La Vulva y el Vello Púbico en la Historia del Arte
Tratado compendioso sobre la escasa figuración de estas piezas anatómicas en la pintura y la escultura.
Introducción
Al examinar brevemente las dos grandes corrientes escultóricas de la historia, es decir las correspondientes a la cultura grecorromana y la renacentista posterior, notamos que el excelente tratamiento de la anatomía adolece de una carencia importante: los rasgos sexuales.
Así vemos en los hombres un pene de un tamaño inferior a la media y los desnudos femeninos llevando una suave curva en la zona del empeine que se sumerge delicadamente de una manera lisa, curvada y sin accidentes hasta el interior de la entrepierna, sin dar ninguna indicación de lo que allí se oculta.
Con el vello púbico sucede algo similar. Está frecuentemente ausente, como si los modelos del escultor estuviesen depilados. Y cuando este vello se hace presente, es siempre en hombres, jamás en mujeres. Un caso de la antigüedad lo constituye la estatua de un soldado galo moribundo. En el Renacimiento, tenemos el David de Miguel Ángel.
Galo Moribundo. Museo Capitolino
Miguel Ángel Buonarotti. David
Obviamente muchos pensarán que la depilación púbica femenina es algo común. Lo es ahora, a partir de la década del 90; siendo que al día de hoy resulta indecible para muchas mujeres u hombres, considerar la posibilidad de dejar crecer libremente el vello en esa zona. Hace no mucho tiempo, incluso la década del 70 del siglo XX, la depilación era una cosa más bien poco frecuente entre las mujeres, encontrando un uso extensivo solamente en las mujeres que ejercían la prostitución.
Las modelos de revistas eróticas o pornográficas (y hasta cierto punto las actrices del rubro) solían llevar sin ninguna vergüenza un vello púbico crecido. La costumbre del empeine muy recortado o totalmente rasurado, por extraño que suene, es bastante moderna.
En el caso de la pintura, desde el Renacimiento hasta finales del siglo XIX, tenemos una situación similar. El pubis suave, depilado y sin rasgos sexuales visibles es de carácter general, siendo contadas las excepciones dentro del arte considerado «respetable», es decir, las obras que no eran netamente pornográficas.
Ahora bien, sabemos que los griegos y romanos, sobre todo de las clases altas, se depilaban el cuerpo completamente, por lo que sería de esperarse que en la mayoría de sus esculturas esto se viera reflejado, pero no en todas.
¿Y en el Renacimiento? La costumbre de la depilación del triángulo del pubis y de otras partes del cuerpo se perdió cuando el cristianismo hizo su aparición en Europa como la religión oficial del Imperio Romano. Los cristianos, al ver en Roma el signo de la decadencia, llevaron la contraria a todas las costumbres de los romanos, cuando en realidad no todas esas costumbres eran desaconsejables, así que junto con las bacanales y las orgías, los cristianos desecharon también el baño diario, los aceites de limpieza, el agua caliente y demás costumbres y obras públicas destinadas a preservar la higiene y la salud de la población.
Muchas de esas costumbres no resurgieron sino hasta el Renacimiento, no siendo la depilación púbica una de ellas. Mediante algunos escritos sobrevivientes y también mediante las obras pornográficas renacentistas que llegaron hasta nuestros días, vemos claramente que las vulvas y pubis representados pueden, indistintamente, llevar o no llevar vello.
El problema de la vulva
Es un conocimiento de carácter general el hecho de que los genitales externos femeninos varían enormemente de mujer a mujer. Y si bien algunas mujeres depiladas pueden parecerse mucho a una estatua antigua cuando están de pie con las piernas juntas, la mayoría exhibirá como mínimo el frente de sus labios mayores, con la forma característica de una letra W. Otras poseen las ninfas o labios menores de un tamaño mayor, y sobresalen entre los labios externos, situación que en el mundo de la pornografía y el dialecto masculino recibe diversos (y poco recomendables) nombres jocosos.
Otra característica notable de algunas mujeres es el capuchón del clítoris que sobresale por el frente de la unión entre los labios mayores. Esta y otras particularidades, quedan casi siempre ocultas por el vello púbico y se hacen notorias al quitarlo.
Es decir que nos hallamos ante una dicotomía: Por un lado toda la escultura anterior al siglo XX se resistió a enseñar el vello púbico femenino, y a la vez las estatuas y pinturas de desnudos no nos dejan ver qué es lo que hay debajo una vez ese vello se remueve, haciendo que todas las obras posean la misma anatomía entre las piernas que la muñeca Barbie.
¿Un problema de machismo?
Es altamente sugestivo el hecho de que la representación artística de la mujer comenzó a relajarse y a mostrarse lejos de esa aura idealizada de pureza virginal, casi al mismo tiempo que las corrientes feministas comenzaron a ganar terreno en el siglo XX. Esto nos lleva inevitablemente a pensar que quizás el mundo del arte, eminentemente masculino, e inserto en una sociedad manejada por hombres, se viera llevado en la predecible dirección de «adecentar» de algún modo la «impureza» femenina, al idealizar y suprimir esas «partes sucias».
