Fanfic basado en la gran saga de Bethesda Softworks Este capítulo cuenta con la participacion especial de @Taktaka La historia hasta ahora: En plena guerra entre el Dominio y el Imperio, la operación de traslado a Ciudad Imperial del Elfo Sunnaran a.k.a "Cabeza de trapo" fracasó gracias a la intervención de un grupo de Thalmors. Sólo que tampoco a los Thalmors les fue tan bien. Ahora, con varios muertos en ambos bandos, una tercera fuerza se suma al conflicto, haciendo aún más dificil de preveer el resultado final. Y en medio de todo esto, el pequeño nórdico Yglar, tratará de sobrevivir... Capítulo 11 “Una vez que hayas entrado en Oblivion, Oblivion habrá entrado en ti” Nai Tyrol-Llar El cielo anunciaba una tormenta. Sin embargo, todos los habitantes del lugar sabían bien que no era así. El “cielo” siempre era igual allí. No había sol. No había luna, ni estrellas. Solo la tormenta sobre sus cabezas y la nube asfixiante, vomitada por los volcanes, a su alrededor. A pesar de eso, la figura se movía con celeridad. Sus pies no se veían. La túnica gris que la cubría desde la cabeza, dejaba la marca del arrastre sobre el suelo rocoso cubierto de cenizas. Ríos de lava bordeaban el estrecho pasaje de piedra por el que se desplazaba. Pero nada de eso le preocupaba. Nada interrumpiría su marcha. Adelante diviso el contorno de los laberinticos jardines y de las retorcidas torres que buscaban elevarse hacia la tormenta y que nunca lo lograban, desviándose en maneras que serían indescriptibles para cualquier mortal. Pero ella no era nada tan bajo como un mortal. Y no estaba muy lejos de su destino, El Monte Serpiente. A medida que se acercaba a los jardines, la nube de cenizas comenzó a remitir. Plantas de Harrada 1 se enredaban formando las paredes del laberinto, listas para atacar a aquel que se acercara demasiado. Entre ellas, varios Palo Spiddal 2 estaban listos para arrojar su gas venenoso a aquel lo suficientemente tonto para internarse en el laberinto. El gas no lo mataría, solo lo frenaría lo suficiente para que la Harrada hiciese su trabajo. Pronto se hizo visible una entrada entre la maraña de la maleza espinosa. Y también los dos guardias apostados allí. Dos criaturas flacas y repugnantes, de largos miembros y sinuosas colas, con cabeza de bestia, largas lenguas y apariencia demoniaca. Hungers. Capaces de paralizar a sus presas y desintegrar las armas y armadura de sus oponentes… Nada de lo que ella portara. Las criaturas la miraron con curiosidad como si no supieran bien que hacer. Parecían percibir su verdadera naturaleza. Dejo de avanzar y contemplo el laberinto que se abría frente a ella. Sin prestarle la más mínima atención a las criaturas. Los peligros del laberinto no eran nada para alguien de su clase. Pero le tomaría tiempo atravesarlo. Y no pensaba pasar más tiempo del necesario en ese lugar. Abrió los brazos. Una luz blanca se escapó por los intersticios de la tela. Ante el repentino destello de luz, los Hungers huyeron despavoridos. Comenzó a levitar, y cuando estuvo por encima del laberinto, avanzo flotando hasta el palacio que se divisaba en el corazón de la maraña de pasillos. Entro al retorcido palacio por lo que podía ser considerado una ventana, acompañada por un fuerte destello de luz. Cuando ceso, la túnica gris había desaparecido y solo quedo una figura femenina, hecha de luz. -Bienvenida a Attributtion’s Share…- dijo una voz difícil de discernir si era de hombre o mujer. Muy posiblemente porque su poseedor no era ni lo uno ni lo otro.- ¿A que debo el honor, Lady Meridia?- La figura de luz se encaró hacia el origen de la voz y vio a aquel que hablaba sentado en un trono tan deforme que si no hubiese estado allí, nunca habría adivinado que se trataba de un trono. Lord Boethiah personificado como un hombre noble, la miraba desde el. -Ahórrate las cortesías conspirador.