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Las dos caras de una moneda - Cuento propio

Arte•9/29/2009




Esta vez les presento lo que quizá termine siendo una serie de cuentos "de contrastes"...



De Carneros y Asesinos



José María no dormía.
Los días se habían convertido en amargas sucesiones de horas interminables, las noches, cómplices, echaban sal en las heridas del día.
El miedo de día. La sensación de muerte inminente a la noche.
El miedo.
Se empezó a infiltrar con los primeros rumores de reducción de personal. Y empieza la calesita de afilar el lápiz, sacar cuentas, evaluar la vida.
Tres hijos y una esposa con otra panza más.
Ni siquiera hacer el amor le jugó a favor.

-No importa, yo a los gurises los adoro: Juan con esas notas brutales y la maestra que dice que tiene pasta para abogado, por la labia y por eso de andar siempre buscando razones para defender a los amigos “papá, me peleé POR Gastón porque él está mal comido y no podía con el gordo Luis”
Un ojo oscuro y el orgullo brillante.
Y Anita, con sus muñequitas prolijitas y la “A” redondita…
Y Matías estrenando la túnica verde del jardín de infantes de la Cooperativa de Obreros de la Construcción. Diez horas en el jardincito para que Elsa pueda hacer reposo ahora que tuvo que dejar de hacer limpiezas.

Tres gurises, no, cuatro gurises! Cinco bocas. Seis corazones.

-¡Vamos a la huelga! Si la patronal insiste en mandar compañeros al seguro de desempleo, ¡vamos a la huelga!
-SÍ_ el grito ronco, el rugido de cientos, la testosterona de machos en manada que luchamos por nuestros puestos de trabajo!



-José María, son las dos. Tratá de dormir el par de horas que te quedan viejo, mañana te vas a andar durmiendo en el montacargas.
-Sí negra, tenés razón, vamos, vós también dormí un poco, dale.
-Mirá cómo patea, jugador de futbol va a ser.

José María hace el esfuerzo supremo de quedarse quietito en la cama para que Elsa duerma. Las gotas de sudor se pueden sentir correr una a una. José María sigue, para matar el tiempo, la sensación de ésa que le recorre el cuello, despacito, hacia la nuca. Se detiene un segundo, se junta con otra. Se hace más grande. Toma velocidad. Y le hace como cosquillas antes de resbalar de su nuca y golpear la sábana “plaf”, hasta el sonido se percibe. Calor. Humano.



La sirena pita dos veces, implacable como el calor.


-¿Qué hacés José? ¿cómo vas a entrar? No seas carnero hermano. Ojo, mirá que el sindicato está bravo Panza, no te la juegues, no nos traiciones.


Seis bocas.

El run-run del motor del montacargas no lo deja escuchar los pasos sobre el techo del depósito. Va saliendo y el agua hirviendo que le llueve y lo desmaya.


La huelga ya lleva cuarenta y cinco días.
Nadie afloja.


-¿Qué hacés José? Sós un carnero, no aprendés más vós.

Seis bocas. Cientos de corazones.



El run-run del montacargas, el toldo azul como el cielo para proteger la piel en llagas. El toldo para-aguas.
Y la carga de adoquines desde la linga suelta de la grúa.



Cinco bocas.










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