Así tenemos incluso leyendas que relatan que Jesús nació «de manera pura y sin mancha», o sea sin tener contacto con los órganos femeninos, algo considerado casi un pecado. Una de estas leyendas, la menciono por su carácter ingenuo y divertido, nos cuenta cómo el mesías de los cristianos nació de la rodilla derecha de María, su madre.
Esto no es ni mucho menos exclusivo del cristianismo. Es bien sabido que dentro de toda su liberalidad, los antiguos griegos eran extremadamente machistas, llegando algunos filósofos a exaltar la homosexualidad como la manera más pura de amor, ya que excluía a las mujeres, consideradas seres inferiores.
Los romanos no mejoraron mucho esto, y lo vemos reflejados en sus leyes. El estricto código romano negaba a las mujeres muchos derechos que ahora consideramos básicos. En la época de la República las mujeres no podían votar. Las patricias tenían la suprema obligación de cuidar de su casa, procrear hijos y atender a su marido. No podían heredar, administrar bienes, salir de la casa sin compañía, etc.
De la vida al arte
Dicen que el arte «imita a la vida». En el caso de la anatomía sexual, las ideas filosóficas, sociales y religiosas del momento se cristalizan de manera viva en el arte, siendo la representación de los genitales tal cual son un hecho considerado casi pornográfico. Cuando, tan tardíamente como en los años 1790-1800, Francisco José de Goya y Lucientes se atreve a poner pendejos en «La Maja Desnuda», armó un verdadero revuelo.
Hay quienes consideraron que pintó luego la «Maja Vestida» (la misma modelo en la misma posición, pero con ropas) como burla hacia aquellos mojigatos que lo criticaron. Claro que sin embargo podemos destacar unos breves antecedentes:
• En el Egipto Antiguo, la diosa del cielo Nut, creadora del Universo y los astros, es representada con un triángulo negro en la zona del empeine.
• Una representación de Adán y Eva por Masolino, en donde se aprecia una división debajo del monte de Venus de esta última, que puede corresponderse con los labios de la vulva.
• El políptico de Gante de Jan van Eyck (1432), Adán y Eva están representados con vello púbico.
• El cuadro de Cranach de 1530, ninfa del agua descansando, donde se distingue un sombreado fuerte debajo de una tela transparente. Otras obras de este pintor muestran este sombreado o veladura pero mucho más débil, no distinguiéndose si se trata de vello fino o de una sombra.
• Las obras pornográficas, que mostraban tanta variedad sexual como la actual. Lesbianismo, orgías, bisexualidad, doble penetración, sexo oral de todo tipo, masturbación, coito con penes protésicos, y una larguísima lista de etcéteras que dejo librados a la imaginación del lector. Dos ejemplos de estos artistas: Giulio Romano-Marcantonio Raimondi; Agostino Carracci.
Papiro que representa a la diosa Nut. Nótese el triángulo del pubis.
El Adán y Eva de Masolino. Puede apreciarse un intento de vulva
Políptico de Gante. Jan van Eyck. Adán, vello claramente visible
La misma obra anterior. Eva. Vello púbico no tan notorio
Lucas Cranach «El Viejo». Ninfa del Agua Descansando. Claramente dotada con vello púbico
Agostino Carracci. Júpiter y Juno. Grabado pornográfico
Dibujo pornográfico de Giulio Romano, grabado e impreso por Marcantonio Raimondi
Francisco José de Goya y Lucientes. La Maja Desnuda
En el principio eran Ingres y Bouguereau
El romántico Jean Auguste Dominique Ingres (1780 - 1867) y el que yo considero su sucesor, el academicista William-Adolphe Bouguereau (1825 - 1905), franceses ambos, prácticamente marcan la corriente del realismo en la pintura. Los menciono además, por ser autores de innumerables desnudos y de gran cantidad de obras maestras en general. Si el lector juzga que excluyo imperdonablemente a los impresionistas, puede tomar como ejemplo a Degas y a Toulouse-Lautrec.
Tanto Ingres como Bouguereau eran exquisitamente detallistas, y fueron los primeros en retratar mujeres con la silueta más cercana a la que nos agrada o consideramos normal y saludable hoy en día. Sobre todo si comparamos con las rollizas damas de Rubens, o incluso la propia Maja Desnuda, de quien se dijo que si la hubieran pintado de pie «los pechos le llegarían hasta el ombligo».
La fineza en los detalles y la blancura de esas carnes rubicundas y juveniles plasmadas por Bouguereau es difícil de describir con palabras. Adjunto al lector unas láminas en donde puede apreciar la belleza de este genial artista sin necesidad de tediosas descripciones que no le hacen justicia.
Pero bien, como puede apreciarse, en sus desnudos sigue faltando algo ¿verdad? Nuevamente asistimos a una inocente exhibición de planicies apenas montuosas, sin valles, sin fisuras, sin nada que altere la tersura de esa extensión suavemente adiposa y continua, que se pierde inexorablemente entre la suave carne de unos perfectos muslos. Ni el más mínimo rastro de «desagradables» pelos que capitaneen esas superficies perfectas. Nada altera la belleza ideal de esas doncellas pueriles.
Obras de Ingres:
Ingres. Venus Anadiomena
Ingres. La Gran Odalisca
Ingres. Odalisca y Esclavo
Ingres. El Baño turco
Ingres. La Fuente
El genial Bouguereau
Bouguereau. Nacimiento de Venus
Bouguereau. El Crepúsculo
Bouguereau. Elegía
Bouguereau. La Primavera
Bouguereau. La Bañista
Bouguereau. Después del Baño
Bouguereau. El Rapto de Psique
John Ruskin explora a su Effie y se pierde en el bosque
Si algo tan vergonzoso tenía que pasarle a alguien (hasta hoy en día, incluso considerando la época, nos da vergüenza ajena), ese alguien debía de ser un crítico de arte. Acostumbrado a la vida académica, y a elaborar reseñas de los más reputados cuadros de la época (él mismo era un buen artista), había asumido como una realidad lo que las numerosas y bellas pinturas le indicaban sin la más mínima señal de lo contrario.
Hablamos del nombre del título, John Ruskin (1819 – 1900), que además de crítico era escritor, dibujante y acuarelista. En el año 1848 contrajo matrimonio con una joven de cierta belleza, Euphemia «Effie» Gray (1828 - 1897). Sacando cuentas veremos que él tenía 29 años y ella sólo 20. El matrimonio duró seis largos años, hasta que se hizo la anulación oficial en 1854, bajo alegaciones de «impotencia incurable» por parte de Ruskin. Éste, indignado, ofreció a la corte probar su virilidad, cosa que fue descartada.
Effie volvió a casarse, esta vez con un hombre que a la larga le daría ocho hijos y que efectivamente se encontró con que había desposado a una mujer virgen. Los motivos por los que Ruskin se había negado todos esos años terminantemente a consumar el matrimonio quedan claros al examinar una carta que Effie escribió a su padre (imagino que ha sido una carta extremadamente difícil de escribir, dado el tema que toca, sobre todo en esa época). En ella afirma:
«Él alegó varias razones, que odiaba a los niños, motivos religiosos, un deseo de preservar mi belleza, y, finalmente, este último año me contó la verdadera razón… que había imaginado que las mujeres eran bastante diferentes a lo que él vio que yo era, y que la razón para no hacerme su esposa fue debido a que se sintió disgustado hacia mi persona la primera noche del 10 de abril.»
Ruskin mismo se encargó de confirmar tales extrañas afirmaciones a su propio abogado, durante los trámites de anulación del matrimonio:
«Puede pensarse que es extraño que me haya abstenido de una mujer a la cual la mayoría de la gente encontraba tan atractiva. Pero a pesar de que su rostro era hermoso, su persona no estaba formada para excitar la pasión. Al contrario, existían ciertas circunstancias de su persona que me repugnaron completamente.»
La biógrafa de Ruskin, Mary Lutyens, baraja la hipótesis que el escritor, acostumbrado a la desnudez de estatuas y pinturas, se sintió golpeado por la revelación de la verdadera naturaleza de la vulva. Es decir, la conmoción por la visión inesperada del bosque pubiano de Effie seguramente horrorizó al perfecto producto de la sociedad victoriana inglesa, que en vez de sentirse como un lobo, se sintió como Caperucita.
Después de todo no podemos culparlo. En parte, el genial John Ruskin era víctima de su tiempo. Sin embargo no falta la controversia. Hay quienes afirman que el horror de Ruskin fue la menstruación, otro tema tabú si los hubo. Sin embargo resulta poco convincente. Si Effie estaba menstruando durante la noche de bodas, probablemente hubiera optado por un pudoroso recato debido a la inexperiencia de ambos y al posible malestar que hubiera podido surgir; posponiendo el coito hasta después de que pasase el sangrado.
Por lo demás, la regla no se trata de un estado perpetuo, con esperar una semana hubiera bastado, no seis años. Además, por mi parte creo que quizá la repugnancia de Ruskin tenga su origen no tanto en el tenebroso bosque de la bella Effie, sino en la anatomía de su propia vulva.
En otras palabas, los pliegues, aberturas, membranas, mucosas, secreciones, humedad, olores… La visión de los desnudos academicistas casi sugerían que si las modelos hubieran osado separar las piernas, encontraríamos más carne limpia y lisa, con un prolijo agujero redondo taladrado justo en medio, tal como el que haría un barreno en una pulida pieza de madera.
Casos como este no son tan raros. Richard von Krafft-Ebing relata en su Psychopathia Sexualis el de un paciente que no podía concretar el coito con su esposa debido al impacto del vello púbico. Al parecer, cuando era niño había tenido un atisbo accidental de esta parte de la anatomía de su madre que lo había impresionado sobremanera. Logró consumar su matrimonio una vez su mujer se hubo rasurado completamente el pubis.
John Everet Millais. Retrato de John Ruskin
Thomas Richmond. Retrato de Effie Gray
Y apareció Courbet
Gustave Courbet tenía cerca de cuarenta y siete años cuando en 1866 pintó «L'origine du monde» (El origen del mundo). Era un cuadro vivamente realista y provocador en donde se representaba un primer plano de la vulva de una mujer esparrancada. No vemos su cabeza, que está fuera de los límites de la composición. Tampoco sus brazos, presumiblemente echados hacia atrás. Tan solo asistimos al escape casual de una teta por debajo de unas telas drapeadas que cubren parcialmente su parte superior.
Eso y la vulva. Un magnífico órgano delicadamente entreabierto; con una ternura e inocencia casual, los labios mayores nos dejan vislumbrar las rosadas ninfas –o quizás un tímido clítoris– asomando entre las húmedas sombras del vestíbulo. A ambos lados, rebeldes matas de cabello oscuro y rizado coronan la hendedura que se extiende sin interrupciones hasta la unión de dos soberbias nalgas, rematadas en piernas torneadas y rotundas.
Por el otro lado, un monte de Venus hirsuto, cálido, invitador, con bosques pilosos extendiéndose por las planicies triangulares del pubis, cual un incendio contenido.
Larga fue la historia del cambio de manos de esta pintura. A veces desconocido, a veces dudoso, a veces ambiguo. Lo más extraño, sin embargo, no fue su historia sino el constante celo que pusieron todos sus dueños para ocultarlo. La mayoría de las veces debajo de otras pinturas que lo disimulaban.
Dos años después de pintada, en 1868, Antoine de la Narde, anticuario francés, lo adquirió en una subasta. Poco se sabe de su historia posterior hasta que el escritor naturalista Edmond de Goncourt se topa con la obra en otro anticuario, en el año 1889. Estaba oculto debajo de otra pintura, como sería su existencia constante por más de cien años.
Andanzas desconocidas hasta ahora hicieron que reapareciera en 1913, esta vez en la galería Bernheim-Jeune de París, donde exponía otro artista: el barón húngaro Ferencz Hatvany. Este acaudalado personaje adquiere todos los cuadros de Gustave Courbet y los traslada a Budapest. Las tropas alemanas se apoderan de muchas obras de arte en los países invadidos. Entre ellas está “El Origen del Mundo”, la cual fue devuelta a su dueño por el Ejército Rojo, que la había recuperado.
En el año 1955, el psicoanalista Jacques Lacan adquiere el cuadro de manos de Ferencz Hatvany, quien se había mudado a París. Permaneció nuevamente oculto bajo otra pintura hasta el fallecimiento del alienista en 1981, con lo que el cuadro pasó a formar parte del patrimonio del Estado francés en pago de los impuestos sucesorios.
Permanece inexplicablemente oculto de la vista del público de finales del siglo XX. Se exhibe brevemente en Nueva York en 1988, en una muestra especialmente dedicada a obras de Courbet. No es exhibida en el Musée d’Orsay hasta el tardío año de 1995, donde se puso una guardia armada por temor a las reacciones del público.
Afortunadamente no hubo disturbio alguno.
Gustave Courbet. El Origen del Mundo. 1866
Hacia un nuevo Arte
Siguiendo una corriente iniciada a finales del siglo XIX, el siglo XX amaneció con el despertar de una nueva era. Los artistas sienten que pese a las restricciones, pueden liberar el pincel, el lápiz, la pluma, el cincel…
No significa que no haya clausura, destrucción de obras, arrestos, multas, acusaciones de obscenidad (al día de hoy sigue habiendo); pero los nuevos artistas gozan de la buena opinión de cada vez más crecidos sectores del mundo de la crítica. Aparecen Gustav Klimt, Aubrey Beardsley, George Grosz, Hans Bellmer, Amedeo Modigliani, Franz von Bayros, Egon Schiele, Sir Gerald Festus Kelly, y una larga lista que el lector con un poco de investigación puede sacar a la luz.
Estos nuevos artistas, que en otros tiempos hubieran sido considerados pornográficos como mínimo, comienzan a disfrutar de cierta aceptación en círculos impensados anteriormente.
Gustav Klimt. Nuda Veritas
Aubrey Beardsley. Cinesias requiriendo a Mírrina (Escena de Lisístrata, comedia de Aristófanes)
George Grosz. No sé el título, si alguien lo sabe que avise
Hans Bellmer. Aguatinta sin título
Amedeo Modigliani. Desnudo Reclinado
Franz von Bayros. La Rival – Dibujo para la serie «El Tocador»
Egon Schiele. Desnudo sin título
Sir Gerard Festus Kelly. Estudio de desnudo
Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Nut
http://shkrobius.livejournal.com/100154.html
http://www.artandpopularculture.com/Pubic_hair
http://en.wikipedia.org/wiki/Pubic_hair
http://en.wikipedia.org/wiki/Effie_Gray
http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Auguste_Dominique_Ingres
http://en.wikipedia.org/wiki/John_Ruskin#Turner_erotic_drawings
http://es.wikipedia.org/wiki/William-Adolphe_Bouguereau
http://es.wikipedia.org/wiki/Pol%C3%ADptico_de_Gante
http://es.wikipedia.org/wiki/Gustave_Courbet
Bibliografía consultada:
Krafft-Ebing, Richard von; Psychopathia Sexualis
Freud, Sigmund; Sexualidad Infantil y Neurosis; Tres Ensayos sobre Teoría Sexual
Todo lo que no aparezca en las citas, es creación original mía. Soy el autor de esta recopilación y tratado. Asumo la responsabilidad por lo vertido aquí.