- contestó con voz femenina y estentórea la recién llegada- Sabes bien porque estoy aquí.- -Lo imagino.- dijo. Y luego de una breve pausa continuó.- Pero sabes que es mejor saber siempre que decir, pero no siempre decir lo que se sabe.- terminó esbozando una sonrisa. -Tu mascota está jugando con cosas que no debería, Boethiah- comenzó Meridia- acordamos que le permitiría que usase a los Auroreanos corrompidos por la oscuridad, pero reanimar un cadáver… -La luz que conformaba su cuerpo se volvió trémula.- Eso es … asqueroso y antinatural. ¡Y no lo voy a tolerar!- terminó de decir brillando con más intensidad. -Me parece bien. – dijo el, con tono comprensivo y poniéndose serio.- El juego está abierto, los peones en sus lugares, pero tampoco podemos esperar que hagan todo ellos. Alguna participación debemos tener. Y qué mejor que intervenir cuando se descarrían.- hizo una pausa.- Eso es lo que estaba explicándole a mi otro invitado.- Boethiah miró hacia un lado. Meridia lo imitó y se percató de que no estaban solos. Bañado por la luz que despedía su cuerpo se hizo visible al acercarse. Un humanoide, cubierto de la cintura para abajo con pieles, el torso robusto y desnudo y un cráneo de alce a modo de casco, se acercó a ellos. -Lord Hircine también ha venido a quejarse de mi “mascota”.- dijo Boethiah. -No fue una queja exactamente.- le respondió Hircine con una voz gutural.- más bien busco una retribución. Estaba disfrutando de una bonita cacería hasta que a tu protegida se le ocurrió acabar con uno de los míos. Aunque debo reconocer que lo hizo con cierta habilidad.- Boethiah inclino la cabeza a modo de respuesta por la “cortesía” de Hircine de reconocer que su “mascota” había sido mejor que uno de los suyos. -Les garantizo que todos obtendremos lo que buscamos.- Les dijo a ambos.- Como dije antes, este juego recién empieza… hay muchos peones… y algunos incluso aún no saben que están en el tablero.- culminó con una sonrisa. Meridia miro a los dos príncipes y supo que nada bueno podía salir de todo eso. Nada bueno para los mortales. Y ella no era una mortal. Camino entre Falkreath y Helgen, Skyrim, Provincia imperial, Tirdas, 21 de Estrella Vespertina, Año 173 4E. Venarus Arria empujó el cuerpo del bandido con el pie dejándolo boca arriba. Miró el costado del cuello cercenado por el filo de su espada. Ya no sangraba. A este no hacía falta rematarlo. Había arrancado un pedazo de tela de la ropa de otro de los bandidos, uno al cual si había tenido que ultimar, y limpiaba su espada con movimientos pausados y tranquilos. No le gustaba envainar su arma con la hoja manchada con la sangre de sus enemigos. A su alrededor los soldados imperiales de la guarnición de Helgen que lo habían acompañado, ayudaban a sus compañeros heridos o se preparaban para cargar a los muertos. Uno de ellos se acercó a él, con tímida precaución. -Inspector, no encontramos nada. Todos los bandidos están muertos y perdimos a cuatro de los nuestros.- Venarus lo miró indiferente. Sus ojos café, casi dorados parecieron clavarse en el alma del soldado. -¿Perdimos?- dijo en un tono poco más fuerte que un murmullo.-No lo considero una pérdida.- continuó con convicción- Han dado su vida sirviendo al imperio. Su muerte ha tenido un sentido que de otra manera no lo habría hecho. Ustedes deberían sentirse orgullosos de ellos y aspirar a morir de la misma manera combatiendo por el Imperio, el Emperador y todo lo que eso representa.- El soldado no supo que decir. Si hubiese tenido el valor lo habría insultado. Pero no era una buena idea meterse con un Penitus Oculatus. Asintió y tragándose su ira volvió a ayudar a sus compañeros. Venarus lo miró alejarse. Sabía lo que ese soldado pensaba. Y no le importaba en lo absoluto. Para el sólo eran piezas que mover en el tablero que era Tamriel. Cualquiera era prescindible, incluso él, si de eso dependía lograr la seguridad del imperio y la voluntad del emperador. Desde que lo habían reclutado para ser un Penitus Oculatus había encontrado un motivo para su vida. Había visto y hecho muchas cosas. No se arrepentía de ninguna. Nunca había fallado al Imperio o al Emperador. Desde el día de su prueba en que mató a aquella mujer, paso a pertenecer en cuerpo y alma al Imperio. Su objetivo en la vida era no fallar en las tareas que se le asignaban y pensaba hacerlo hasta que lo único certero que existe en esta vida lo alcanzara. Hasta que lo abrazara la muerte y le diera su frío beso... Examinó la hoja de su espada, brillaba de nuevo, ya no había rastros de sangre en ella. La puso delante de su rostro y miró el reflejo. Vio a los ojos al hombre de ojos dorados que lo miraba, el cabello castaño que le caía sobre la frente, su faz sin barba con unas manchas de sangre que no era suya. Saco un pañuelo y se limpió la cara, no le costó mucho. Sonrió, tiro el pañuelo a un lado y envainó la espada. Se disponía a dar algunas órdenes cuando vio que alguien se aproximaba por el camino que viene de Falkreath. -¡Soldado, conmigo!- le ordenó al que tenía más cerca. Ambos se adelantaron a interceptar a los dos caminantes que se acercaban. -¡Alto! ¡Esta área está bajo investigación Imperial. Vuelvan por donde vinieron!- gritó Venarus. Los dos caminantes no se detuvieron. Uno era más bajo que el otro y era el que mantenía el ritmo. Cuando los tuvo más cerca se dio cuenta que se trataba de un niño. -¡¿Acaso no escuchan?! ¡Deténgase ahí!- dijo esta vez desenvainando la espada. Los dos se frenaron a unos veinte pasos. -¡Tenemos que llegar a Helgen!-le gritó el más pequeño. -¿Y se puede saber porque?- replicó Venarus -Y que m…- El más grande le tapó la boca al pequeño y habló en su lugar. -Mi primo, señor, fue llevado allí con los prisioneros que traían desde Soledad. El legado Casio Vero dejo instrucciones para que viniésemos a buscarlo a Helgen.- Venarus entrecerró los ojos. Meditó unos segundos y envainó la espada. -Acérquense.- les dijo mientras movía la mano confirmando sus palabras. Los dos obedecieron. Cuando estuvieron a unos pasos, Venarus habló. -¿Vienen de Falkreath?- preguntó dirigiéndose al más grande. -Sí, Señor. Allí nos dijeron que nuestro primo fue trasladado a Helgen con el contingente de prisioneros.- -¿Quién te dijo eso? ¿Había algún imperial allí?- lo interrogó. -No señor, los guardias nos informaron que partieron ayer por la tarde.- contestó el joven. -Ya veo…- dijo el inspector asintiendo levemente. Luego suspiró.- Solo que no veo el motivo de que un Legado Imperial deje un mensaje para los familiares de un prisionero a los guardias de una comarca. Ustedes van a tener que acompañarnos hasta que aclaremos esto.- El pequeño intentó protestar pero el mayor volvió a frenarlo. El Penitus Oculatus lo miró con una sonrisa indescifrable. -¡Muy bien hombres!- gritó Venarus para que todos lo escucharan- ¡Volvemos a Helgen!- Tres que estaban moviendo el árbol que bloqueaba el camino, se dispusieron a abandonar su tarea. -Ustedes tres, no.- les dijo el inspector con autoridad. –Cuando terminen de mover el árbol, aparten los cadáveres del camino. Luego diríjanse a Falkreath y averigüen todo lo que puedan sobre el paradero de la misión.- -¿Y qué hacemos con los cadáveres de los bandidos?- preguntó uno. -¿Acaso es mi problema?- le contestó Venarus encogiéndose de hombros.- Cuando mato, no me deshago de los cadáveres, suelo dejarlos como recordatorio de lo que les sucede a los que se oponen al imperio.- añadió dando por finalizado el intercambio verbal. El resto de los soldados comenzó a la marcha de regreso con el Penitus Oculatus a la cabeza. Detrás suyo y custodiados por dos soldados, iban el muchacho y el niño. Merreck y su hermano habían logrado seguir camino a Helgen. Montañas Jerall, sudeste de Falkreath., Skyrim, Provincia imperial, Tirdas, 21 de Estrella Vespertina, Año 173 4E. Casio sentía que las piernas le fallaban. La única poción de salud que tenía lo había llevado hasta allí, pero la sangre que había perdido, el dolor y la fatiga del esfuerzo le estaban pesando demasiado. Por momentos sentía que la vista se le nublaba. Pero tenía que seguir adelante. Tenía que alejar los diarios del elfo, destruirlos de ser posible. Se odiaba por haber abandonado a sus hombres como un cobarde. Pero si no lo hacía, no solo ellos serían los condenados, sino todos los hombres de Tamriel. Pensó en Jonna. ¿Seguiría vivo? Sí, Jonna había salido de peores… saldría de esta también. Puntadas de dolor lo atacaban por todo el cuerpo. La garganta le quemaba cuando el aire helado entraba en su ser. No sabía si se había alejado mucho, solo que no debía detenerse. Avanzar. Avanzar. Avanzar. El dolor en el costado lo hizo reaccionar. Sintió la nieve en el rostro. ¿Se había caído? Trató de incorporarse. Otro ramalazo de dolor le nació de las costillas. Cuando volvió a caer se percató de las risas. -¿Tan apurado para irte, mierda imperial?- le dijo una voz rasposa. Sintió como unas manos lo tomaban de los brazos y lo alzaban en el aire. Algo lo golpeó en el rostro. Cuando su vista se aclaró, vio a su agresor. Enseguida le vino una imagen que ahora le parecía tan lejana… los prisioneros riendo y él callándolos. Y uno, desafiándolo, mirándolo con odio… al igual que ahora. -Parece que el Legado se aburrió de la fiesta.- dijo Sunnaran desde un lado.- Es feo irse sin despedirse.- Casio desvió la vista hacia él. El elfo lo observaba envuelto en una capa de piel, debajo aun tenia las andrajosas ropas de prisionero. -Tendría que… -el legado tosió antes de continuar.- haberte clavado una daga en el corazón, apenas nos alejamos un poco de Soledad.- terminó haciendo un esfuerzo. -Oh, y te agradezco que no lo hicieras… de corazón.- le contestó el elfo sonriendo.- ahora… una cosa más que te agradecería, es que me dieras los diarios. En realidad que me los devuelvas.- -Púdrete.- le contestó el legado escupiéndolo. La saliva mezclada con sangre quedo colgando de su labio inferior. Ni fuerza para eso tenía. Los ex prisioneros lanzaron fuertes carcajadas. Sunnaran sonrió y se encogió de hombros. -¿Lo matan antes o después que lo revisemos?- le preguntó a Tunorok indiferente. El nórdico sonrió malévolamente y le paso una daga por el rostro, deteniéndose luego en la garganta. -Sera mejor que busques lo que tengas que buscar ahora, elfo. Porque cuando termine con el Legado, no vas a saber bien donde es arriba o abajo, adentro o afuera…- Sunnaran asintió, e inmediatamente hizo una seña a sus soldados. Dos avanzaron hacia él y comenzaron a buscar entre sus ropas. Casio intentó debatirse pero su cuerpo apenas si respondió. Unos segundos después uno de los soldados tenía el cuaderno envuelto en cuero y otros papeles, entre sus manos. Se acercó a Sunnaran y se los entregó. El elfo examinó todo y una sonrisa se dibujó en su boca. -Creo que esto es más de lo que necesitaba. Cuando pueda deberé agradecer al erudito imperial que amplió mis notas… Ahora sí, ya no hay nada que tengamos que hacer en Skyrim. Ha sido un placer Legado.