora de “despertarnos” la conservo como una sublime muestra de amor y compromiso.
El inicio del ostracismo se dio cuando cobré un sueldo de una fábrica de cartón (después de haber mandado una furibunda renuncia explicando, básicamente, que los que trabajaban allí eran la cloaca de la humanidad) y emprender un viaje hacia Tucumán por pura curiosidad. En realidad quería confirmar si la vida es igual o peor en otros lugares. Estuve cinco días fuera de casa, perdido en una provincia que nunca había visto, caminando por las tardes, durmiendo por las mañanas, gastando austeramente los pesos que llevaba y hablando con desconocidos. Tenía un bolso con la ropa suficiente para una estadía de siete días, pero al quinto ya estaba harto. Por las noches leía a Ambrose Bierce. Salía a tomar algún helado y sentarme a mirar a la gente en los bares.
A partir de eso, anduve errante entre empleos bajos y estúpidos para sustentar vicios básicos como tabaco, whisky y libros. Me desempeñé como vendedor de verduras, albañil, repartidor de helados, maquinista de una imprenta. Cada seis meses, iba al colegio a rendir las materias adeudadas y diabólicamente complicadas como Química, Economía y Estadística. Para mí, que ya me había perfilado como un ser bohemio, más propenso a la poesía y al liberalismo, estudiar esos conceptos cerrados y estrictos fue una tortura. De tanto ofrecer resistencia, mi mente hizo un click y aceptó sin condiciones las enseñanzas de las matemáticas y las ciencias naturales. Fueron días de mucha tensión y nerviosismo, horas largas de incertidumbre y ansiedad, y ese pasillo infernal que conducía al aula (donde esperábamos el veredicto: aprobado o volver en marzo) lo recuerdo como si fuera algo reciente. Después de rendir todo bien, sin sobresalir, obtuve mi certificado de secundario cursado. “¡Carajo, esto podría servirme para más adelante”! pensé. Se abría un horizonte nuevo, colmado de expectativas y miles de proyectos.
Seguí rodando entre las calles, cambiando de empleos cada cuatro meses. Anduve de cadete de una farmacia. Lo poco que aprendí de química me resultó efectivo. Codeína, clonazepam, laboratorios Pfizer, laboratorios Roemmers, mutual con cobertura completa, remedios al diez por ciento de descuento, antiácidos, bayaspirinas. Términos que me sedujeron un tiempo. Pensé, en un momento de tontera, ser médico o bioquímico. Tuve que dejar por desacuerdos laborales con la farmacéutica, a quien le deseo que se le pinche la rueda del auto un día de lluvia, de noche, y en un momento que esté llegando tarde a trabajar.
Trabajaba de ocho a doce y de cuatro a ocho. Sin descanso más que el domingo y los feriados, que, lamentablemente, eran muy pocos. Una vez dije eso y me contestaron, no sin cierta malicia: “¿Más feriados? Hay gente que nunca labura ¿y vos querés más feriados?”. “Sí” respondí “con un poco más de tiempo libre algunos serían buenas personas”.
He cometido errores torpes y no me arrepiento. Quiero seguir cometiendo errores nuevos. Con tantos errores disponibles, ¿para qué cometer los mismos? Hay algo que me valido a mí mismo, ya que nadie lo hace (ni espero que lo hagan): he leído y cultivado mi mente en cada oportunidad que se me dio. Nadie sabe las noches solitarias que pasé leyendo poesía gris para sobrellevar el peso de una vida de trago amargo. Nadie sabe la tumultuosa cantidad de pensamientos que vomité, en el papel, a falta de mujeres, amigos, padres o vecinos. Escribía con el motor de la furia, la impotencia, el nihilismo. No podía soportar a que la vida se reduzca a un maldito empleo por los siglos de los siglos hasta jubilarse, y lo que va en el medio. Tener hijos, nietos, matrimonios, una carrera. Los objetivos superfluos y materialistas que se imponen los que no saben qué corno hacer con su vida.
He pasado por una racha de pronunciado alcoholismo. Bebía vino a la tarde hasta quedar tirado en el verano y whisky en el invierno, con la excusa de “calentarse”. Terminaba abrazado el inodoro vomitando hasta el apellido.
Hoy día, soy un hombre nuevo. No por haber cambiado de apellido o por haber ganado la quiniela o por heredar una fortuna o hectáreas de campos. Nada de eso. Me alegro de estar despierto, dejar de estar dormido, de poder elegir. Elegir qué hacer conmigo mismo. Elegir si al fin podré deshacerme de mí o si por el contrario elijo conservarme. Estoy en el ostracismo porque no pueden contaminarme con la corrupción de la vida civil, la vida obediente, la vida boba del ciudadano “normal”. Nada de putañear, ni falopa, ni alcohol. Nada de fiestas. Nada de afters. Nada de restaurantes ni asado en el club. En vez de un videojuego, ajedrez. En vez de una película, un libro. En vez de whisky, mate dulce. En vez de cerveza, mate cocido o té. En vez de radio, un disco de José Larralde. Nada de comprar en cuotas con un plazo fijo de interés, ni tarjeta de crédito, ni pago inmediato. Ya no soy parte de eso. Estoy afuera de la pecera. Escribir, dibujar, tocar la guitarra. Alimentar el espíritu. Y hambrear al ego y a la codicia.
Escribo este testimonio no para ser adulado o por compasión. Lo dejo a manos de quien tema a la vida, de quien esté perdido en los laberintos de la indecisión, del que no puede dormir porque algo tremebundo le espera al día siguiente. Quien haya leído el relato, encontrará identificación, alivio o un rechazo absoluto. De cualquier manera, mi propósito de escribir “algo que sea más valioso que el silencio”, está cumplido.