Espero que les haya gustado. Cualquier error que se haya deslizado aquí, o cualquier corrección que se les ocurra, no dejen de comunicarla. Eso sí, con respeto, sin insultar y de manera constructiva. Un saludo grande.
Tratado compendioso sobre la escasa figuración de estas piezas anatómicas en la pintura y la escultura.
Introducción
Al examinar brevemente las dos grandes corrientes escultóricas de la historia, es decir las correspondientes a la cultura grecorromana y la renacentista posterior, notamos que el excelente tratamiento de la anatomía adolece de una carencia importante: los rasgos sexuales.
Así vemos en los hombres un pene de un tamaño inferior a la media y los desnudos femeninos llevando una suave curva en la zona del empeine que se sumerge delicadamente de una manera lisa, curvada y sin accidentes hasta el interior de la entrepierna, sin dar ninguna indicación de lo que allí se oculta.
Con el vello púbico sucede algo similar. Está frecuentemente ausente, como si los modelos del escultor estuviesen depilados. Y cuando este vello se hace presente, es siempre en hombres, jamás en mujeres. Un caso de la antigüedad lo constituye la estatua de un soldado galo moribundo. En el Renacimiento, tenemos el David de Miguel Ángel.
Galo Moribundo. Museo Capitolino
Miguel Ángel Buonarotti. David
Obviamente muchos pensarán que la depilación púbica femenina es algo común. Lo es ahora, a partir de la década del 90; siendo que al día de hoy resulta indecible para muchas mujeres u hombres, considerar la posibilidad de dejar crecer libremente el vello en esa zona. Hace no mucho tiempo, incluso la década del 70 del siglo XX, la depilación era una cosa más bien poco frecuente entre las mujeres, encontrando un uso extensivo solamente en las mujeres que ejercían la prostitución.
Las modelos de revistas eróticas o pornográficas (y hasta cierto punto las actrices del rubro) solían llevar sin ninguna vergüenza un vello púbico crecido. La costumbre del empeine muy recortado o totalmente rasurado, por extraño que suene, es bastante moderna.
En el caso de la pintura, desde el Renacimiento hasta finales del siglo XIX, tenemos una situación similar. El pubis suave, depilado y sin rasgos sexuales visibles es de carácter general, siendo contadas las excepciones dentro del arte considerado «respetable», es decir, las obras que no eran netamente pornográficas.
Ahora bien, sabemos que los griegos y romanos, sobre todo de las clases altas, se depilaban el cuerpo completamente, por lo que sería de esperarse que en la mayoría de sus esculturas esto se viera reflejado, pero no en todas.
¿Y en el Renacimiento? La costumbre de la depilación del triángulo del pubis y de otras partes del cuerpo se perdió cuando el cristianismo hizo su aparición en Europa como la religión oficial del Imperio Romano. Los cristianos, al ver en Roma el signo de la decadencia, llevaron la contraria a todas las costumbres de los romanos, cuando en realidad no todas esas costumbres eran desaconsejables, así que junto con las bacanales y las orgías, los cristianos desecharon también el baño diario, los aceites de limpieza, el agua caliente y demás costumbres y obras públicas destinadas a preservar la higiene y la salud de la población.
Muchas de esas costumbres no resurgieron sino hasta el Renacimiento, no siendo la depilación púbica una de ellas. Mediante algunos escritos sobrevivientes y también mediante las obras pornográficas renacentistas que llegaron hasta nuestros días, vemos claramente que las vulvas y pubis representados pueden, indistintamente, llevar o no llevar vello.
El problema de la vulva
Es un conocimiento de carácter general el hecho de que los genitales externos femeninos varían enormemente de mujer a mujer. Y si bien algunas mujeres depiladas pueden parecerse mucho a una estatua antigua cuando están de pie con las piernas juntas, la mayoría exhibirá como mínimo el frente de sus labios mayores, con la forma característica de una letra W. Otras poseen las ninfas o labios menores de un tamaño mayor, y sobresalen entre los labios externos, situación que en el mundo de la pornografía y el dialecto masculino recibe diversos (y poco recomendables) nombres jocosos.
Otra característica notable de algunas mujeres es el capuchón del clítoris que sobresale por el frente de la unión entre los labios mayores. Esta y otras particularidades, quedan casi siempre ocultas por el vello púbico y se hacen notorias al quitarlo.
Es decir que nos hallamos ante una dicotomía: Por un lado toda la escultura anterior al siglo XX se resistió a enseñar el vello púbico femenino, y a la vez las estatuas y pinturas de desnudos no nos dejan ver qué es lo que hay debajo una vez ese vello se remueve, haciendo que todas las obras posean la misma anatomía entre las piernas que la muñeca Barbie.
¿Un problema de machismo?
Es altamente sugestivo el hecho de que la representación artística de la mujer comenzó a relajarse y a mostrarse lejos de esa aura idealizada de pureza virginal, casi al mismo tiempo que las corrientes feministas comenzaron a ganar terreno en el siglo XX. Esto nos lleva inevitablemente a pensar que quizás el mundo del arte, eminentemente masculino, e inserto en una sociedad manejada por hombres, se viera llevado en la predecible dirección de «adecentar» de algún modo la «impureza» femenina, al idealizar y suprimir esas «partes sucias».
Así tenemos incluso leyendas que relatan que Jesús nació «de manera pura y sin mancha», o sea sin tener contacto con los órganos femeninos, algo considerado casi un pecado. Una de estas leyendas, la menciono por su carácter ingenuo y divertido, nos cuenta cómo el mesías de los cristianos nació de la rodilla derecha de María, su madre.
Esto no es ni mucho menos exclusivo del cristianismo. Es bien sabido que dentro de toda su liberalidad, los antiguos griegos eran extremadamente machistas, llegando algunos filósofos a exaltar la homosexualidad como la manera más pura de amor, ya que excluía a las mujeres, consideradas seres inferiores.
Los romanos no mejoraron mucho esto, y lo vemos reflejados en sus leyes. El estricto código romano negaba a las mujeres muchos derechos que ahora consideramos básicos. En la época de la República las mujeres no podían votar. Las patricias tenían la suprema obligación de cuidar de su casa, procrear hijos y atender a su marido. No podían heredar, administrar bienes, salir de la casa sin compañía, etc.
De la vida al arte
Dicen que el arte «imita a la vida». En el caso de la anatomía sexual, las ideas filosóficas, sociales y religiosas del momento se cristalizan de manera viva en el arte, siendo la representación de los genitales tal cual son un hecho considerado casi pornográfico. Cuando, tan tardíamente como en los años 1790-1800, Francisco José de Goya y Lucientes se atreve a poner pendejos en «La Maja Desnuda», armó un verdadero revuelo.
Hay quienes consideraron que pintó luego la «Maja Vestida» (la misma modelo en la misma posición, pero con ropas) como burla hacia aquellos mojigatos que lo criticaron. Claro que sin embargo podemos destacar unos breves antecedentes:
• En el Egipto Antiguo, la diosa del cielo Nut, creadora del Universo y los astros, es representada con un triángulo negro en la zona del empeine.
• Una representación de Adán y Eva por Masolino, en donde se aprecia una división debajo del monte de Venus de esta última, que puede corresponderse con los labios de la vulva.
• El políptico de Gante de Jan van Eyck (1432), Adán y Eva están representados con vello púbico.
• El cuadro de Cranach de 1530, ninfa del agua descansando, donde se distingue un sombreado fuerte debajo de una tela transparente. Otras obras de este pintor muestran este sombreado o veladura pero mucho más débil, no distinguiéndose si se trata de vello fino o de una sombra.
• Las obras pornográficas, que mostraban tanta variedad sexual como la actual. Lesbianismo, orgías, bisexualidad, doble penetración, sexo oral de todo tipo, masturbación, coito con penes protésicos, y una larguísima lista de etcéteras que dejo librados a la imaginación del lector. Dos ejemplos de estos artistas: Giulio Romano-Marcantonio Raimondi; Agostino Carracci.
Papiro que representa a la diosa Nut. Nótese el triángulo del pubis.
El Adán y Eva de Masolino. Puede apreciarse un intento de vulva
Políptico de Gante. Jan van Eyck. Adán, vello claramente visible
La misma obra anterior. Eva. Vello púbico no tan notorio
Lucas Cranach «El Viejo». Ninfa del Agua Descansando. Claramente dotada con vello púbico
Agostino Carracci. Júpiter y Juno. Grabado pornográfico
Dibujo pornográfico de Giulio Romano, grabado e impreso por Marcantonio Raimondi
Francisco José de Goya y Lucientes. La Maja Desnuda
En el principio eran Ingres y Bouguereau
El romántico Jean Auguste Dominique Ingres (1780 - 1867) y el que yo considero su sucesor, el academicista William-Adolphe Bouguereau (1825 - 1905), franceses ambos, prácticamente marcan la corriente del realismo en la pintura. Los menciono además, por ser autores de innumerables desnudos y de gran cantidad de obras maestras en general. Si el lector juzga que excluyo imperdonablemente a los impresionistas, puede tomar como ejemplo a Degas y a Toulouse-Lautrec.
Tanto Ingres como Bouguereau eran exquisitamente detallistas, y fueron los primeros en retratar mujeres con la silueta más cercana a la que nos agrada o consideramos normal y saludable hoy en día. Sobre todo si comparamos con las rollizas damas de Rubens, o incluso la propia Maja Desnuda, de quien se dijo que si la hubieran pintado de pie «los pechos le llegarían hasta el ombligo».
La fineza en los detalles y la blancura de esas carnes rubicundas y juveniles plasmadas por Bouguereau es difícil de describir con palabras. Adjunto al lector unas láminas en donde puede apreciar la belleza de este genial artista sin necesidad de tediosas descripciones que no le hacen justicia.
Pero bien, como puede apreciarse, en sus desnudos sigue faltando algo ¿verdad? Nuevamente asistimos a una inocente exhibición de planicies apenas montuosas, sin valles, sin fisuras, sin nada que altere la tersura de esa extensión suavemente adiposa y continua, que se pierde inexorablemente entre la suave carne de unos perfectos muslos. Ni el más mínimo rastro de «desagradables» pelos que capitaneen esas superficies perfectas. Nada altera la belleza ideal de esas doncellas pueriles.
Obras de Ingres:
Ingres. Venus Anadiomena
Ingres. La Gran Odalisca
Ingres. Odalisca y Esclavo
Ingres. El Baño turco
Ingres. La Fuente
El genial Bouguereau
Bouguereau. Nacimiento de Venus
Bouguereau. El Crepúsculo
Bouguereau. Elegía
Bouguereau. La Primavera
Bouguereau. La Bañista
Bouguereau. Después del Baño
Bouguereau. El Rapto de Psique
John Ruskin explora a su Effie y se pierde en el bosque
Si algo tan vergonzoso tenía que pasarle a alguien (hasta hoy en día, incluso considerando la época, nos da vergüenza ajena), ese alguien debía de ser un crítico de arte. Acostumbrado a la vida académica, y a elaborar reseñas de los más reputados cuadros de la época (él mismo era un buen artista), había asumido como una realidad lo que las numerosas y bellas pinturas le indicaban sin la más mínima señal de lo contrario.
Hablamos del nombre del título, John Ruskin (1819 – 1900), que además de crítico era escritor, dibujante y acuarelista. En el año 1848 contrajo matrimonio con una joven de cierta belleza, Euphemia «Effie» Gray (1828 - 1897). Sacando cuentas veremos que él tenía 29 años y ella sólo 20. El matrimonio duró seis largos años, hasta que se hizo la anulación oficial en 1854, bajo alegaciones de «impotencia incurable» por parte de Ruskin. Éste, indignado, ofreció a la corte probar su virilidad, cosa que fue descartada.
Effie volvió a casarse, esta vez con un hombre que a la larga le daría ocho hijos y que efectivamente se encontró con que había desposado a una mujer virgen. Los motivos por los que Ruskin se había negado todos esos años terminantemente a consumar el matrimonio quedan claros al examinar una carta que Effie escribió a su padre (imagino que ha sido una carta extremadamente difícil de escribir, dado el tema que toca, sobre todo en esa época). En ella afirma:
«Él alegó varias razones, que odiaba a los niños, motivos religiosos, un deseo de preservar mi belleza, y, finalmente, este último año me contó la verdadera razón… que había imaginado que las mujeres eran bastante diferentes a lo que él vio que yo era, y que la razón para no hacerme su esposa fue debido a que se sintió disgustado hacia mi persona la primera noche del 10 de abril.»
Ruskin mismo se encargó de confirmar tales extrañas afirmaciones a su propio abogado, durante los trámites de anulación del matrimonio:
«Puede pensarse que es extraño que me haya abstenido de una mujer a la cual la mayoría de la gente encontraba tan atractiva. Pero a pesar de que su rostro era hermoso, su persona no estaba formada para excitar la pasión. Al contrario, existían ciertas circunstancias de su persona que me repugnaron completamente.»
La biógrafa de Ruskin, Mary Lutyens, baraja la hipótesis que el escritor, acostumbrado a la desnudez de estatuas y pinturas, se sintió golpeado por la revelación de la verdadera naturaleza de la vulva. Es decir, la conmoción por la visión inesperada del bosque pubiano de Effie seguramente horrorizó al perfecto producto de la sociedad victoriana inglesa, que en vez de sentirse como un lobo, se sintió como Caperucita.
Después de todo no podemos culparlo. En parte, el genial John Ruskin era víctima de su tiempo. Sin embargo no falta la controversia. Hay quienes afirman que el horror de Ruskin fue la menstruación, otro tema tabú si los hubo. Sin embargo resulta poco convincente. Si Effie estaba menstruando durante la noche de bodas, probablemente hubiera optado por un pudoroso recato debido a la inexperiencia de ambos y al posible malestar que hubiera podido surgir; posponiendo el coito hasta después de que pasase el sangrado.
Por lo demás, la regla no se trata de un estado perpetuo, con esperar una semana hubiera bastado, no seis años. Además, por mi parte creo que quizá la repugnancia de Ruskin tenga su origen no tanto en el tenebroso bosque de la bella Effie, sino en la anatomía de su propia vulva.
En otras palabas, los pliegues, aberturas, membranas, mucosas, secreciones, humedad, olores… La visión de los desnudos academicistas casi sugerían que si las modelos hubieran osado separar las piernas, encontraríamos más carne limpia y lisa, con un prolijo agujero redondo taladrado justo en medio, tal como el que haría un barreno en una pulida pieza de madera.
Casos como este no son tan raros. Richard von Krafft-Ebing relata en su Psychopathia Sexualis el de un paciente que no podía concretar el coito con su esposa debido al impacto del vello púbico. Al parecer, cuando era niño había tenido un atisbo accidental de esta parte de la anatomía de su madre que lo había impresionado sobremanera. Logró consumar su matrimonio una vez su mujer se hubo rasurado completamente el pubis.
John Everet Millais. Retrato de John Ruskin
Thomas Richmond. Retrato de Effie Gray
Y apareció Courbet
Gustave Courbet tenía cerca de cuarenta y siete años cuando en 1866 pintó «L'origine du monde» (El origen del mundo). Era un cuadro vivamente realista y provocador en donde se representaba un primer plano de la vulva de una mujer esparrancada. No vemos su cabeza, que está fuera de los límites de la composición. Tampoco sus brazos, presumiblemente echados hacia atrás. Tan solo asistimos al escape casual de una teta por debajo de unas telas drapeadas que cubren parcialmente su parte superior.