- Y sin decir más, se volteó y comenzó a alejarse seguido por sus nuevos hombres. Casio los observó alejarse, y sólo en el último momento, reparó en la mujer que lo miraba, y en el niño que ella tenía asido por la barbilla, como si lo obligase a mirarlo. Sus ojos se cruzaron con los suplicantes del niño, solo unos segundos antes que ella se lo llevase. -No…- murmuró el legado. -El futuro de ese niño es la menor de tus preocupaciones imperial…- le dijo Tunorok. -Hazlo, -dijo Casio abatido- termínalo de una vez.- - ¿Terminarlo?- Dijo Tunorok riendo. Los otros dos lo acompañaron.- esto recién empieza… y créeme que lo voy a disfrutar. Sosténganlo- le dijo a sus secuaces. El nórdico se acercó tanto que Casio pudo oler la peste que salía de su boca. Con el pulgar y el índice le abrió los parpados del ojo derecho. Casio vio como la hoja se acercaba, pero no había nada que pudiese hacer. El acero de la daga se hundió en la cuenca ocular. El grito de dolor le llego a Yglar como si aún estuviese al lado del Legado. Habría llorado, de no ser porque ya no le quedaban lágrimas. En algún lugar del Camino Amarillo, Cyrodill, Capital imperial, Tirdas, 21 de Estrella Vespertina, Año 173 4E.3 Se movían con presteza, encaramados a los vetustos alerces y secuoyas, saltando ágilmente de rama en rama. Las botas, de suelas provistas de remaches, eran apenas perceptibles debido a la velocidad a la que se movían. Las armaduras de cuero estaban oportunamente cubiertas de ramas y hojas estrechamente entrelazadas, permitiéndoles confundirse con el espeso follaje del dosel. De tanto en tanto, alguna rama quebradiza les trastocaba, pero eran lo suficientemente raudos para saltar antes de que se quebrasen delatando su presencia. En un momento dado, el primero de entre ellos hizo una seña con la mano, liberándolos de su trance y sumiéndolos en la más absoluta quietud. Descendió algunos niveles, y, tras comprobar que quedaba fuera de su vista, oteó a su presa, una comitiva a caballo que venían siguiendo desde la alborada, y que se había detenido ahora para abrevar las monturas. Identificó a los miembros. Había un grupo de guardias que, sentados ahora en sendos tocones, se disponía a jugar a los dados. A unos metros, los oficiales, de pie y ofuscados, se limitaban a mirar con desprecio a la barbárica chusma. Allí estaban los sirvientes, allí los cortesanos y…allí, a la vera del río, un brioso semental zaino saciaba su sed con largos lengüetazos. Sobre él, enfundado en una capa de armiño, una gruesa banda de oro ceñida a la cabeza, se hallaba un anciano. Podría haber sido cualquiera de los nobles de tercera que, con títulos de dudosa procedencia y legitimidad, plagaban la provincia imperial. Pero no. El ojo del elfo, aguzado como estaba tras las largas jornadas de caza, atisbó un leve brillo en su mano derecha. El brillo de un diamante, engarzado en el anillo del conde de Leyawiin. Volviéndose a sus compañeros, levantó tres dedos. Ante esta nueva seña, los Mer se dispersaron, situándose cada uno sobre uno o dos miembros de la caravana. Hizo aún una tercera señal, y los bosmer se lanzaron al vacío. Los guardias no lo vieron venir, y aún de haberlo hecho, no habría servido de nada. Con movimientos que rozaban lo sobrenatural, el primer elfo acabó con tres de ellos. Uno alcanzó a blandir su espada, solo para que le rebanaran la mano de un tajo, clavando su cuchilla en el cuello del desgraciado. Un quinto hombre se dio a la fuga, pero terminó con un cuchillo arrojadizo enterrado en el encéfalo. El segundo de los elfos cayó entre los oficiales. Estos, habiendo presenciado la matanza, empuñaban ya espadas y mandobles, y se lanzaron a por él. El Mer levantó su escudo en el momento justo, replegándose en tanto levantaba su otra mano. -¡Invisibilitatem!