Este es un pequeño cuento que hice cuando estaba aburrido. Espero que les guste :3 Si quieren leer otros cuentos, pueden pasarse por mi blog: Escritura Carmesí El crimen Las calles de Buenos Aires resultaban un verdadero bodrio para el doctor Alfredo Osuna que, sentado en el café de una esquina, revolvía altivamente y no sin desazón su taza de té blanco. Volteaba la cabeza cada tanto para cerciorarse de que su sedán blanco lo esperaba en la calle contigua, justo a unos metros de un importante banco de la zona, el mismo en el que había retirado dinero esa misma mañana. Sabía que lo que hacía era peligroso, que se estaba arriesgando, no solo a perder su reputación como hombre de ciencia honesto, sino también a perder el respeto de su familia. Tanteó el bolso que colgaba del respaldo de la silla de madera, metió la mano y pudo sentir, casi demasiado, el frío acero del cañón del revolver que llevaba. Bajó un poco más. -Un, dos, tres, cuatro, cinco… -murmuró para sí mismo, maldiciendo al insoportable sol-. Y seis. Las seis balas seguían ahí, lo que lo reconfortaba de una perturbadora manera. Llamó al mozo y le pidió unas medialunas de manteca, luego lo observó verse como se retiraba, hasta que desapareció por completo dentro del local. Esperó unos segundos con la mirada fija, enseñando sin darse cuentas, los dientes superiores, que se había olvidado de cepillar por las prisas. De su celular comenzó a sonar una popular canción de los 80, al abrirlo se encontró con un mensaje de texto que le preguntaba si tenía todo listo, al responderlo afirmativamente lo volvió a guardar en el bolsillo del pantalón. Ya eran casi las cinco de la tarde y Alfredo comenzaba a impacientarse. Cuando al fin le trajeron su pedido, se apresuró, como si fuera su última merienda, a tomar posesión de las medialunas que, para su desdicha habitual, eran de grasa. Después de un rato de mirar con desdén al joven, terminó por tragárselas, al demonio, le gustaban igual, y después de todo, ya no volvería ahí. Pudo sentir como su pecho se oprimía, ya era hora. Le lanzó una mirada más al coche cerca del banco. Su corazón se aceleraba. Solo temía no tener el valor suficiente, acobardarse justo en el último momento, volver sobre sus pasos y que la gente lo mirara con extrañeza. Se limpió las migajas que quedaban sobre su regazo, apartó la silla, se irguió mientras levantaba la mano, y pidió la cuenta. ¿Era una gota de sudor lo que se deslizaba por su frente? No podía darse el lujo de mostrarse nervioso, se secó con una servilleta y dio un furtivo paso hacia atrás al ver que el empleado le correspondía con un gesto y se dirigía a la cocina. El muchacho se desconcertó cuando, al volver, notó que el cliente había desaparecido, dejando en su lugar una taza de té vacía y una medialuna de grasa a medio comer. A un par de metros de distancia, y desaparecido entre la gente, el doctor Osuna se dirigía hacia la calle del banco. Tanteó una vez mas dentro de su bolso, todo seguía igual. Pasó por la puerta principal, siguió varios pasos mas, saco de su bolsillo izquierdo unas llaves, y se subió a su auto. Una sonrisa malvada afloró en su rostro cuando ya se hallaba a un kilómetro de distancia, nunca hubiera creído que un acto delictivo lo hiciera sentir tal gozo. Pisó el acelerador, llegaba tarde al polígono, donde acostumbrada a disparar con su revolver para desahogarse, además de aprovechar para comprar mas balas. Sabía que sus amigos lo estaban esperando porque se habían tomado la molestia de enviarle un mensaje de texto. En cuanto a él, era la primera vez que se iba de un lugar sin pagar, sintió un ligero remordimiento, pero era casi imperceptible en comparación con la emoción. Podía sentir la adrenalina recorrer su torrente sanguíneo. Nunca se lo diría a su familia, no quería que piensen que es un hombre deshonesto. Pero algo era seguro para él, su vida como criminal desvergonzado, había empezado y terminado esa misma tarde.
Datos archivados del Taringa! original
25puntos
64visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
1visitas
0comentarios
Dar puntos: