El hombre natural vivía plácidamente en su jungla primigenia, comiendo de los frutos que los altos arboles le proporcionaba, bebiendo de prístinos manantiales, viviendo en armonía con el resto de sus compañeros animales.
A veces, luego de años sumido en el nirvana de la cacofonía selvática, sobrevenía un terremoto o un huracán que arrasaba con el manto verde en que estaba y lo sacaba de su meditación.
En compañía de sus amigos humanos y animales, el ser humano primigenio era feliz. Fue en el intertanto de esta cíclica sucesión de fenómenos naturales que surgió el intelecto. El intelecto -ahora sabemos-, es el resultado de un problema neurológico originado en una inesperada mutación genética.
Nuestro ser humano era ahora capaz de recordar las palabras de sus amigos, a veces por largos periodos de tiempo. El resto de los animales, antaño compañeros, ahora parecían relegarse al horizonte selvático. Los cantos de los pájaros – tucanes, guacamayos -, los gritos de los monos encaramados en las copas de los árboles, los gruñidos y quejas de aquellas bestias más conectadas con la tierra que con los cielos habían adquirido una implacable niebla acústica.
El recordar las palabras de otros humanos generó una revolución tecnológica. A pesar de que en la selva jamás el hombre hambre pasaba, su nueva memoria le permitió talar árboles y en el vacío resultante – como oasis de pasto en medio de una selva infinita, cuyo techo era nada menos que las estrellas – construir casas de madera en donde habitar. Esta transformación hizo que el hombre relegara su pasado para enfocarse en su propia especie, olvidando, poco a poco, el resto de la naturaleza.
El hombre construyó, el hombre modificó, el hombre ideó, pero luego de cientos de miles de años luego de la última edad del hielo, el hombre no era ni más feliz, ni vivía mejor que cuando era parte de la jungla. Millones de asesinatos cometidos en nombre de una serie de ideas le enrostraban al ser humano, encerrado en el trono de su casa inteligente, construida en base a fibra óptica y aparatos de todo tipo, que su cambio – aquel cambio que le permitió construir un oasis en medio de la jungla – jamás había sido un regalo divino. Aquel cambio – el intelecto – era una maldición – no de Dios o del Gran Espíritu – sino un simple capricho del destino.
Ahora el hombre del futuro sabe el significado real que dio origen a la odisea, sabe la causa y los efectos de aquella. Maduro, el ser humano se propone construir un destino brillante, basado – nada más y nada menos – que en un error de la naturaleza. Como el hombre tullido que descubre la fuerza de su única pierna, el sapiens puede ahora corregir su rumbo en base a múltiples correcciones de ruta. Apoyado por máquinas sintéticas, sofocada su locura por drogas mínimamente destructivas, tiene en la mano un mapa construido en base a ensayo y error, es decir, al recuerdo de aquellos millones que involuntariamente en su vasta mayoría, dieron su vida por mostrarle el camino que no debía tomar.
Ahora el intelecto puede ser controlado. Ahora el intelecto destruye de manera tan sutil que, al final de la vida del hombre del futuro, en su vejez, este le permite volver a aquel árbol donde absorto, miraba la Cruz del Sur, la cual ahora desconoce, feliz e ignorante, su nombre y su utilidad.
A veces, luego de años sumido en el nirvana de la cacofonía selvática, sobrevenía un terremoto o un huracán que arrasaba con el manto verde en que estaba y lo sacaba de su meditación.
En compañía de sus amigos humanos y animales, el ser humano primigenio era feliz. Fue en el intertanto de esta cíclica sucesión de fenómenos naturales que surgió el intelecto. El intelecto -ahora sabemos-, es el resultado de un problema neurológico originado en una inesperada mutación genética.
Nuestro ser humano era ahora capaz de recordar las palabras de sus amigos, a veces por largos periodos de tiempo. El resto de los animales, antaño compañeros, ahora parecían relegarse al horizonte selvático. Los cantos de los pájaros – tucanes, guacamayos -, los gritos de los monos encaramados en las copas de los árboles, los gruñidos y quejas de aquellas bestias más conectadas con la tierra que con los cielos habían adquirido una implacable niebla acústica.
El recordar las palabras de otros humanos generó una revolución tecnológica. A pesar de que en la selva jamás el hombre hambre pasaba, su nueva memoria le permitió talar árboles y en el vacío resultante – como oasis de pasto en medio de una selva infinita, cuyo techo era nada menos que las estrellas – construir casas de madera en donde habitar. Esta transformación hizo que el hombre relegara su pasado para enfocarse en su propia especie, olvidando, poco a poco, el resto de la naturaleza.
El hombre construyó, el hombre modificó, el hombre ideó, pero luego de cientos de miles de años luego de la última edad del hielo, el hombre no era ni más feliz, ni vivía mejor que cuando era parte de la jungla. Millones de asesinatos cometidos en nombre de una serie de ideas le enrostraban al ser humano, encerrado en el trono de su casa inteligente, construida en base a fibra óptica y aparatos de todo tipo, que su cambio – aquel cambio que le permitió construir un oasis en medio de la jungla – jamás había sido un regalo divino. Aquel cambio – el intelecto – era una maldición – no de Dios o del Gran Espíritu – sino un simple capricho del destino.
Ahora el hombre del futuro sabe el significado real que dio origen a la odisea, sabe la causa y los efectos de aquella. Maduro, el ser humano se propone construir un destino brillante, basado – nada más y nada menos – que en un error de la naturaleza. Como el hombre tullido que descubre la fuerza de su única pierna, el sapiens puede ahora corregir su rumbo en base a múltiples correcciones de ruta. Apoyado por máquinas sintéticas, sofocada su locura por drogas mínimamente destructivas, tiene en la mano un mapa construido en base a ensayo y error, es decir, al recuerdo de aquellos millones que involuntariamente en su vasta mayoría, dieron su vida por mostrarle el camino que no debía tomar.
Ahora el intelecto puede ser controlado. Ahora el intelecto destruye de manera tan sutil que, al final de la vida del hombre del futuro, en su vejez, este le permite volver a aquel árbol donde absorto, miraba la Cruz del Sur, la cual ahora desconoce, feliz e ignorante, su nombre y su utilidad.