- gritó fundiéndose entre las sombras. Los imperiales formaron en testudo, reemplazando los escudos por sus armas en alto. El primero se desplomo cuando un virote se hundió en su cuello. Otro, colérico, comenzó a correr, balanceando su mandoble contra la nada, solo para terminar con una cuchilla entre los omóplatos. Los otros dos se colocaron espalda contra espalda. El elfo, con extrema crueldad, atravesó a ambos con su espada. Los otros dos elfos aterrizaron entre los cortesanos y servidores. Desenvainando sus armas, les ordenaron echarse al suelo, con las manos tras la cabeza. La anterior masacre consiguió disuadir a la mayoría de intentar nada, y los pocos que trataron de darse a la fuga fueron derribados nada más echar a correr. El líder bosmer contemplaba como sus subordinados destrozaban la caravana, cuando se percató de que el conde espoleaba a su caballo para emprender la huida. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre él, cayendo sobre la grupa del animal. Antes de que pudiera hacer nada, le colocó una daga al cuello, y con voz extremadamente tenue, habló: -Siento mucho tener que poneros en esta situación tan incómoda. Pero es la única manera de evitar tener que masacrar a vuestra gente. Creo que es un precio razonable para evitar algo así, ¿verdad?- El viejo, paralizado, solo acertó a asentir levemente. -Tranquilo, mi señor.- continuo el Bosmer - Si colaboráis conmigo, creo poder evitar que os hagan daño. Pero tenéis que seguirme al pie de la letra. Estáis en una posición muy delicada. No es sensato enemistarse con los Thalmor. Ahora, bajaos del caballo.-ordenó. Con algo de dificultad el anciano obedeció. El Bosmer hizo lo propio al tiempo que enfundaba la daga, manteniendo la mano sobre el mango. Con un gesto le indicó que avance. Mientras caminaban, uno a la par del otro, los alcanzó el resto de los bosmer. Uno de ellos, tomando las riendas del caballo, se colocó al fondo de la procesión. Marius Caro II, Conde de Leyawiin, sentía como la adrenalina fluía copiosa por sus venas. Maldecía el momento en que permitió a los guardias descansar; empero, también se preguntaba si habría cambiado algo el no hacerlo. Mientras su caballo bebía, tuvo ocasión de volverse para contemplar la escena. Había sido testigo de la facilidad con que estos elfos habían masacrado a sus tropas. Algo era seguro: no eran aficionados. Empezó a atar cabos en su cabeza. Evidentemente, el apoyo que había prestado al Emperador, aun cuando los Thalmor le hicieron grandes promesas a cambio de su vasallaje, había irritado a algún pez gordo en Alinor. O quizás fueran órdenes de Naarifin, ese anciano de cara de serpiente. Sopesó sus opciones, y decidió que si quería salir con vida, su mejor opción era confiar en su interlocutor. Trató de ganárselo. -Si no es molestia, ¿podría saber quiénes son mis captores?- dijo con un tono firme pero amable a la vez. El elfo soltó una carcajada. -No es molestia, mi amigo.- dijo al recuperarse de la risa.-Este es el Grupo avanzado de exploración y neutralización de Bosque Valen.- continuó mientras señalaba a sus hombres- Y yo, soy su líder- siguió mientras lo miraba a los ojos.- Nilserac Ateris. Fin del capítulo 11. Notas: 1 La planta de Harrada es nativa de los planos de Oblivion, donde crece tanto dentro, como fuera de las cuevas. Posee la caracteristica de sacudir sus espinosas raices como mecanismo de defensa. 2 La planta de Spiddal, una flor de un amarillo enfermizo con tallos filosos, crece en abundancia en los más hostiles planos de Oblivion. la planta suelta un gas venenosos como mecanismo de defensa. 3 Un agradecimiento muy especial a @Taktaka quien redactó esta parte (sólo me limité a darle unos retoques) trayendo a su personaje Nilserac Ateris de su excelente Fanfic "Aires de Guerra" a esta historia.
The Elder Scrolls - Orígenes Saga (Fanfic) - Capítulo 11
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