Durante un breve e irrepetible período, un reducido grupo de artistas japoneses transformó el arte de la xilografía en uno de los más gloriosos movimientos de la historia del arte.
A principios del siglo XIX, cuando los importadores europeos de vajillas orientales recibían sus platos y vasijas envueltos en hojas de papel adornadas con imágenes impresas, sonreían ante las “bárbaras” figuras y las tiraban a la basura.
Hasta que se presentaron grabados japoneses en color en la Exposición Internacional de Londres, en 1862, a la que siguieron otros certámenes oficiales en París y Nueva York, los amantes del arte en Occidente no captaron su valor intrínseco.
Allí tenían una nueva manera de ver, un modo de evocar brillantemente una imagen mediante un mínimo de líneas espontáneas y macizas superficies de color, un medio de aprehender la intimidad y la naturalidad de la vida cotidiana. No cabía duda de que aquellas eran obras de grandes artistas.
Así empezó el idilio entre Occidente y las xilografías japonesas. Actualmente, un grabado japonés puede alcanzar un alto precio en el mercado del arte. Por ejemplo, en la década pasada, el valor comercial de grabados raros en buenas condiciones de conservación se ha multiplicado por doce, sin que el aumento haya llegado a su fin.
Al mismo tiempo, por fortuna para los aficionados de pocos recursos, se pueden encontrar originales menos perfectos o menos raros por unos 250 euros.
El grabado en color floreció en el Japón sólo durante un breve período: de la década de 1740 a la de 1860. En esos años, aquella nación insular se hallaba herméticamente cerrada al mundo; los extranjeros tenían prohibida la entrada, y los japoneses no podían trasladarse fuera del país.
La libertad estaba severamente reglamentada, e incluso una crítica indirecta de los gobernantes podía ser causa de arresto.
En semejante atmósfera, los habitantes de Tokio buscaban solaz en el barrio de las diversiones, Yoshiwara, que con sus casas de geishas y restaurantes desarrollaba una gran actividad comercial, y ofrecía a los habitantes de la ciudad una alegría pasajera como compensación de las somibrías frustraciones de la vida en un estado policíaco.
Y de este mundo de placeres, embellecido por la luz de la luna y los capullos de cerezo, por canciones y vino y mujeres bonitas, el arte del grabado en color tomó su carácter y su nombre: Ukiyo-e, es decir, “Imágenes del mundo flotante”.
Producido casi exclusivamente en Tokio por hombres enamorados de la ciudad y sus habitantes, fue un arte festivo e irreverente. Sus vívidas escenas de la vida urbana, sus paisajes soñadores, sus jóvenes amantes retozones, sus alegres reuniones en barcas, sus actores de entrecejo fruncido, pero, sobre todo, sus bellísimas mujeres, nos transportan a un reino luminoso y mágico.
Una xilografía es un triple milagro, el producto de tres pares de ojos y de manos. El artista, o diseñador, es el que marca la pauta. Inspirado por su musa, hace el boceto con tinta y pincel sobre una delgada hoja de papel.
En seguida, el grabador o xilógrafo se lleva el dibujo al taller y lo traslada, invertido, a la lisa superficie de un bloque de madera de cerezo. Con un afilado cuchillo profundiza en la superficie de la madera dejando realzadas las líneas del dibujo.
El impresor es quien dice la última palabra. Habiendo entintado el bloque con sumo cuidado, extiende sobre él una hoja húmeda de papel hecho a mano y ejerce presión sobre éste a través de una almohadilla, con lo que obtiene una imagen estampada, réplica del dibujo original.
En 1764, la técnica había alcanzado su perfección. Ya era posible usar todos los bloques que fueran necesarios, a veces más de diez, para hacer una sola estampa.
El pigmento (acuarela mezclada con pasta de arroz) se aplicaba al bloque antes de cada impresión. Como los bloques se gastaban con el uso, el número de ejemplares era limitado.
De algunas grandes estampas solamente sobreviven unas cuantas a menudo en muy lamentables condiciones.
¿Quiénes eran los artistas capaces de arrancar ese frágil arte de un medio esencialmente tosco como la xilografía? Para los miembros de la clase dirigente japonesa, formaban parte de la masa común; se trataba de plebeyos, hombres sin categoría social, cuyas vidas no eran dignas de ser registradas.
Por ejemplo, casi no se sabe nada de Sharaku, autor de vitales estampas de actores gesticulantes que son ahora tan buscadas.
