LO QUEBRÓ
- Lo quebró! Es un animal Juez! –
El árbitro no dudó ni un segundo y le sacó la roja al 4 de Quebrachal. El Ronco Alves estaba tirado en el piso y no se movía, los compañeros lo rodeaban consternados, la estrella indiscutida del equipo estaba retorciéndose de dolor y su pierna era un desastre, fractura expuesta por lo menos.
Medina giró su cabeza y miró al banco, volvió a mirar hacia donde estaba el Ronco pero no había retorno, tenía que echar mano al banco; si hasta pareció que una lágrima corría por su mejilla derecha. Justo ahora! A 5 minutos de terminar el partido que definía el torneo provincial zona noroeste y el local, que con un empate salía campeón, perdía 1 a 0 contra Quebrachal y le entregaba el título.
Los rivales eran pueblos vecinos y tenían muchas cosas que compartir forzosamente; el correo estaba en uno, la sala de primeros auxilios en el otro y Morena, el único cabaret, estaba como un mojón a mitad de camino, sobre la ruta vieja. Así que se había vivido una semana muy tensa por todo lo que estaba en juego (desde los rumores que vinculaban al árbitro con la hermana del 9 de Quebrachal hasta la preocupación por la rodilla rebelde de Pedro). Ninguno de los dos jamás había salido campeón, así que era el partido que rompía la igualdad, el que desnivelaba la balanza, el perdedor no se iba a atrever a disputar la sede de la fiesta zonal de la manzana colorada, y ni qué hablar de la misa de pascua.
Qué hacer? Sólo había dos suplentes, la rata Pereyra y Palito. Qué dilema! Toda la habilidad y la resaca de la noche anterior estaban en la rata, mientras que por el lado de Palito, el empeño y las ganas eran tan grandes que no dejaban lugar a la habilidad. La rata podía aguantar de pie esos cinco minutos, y con una sola jugada bien hecha conseguirían el empate; la decisión era obvia pero injusta. Pereyra no entrenaba nunca, ni había tenido el mínimo cuidado aunque más no fuera la noche anterior a la final. Mientras que Palito iba a todos los entrenamientos, siempre ponía voluntad y daba todo de sí por jugar; pero era de madera. Meterlo o no era lo mismo, no sumaba nada.
Medina fijó la vista en la rata para hacerlo entrar, lo quiso llamar pero no pudo, era una canallada y un director técnico no podía permitirse eso. Si durante todo el campeonato se motivó a los jugadores con el tema de la contracción al trabajo y el respeto por el grupo, no se podía echar todo por la borda con una decisión desesperada. Así que juntó aire y lo largó sin pensar:
- Palito, entrás. -
Palito saltó del banco y entró corriendo a la cancha; los jugadores lo veían que venía y no sabían si era para ayudar a llevarse al Ronco o para dar una indicación. La rata, despatarrado en el banco, miró a Medina socarronamente pero complaciente.
Palito se paró en el área para esperar el centro y el resto entendió que esa no era la jugada del partido sino la del destino. Todos arriba, el árbitro no iba a adicionar, era centro y a meterla, la gloria se había disfrazado de red. Centro de Pedro, la pelota viaja por el aire orgullosa, sabiéndose acompañada por la mirada de todo el estadio y a la altura del punto penal la cabecean el zaguero de ellos y Poroto, la pelota pica y cae en los pies de Palito; a esta altura uno se pregunta si el saberse absoluto e inmodificable torna al destino en soberbio y con muy poco tacto para las bromas.
En un segundo pasaron muchas imágenes por la cabeza de Palito, ya veía El Imperial lleno y él entrando triunfador, envuelto en una horda de aplausos. Tendría más gloria en un minuto que en el resto de su carrera futbolística; era la oportunidad de pelear la titularidad, de enarbolar la victoria de la perseverancia por sobre la aleatoria habilidad.
Fue todo demasiado rápido, patear, escuchar el silbato del árbitro y el grito estremecedor que bajó de la tribuna. Todos salieron corriendo a abrazarlo, era el héroe, la tapa del periódico de mañana, la representación de aquellos que marcan la diferencia y van por más; la gloria estaba entre sus manos y era redonda. Sí señores, el arquero había retenido el balón y el árbitro había dado por finalizado el partido, lo que había generado el grito de campeón de la hinchada visitante.
No hubo reproches, ni quejas, ni siquiera una mirada torcida; es la ventaja de aquellos que no generan expectativas, como Palito.