Eso y la vulva. Un magnífico órgano delicadamente entreabierto; con una ternura e inocencia casual, los labios mayores nos dejan vislumbrar las rosadas ninfas –o quizás un tímido clítoris– asomando entre las húmedas sombras del vestíbulo. A ambos lados, rebeldes matas de cabello oscuro y rizado coronan la hendedura que se extiende sin interrupciones hasta la unión de dos soberbias nalgas, rematadas en piernas torneadas y rotundas.
Por el otro lado, un monte de Venus hirsuto, cálido, invitador, con bosques pilosos extendiéndose por las planicies triangulares del pubis, cual un incendio contenido.
Larga fue la historia del cambio de manos de esta pintura. A veces desconocido, a veces dudoso, a veces ambiguo. Lo más extraño, sin embargo, no fue su historia sino el constante celo que pusieron todos sus dueños para ocultarlo. La mayoría de las veces debajo de otras pinturas que lo disimulaban.
Dos años después de pintada, en 1868, Antoine de la Narde, anticuario francés, lo adquirió en una subasta. Poco se sabe de su historia posterior hasta que el escritor naturalista Edmond de Goncourt se topa con la obra en otro anticuario, en el año 1889. Estaba oculto debajo de otra pintura, como sería su existencia constante por más de cien años.
Andanzas desconocidas hasta ahora hicieron que reapareciera en 1913, esta vez en la galería Bernheim-Jeune de París, donde exponía otro artista: el barón húngaro Ferencz Hatvany. Este acaudalado personaje adquiere todos los cuadros de Gustave Courbet y los traslada a Budapest. Las tropas alemanas se apoderan de muchas obras de arte en los países invadidos. Entre ellas está “El Origen del Mundo”, la cual fue devuelta a su dueño por el Ejército Rojo, que la había recuperado.
En el año 1955, el psicoanalista Jacques Lacan adquiere el cuadro de manos de Ferencz Hatvany, quien se había mudado a París. Permaneció nuevamente oculto bajo otra pintura hasta el fallecimiento del alienista en 1981, con lo que el cuadro pasó a formar parte del patrimonio del Estado francés en pago de los impuestos sucesorios.
Permanece inexplicablemente oculto de la vista del público de finales del siglo XX. Se exhibe brevemente en Nueva York en 1988, en una muestra especialmente dedicada a obras de Courbet. No es exhibida en el Musée d’Orsay hasta el tardío año de 1995, donde se puso una guardia armada por temor a las reacciones del público.
Afortunadamente no hubo disturbio alguno.
Gustave Courbet. El Origen del Mundo. 1866
Hacia un nuevo Arte
Siguiendo una corriente iniciada a finales del siglo XIX, el siglo XX amaneció con el despertar de una nueva era. Los artistas sienten que pese a las restricciones, pueden liberar el pincel, el lápiz, la pluma, el cincel…
No significa que no haya clausura, destrucción de obras, arrestos, multas, acusaciones de obscenidad (al día de hoy sigue habiendo); pero los nuevos artistas gozan de la buena opinión de cada vez más crecidos sectores del mundo de la crítica. Aparecen Gustav Klimt, Aubrey Beardsley, George Grosz, Hans Bellmer, Amedeo Modigliani, Franz von Bayros, Egon Schiele, Sir Gerald Festus Kelly, y una larga lista que el lector con un poco de investigación puede sacar a la luz.
Estos nuevos artistas, que en otros tiempos hubieran sido considerados pornográficos como mínimo, comienzan a disfrutar de cierta aceptación en círculos impensados anteriormente.
Gustav Klimt. Nuda Veritas
Aubrey Beardsley. Cinesias requiriendo a Mírrina (Escena de Lisístrata, comedia de Aristófanes)
George Grosz. No sé el título, si alguien lo sabe que avise
Hans Bellmer. Aguatinta sin título
Amedeo Modigliani. Desnudo Reclinado
Franz von Bayros. La Rival – Dibujo para la serie «El Tocador»
Egon Schiele. Desnudo sin título
Sir Gerard Festus Kelly. Estudio de desnudo
Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Nut
http://shkrobius.livejournal.com/100154.html
http://www.artandpopularculture.com/Pubic_hair
http://en.wikipedia.org/wiki/Pubic_hair
http://en.wikipedia.org/wiki/Effie_Gray
http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Auguste_Dominique_Ingres
http://en.wikipedia.org/wiki/John_Ruskin#Turner_erotic_drawings
http://es.wikipedia.org/wiki/William-Adolphe_Bouguereau
http://es.wikipedia.org/wiki/Pol%C3%ADptico_de_Gante
http://es.wikipedia.org/wiki/Gustave_Courbet
Bibliografía consultada:
Krafft-Ebing, Richard von; Psychopathia Sexualis
Freud, Sigmund; Sexualidad Infantil y Neurosis; Tres Ensayos sobre Teoría Sexual
Todo lo que no aparezca en las citas, es creación original mía. Soy el autor de esta recopilación y tratado. Asumo la responsabilidad por lo vertido aquí.
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