comparto con ustedes un breve cuento que escribiera cuando empezaba mis estudios en el profesorado de educación primaria.
espero les guste.
las críticas son bienvenidas.
El ruido.
Ernesto vivía en una cabaña, en el poblado de Barreal en la provincia deSan Juan. Su madre, su padre, sus abuelos maternos, el hermano de su papa ycuatro hermanos más, conformaban su familia. La cabaña era pequeña, pero nuncaaburrida. Cuando no estaba en la escuela se dedicaba a su pasatiempo preferido;coleccionaba escarabajos. Le fascinaba, la cantidad de formas y coloresdiferentes que estos tenían y siempre que los observaba, en la caja de zapatosdónde los guardaba, pensaba en las maravillas que el tiempo y la naturaleza soncapaces de crear; - ¡si hubiese existido unos cuantos millones de años atrás,estos bichitos no cabrían en mi casa!, se decía así mismo cada vez que loscontemplaba.
Un día volvía de la escuela y para acortar camino se metió entre los árboles,conocía un sendero entre el pequeño matorral que separaba a su casa de la partemás poblada del lugar. Mientras caminaba, miraba fijamente el suelo, no queríapasar de vista los posibles nuevos ejemplares que podría llegar a encontrarpara su colección, cuando escuchó un chirrido un tanto desconocido para él. Hizouna pausa, miró alrededor y esperó un minuto para ver si oía nuevamente esesonido, pero no pasó nada. Reanudo su marcha y unos cuantos pasos más adelante,nuevamente sonó ese extraño ruido, era una mezcla entre el cascabel de unavíbora, el sonajero de un bebe y el zumbido de un enjambre de abejas en verano.Nuevamente, hizo otra pausa, entrecerró sus ojos como si de esa maneraagudizara su oído, y esperó... esperó y esperó hasta que nuevamente sonó, lo escuchóa su derecha e inmediatamente comenzó a caminar con un ritmo acelerado,desapareció entre los árboles y arbustos dejando atrás el sendero. Trato decaminar en línea recta pero en su camino se cruzaban decenas de plantas espinosasyuyos que entorpecían su marcha, hizo otra pausa. Miró a sus costados y soloveía el verde de las plantas y algún que otro haz de luz que alcanzaba afiltrarse entre el follaje. Sacó de mochila una manzana que había llevado a laescuela como y la mordió esperando refrescarse y nuevamente el sonido, peroesta vez mucho más cerca. Arrojo la manzana y siguió caminando pero con un pasomás tranquilo, no quería pasar de largo del rastro. Mientras caminaba, mirabafijamente el suelo y entonces divisó un pequeño orificio por el cual cabria un gato.Se dirigió con urgencia a la entrada de la posible cueva subterránea ynuevamente el sonido que, claramente, salía del agujero. Buscó entre sus cosasuna cuchara que tenía y se acercó. Encendió su linterna, que siempre llevabaconsigo, pues se jactaba de ser un explorador a tiempo completo, la colocó ensu boca y empezó a escavar sacando la tierra para cualquier lado, lo habíainvadido la ansiedad y la curiosidad, se imaginaba que iba a encontrar un nuevoespécimen para su colección. Después de excavar aproximadamente por treintaminutos, llego a una parte en el hoyo, en la que fácilmente cabía su cuerpo, searrastró unos metros y a medida que penetraba la superficie terrestre, el túnelse iba agrandando poco a poco. Varios metros después ya no le era necesarioarrastrarse y podía proseguir agazapado. Siguió y siguió el túnel, poco a pococomenzó a erguirse hasta que ya caminaba parado con cierta comodidad. La luz desu linterna se fue apagando con el pasar de los metros y una hora después seapagó completamente. Miró hacia atrás y se veía la tenue claridad de la tardefiltrarse por la entrada que el mismo se había fabricado, delante de él laoscuridad se hacía tan densa que prefirió cerrar los ojos y continuar de estamanera. Pensó que si mantenía los ojos cerrados estaría más seguro. Caminabapalpando las paredes paso a paso hasta que se topó con algo que al tactoparecía una reja. Pero, ¿una reja de metal bajo la tierra? Pensó, y decidióabrir los ojos y efectivamente era una reja de metal que dejaba pasar una luzun tanto fuerte para sus ojos ya a la oscuridad. La reja lo separaba de lo queparecía ser una civilización entra. Edificios, casas, caminos alumbrados lodejaron perplejo, no podía creer lo que había encontrado. Retrocedió unos pasos,todavía estaba atónito, de todos modos no quería ser descubierto, no sabía silos habitantes de este submundo lo iban a tratar como una amenaza.
Se armó de coraje, secó de su frente el sudor que brotaba, se arremango lacamisa, puso una mano en la manija de la reja, suspiró, le temblaba el pulso ysentía como la voz se le iba escondiendo en el pecho, suspiro nuevamente ysoltó el aire por la boca desviándolo a su frente como queriéndose despabilar yen el momento en que el peso de su brazo bastó para abrir la reja, escucho ungrito que provenía de detrás de él. – ¡Ernesto! ¡Levantate! ¡Te quedastedormido! ¡Vas a llegar tarde a la escuela!, era su madre en la puerta de supieza.
Todo había sido, una broma de mal gusto. Su inconsciente lo había traicionado,lo había hecho ilusionar con la hazaña de su vida. En ese momento su gargantase anudo de tal manera que apenas podía respirar, es que lo que había soñadoparecía tan real, él había sentido la tierra entre sus manos, el sonido quehabía oído no parecía imaginario. – solo fue un sueño. Se dijo a sí mismo ysecó rápidamente de su mejilla una lágrima escurridiza. Juntó valor, y muchoaire para levantarse de la cama. Se vistió, se higienizó y emprendió el viajede ida a la aburrida escuela.
Terminada la jornada, seguía con el mismo desanimo de la mañana, yemprendió la vuelta a casa. Esta vez esquivaría el atajo, no quería pasar porese lugar y que no sucediera nada, confirmando que no se trataba de un sueño enun sueño y que se había despertado definitivamente. Cuando llego a la parte delos matorrales donde comenzaba el sendero hizo una pausa y miro el camino,pensó que no podía esquivarlo toda su vida, pues alargaría mucho la vuelta acasa y sin más remedio se metió entre los árboles y comenzó a caminar pero yano miraba el piso, se concentraba en el horizonte y en mantener el ritmo, hastaque en la mitad del trayecto, holló el ruido.
Por: Mijoevich Emiliano.