FIN
- Lo quebró! Es un animal Juez! –
El árbitro no dudó ni un segundo y le sacó la roja al 4 de Quebrachal. El Ronco Alves estaba tirado en el piso y no se movía, los compañeros lo rodeaban consternados, la estrella indiscutida del equipo estaba retorciéndose de dolor y su pierna era un desastre, fractura expuesta por lo menos.
Medina giró su cabeza y miró al banco, volvió a mirar hacia donde estaba el Ronco pero no había retorno, tenía que echar mano al banco; si hasta pareció que una lágrima corría por su mejilla derecha. Justo ahora! A 5 minutos de terminar el partido que definía el torneo provincial zona noroeste y el local, que con un empate salía campeón, perdía 1 a 0 contra Quebrachal y le entregaba el título.
Los rivales eran pueblos vecinos y tenían muchas cosas que compartir forzosamente; el correo estaba en uno, la sala de primeros auxilios en el otro y Morena, el único cabaret, estaba como un mojón a mitad de camino, sobre la ruta vieja. Así que se había vivido una semana muy tensa por todo lo que estaba en juego (desde los rumores que vinculaban al árbitro con la hermana del 9 de Quebrachal hasta la preocupación por la rodilla rebelde de Pedro). Ninguno de los dos jamás había salido campeón, así que era el partido que rompía la igualdad, el que desnivelaba la balanza, el perdedor no se iba a atrever a disputar la sede de la fiesta zonal de la manzana colorada, y ni qué hablar de la misa de pascua.
Qué hacer? Sólo había dos suplentes, la rata Pereyra y Palito. Qué dilema! Toda la habilidad y la resaca de la noche anterior estaban en la rata, mientras que por el lado de Palito, el empeño y las ganas eran tan grandes que no dejaban lugar a la habilidad. La rata podía aguantar de pie esos cinco minutos, y con una sola jugada bien hecha conseguirían el empate; la decisión era obvia pero injusta. Pereyra no entrenaba nunca, ni había tenido el mínimo cuidado aunque más no fuera la noche anterior a la final. Mientras que Palito iba a todos los entrenamientos, siempre ponía voluntad y daba todo de sí por jugar; pero era de madera. Meterlo o no era lo mismo, no sumaba nada.
Medina fijó la vista en la rata para hacerlo entrar, lo quiso llamar pero no pudo, era una canallada y un director técnico no podía permitirse eso. Si durante todo el campeonato se motivó a los jugadores con el tema de la contracción al trabajo y el respeto por el grupo, no se podía echar todo por la borda con una decisión desesperada. Así que juntó aire y lo largó sin pensar:
- Palito, entrás. -
Palito saltó del banco y entró corriendo a la cancha; los jugadores lo veían que venía y no sabían si era para ayudar a llevarse al Ronco o para dar una indicación. La rata, despatarrado en el banco, miró a Medina socarronamente pero complaciente.
Palito se paró en el área para esperar el centro y el resto entendió que esa no era la jugada del partido sino la del destino. Todos arriba, el árbitro no iba a adicionar, era centro y a meterla, la gloria se había disfrazado de red. Centro de Pedro, la pelota viaja por el aire orgullosa, sabiéndose acompañada por la mirada de todo el estadio y a la altura del punto penal la cabecean el zaguero de ellos y Poroto, la pelota pica y cae en los pies de Palito; a esta altura uno se pregunta si el saberse absoluto e inmodificable torna al destino en soberbio y con muy poco tacto para las bromas.
En un segundo pasaron muchas imágenes por la cabeza de Palito, ya veía El Imperial lleno y él entrando triunfador, envuelto en una horda de aplausos. Tendría más gloria en un minuto que en el resto de su carrera futbolística; era la oportunidad de pelear la titularidad, de enarbolar la victoria de la perseverancia por sobre la aleatoria habilidad.
Fue todo demasiado rápido, patear, escuchar el silbato del árbitro y el grito estremecedor que bajó de la tribuna. Todos salieron corriendo a abrazarlo, era el héroe, la tapa del periódico de mañana, la representación de aquellos que marcan la diferencia y van por más; la gloria estaba entre sus manos y era redonda. Sí señores, el arquero había retenido el balón y el árbitro había dado por finalizado el partido, lo que había generado el grito de campeón de la hinchada visitante.
No hubo reproches, ni quejas, ni siquiera una mirada torcida; es la ventaja de aquellos que no generan expectativas, como Palito.
FIN