Monorobu era hijo de un bordador, y de niño trabajó en el oficio de su padre. Más tarde se hizo monje.
El padre de Hiroshige era fogonero. Kuniyoshi, hijo de un tintorero de sedas.
Se dice que Hokusai, hijo adoptivo de un fabricante de espejos, vendía dulces y pimientos rojos a orillas del río, en Tokio.
Kiyonaga creció en los pobres alrededores del mercado de pescados, y resultó ser el colmo del refinamiento.
Su especialidad eran estampas de mujeres bellas de Tokio.
Tal como las traducía el papel, las damas del Japón, a menudo de piernas cortas, resultaban altas, lánguidas y esbeltas cual juncos.
Un sublime y totalmente inalcanzable ideal de belleza femenina había invadido el Ukiyo-e.
Hoy día, dos de las principales colecciones de grabados están en el Museo de Bellas Artes de Boston y el Museo Nacional de Arte, de Tokio.
El movimiento es muy vivo, y Londres y Nueva York son los centros más importantes de este arte.
En los últimos años, los japoneses han estado pujando con interés por los grabados en los mercados occidentales, en contraste con los días en que, como me dijo sarcásticamente un amigo nipón, “estábamos demasiado ocupados encargando por correo una civilización occidental para prestar atención al drenaje de esta parte esencial de nuestra herencia cultural” .
Las estampas del mundo flotante han hecho una larga travesía desde que se utilizaban como papel para envolver platos y vasijas orientales.
La legión de sus admiradores en todo el mundo se multiplica a cada exposición, a cada venta importante. Su cálida humanidad y su gloria artística hacen de ella un tesoro universal que debe ser explorado y protegido tanto por Oriente como por Occidente.
Las realizaciones japonesas parten del carácter que imprimen las condiciones de vida en las islas, donde siempre se vive bajo la amenaza de los terremotos, los corrimientos de tierras, los tifones, los maremotos y el fuego.
Esto ha provocado en el espíritu japonés una veneración a las fuerzas de la Naturaleza que se manifestará en el sintoísmo y más tarde en el zen.
También se asimiló en Japón el budismo, aunque ello provocó inicialmente un periodo de cruentas luchas pues muchos veían en esta nueva religión el fin del sintoísmo. Pronto se vio que no era así, que no interfería con los rituales sintoístas.
La introducción del budismo fue un hecho de capital importancia en Japón pues supuso la introducción desde China de la escritura, desconocida hasta entonces en este país.
Al mismo tiempo que la filosofía, llegaron las formas artísticas que comporta la celebración de los rituales budistas, que también vinieron desde China, una cultura muy refinada y muy superior por entonces, siglo VI, a la japonesa.
Se inicia así un periodo de gran florecimiento del arte pues se edifican templos, se erigen estatuas y se necesitan un sinfín de complementos para realizar el culto.
La cultura japonesa vive por tanto en este periodo bajo una dependencia absoluta de la cultura china, que poco a poco va reinterpretando y nacionalizando, hasta el siglo XII, momento en el que ya se puede hablar de una cultura propia.
Sin embargo no es hasta el siglo X cuando se desarrolla el Hiragana, un silabario adaptado a los sonidos japoneses y por tanto una caligrafía propia. Hasta ese momento se utilizaba la caligrafía china.
Durante el siglo XIII China, bajo la dominación de los mongoles, intenta invadir Japón en dos ocasiones. Estos intentos de invasión de las islas provocaron una militarización de la sociedad y suponen el ascenso de la clase guerrera: los samurais. Se producen luchas entre los clanes de samurais , creando una situación de inseguridad que hace que la población civil se instale alrededor de las fortalezas de los señores, buscando su protección potenciándose así el desarrollo de las ciudades.
Durante este siglo se difunden por Japón las enseñanzas de la secta budista Zen, que propugnaba una nueva vía hacia la iluminación, alejada de dogmas y folclores rituales, centrada en la contemplación como único medio para conseguir el estadio nihilista. Esta filosofía no conoce dios ni culto, ni se puede transmitir con palabras, sólo sugerir mediante símbolos que conducen a ese estado. De ahí deriva la unidad entre contemplación, intuición, poesía y estética, que se manifestará en la ceremonia del té (Chanoyu), el arreglo floral (Ikebana), la arquería (Kendo), el teatro No, los Haikurus (poemas de diecisiete sílabas), la caligrafía y la pintura.
El Bushido, código moral de los samurais, tendrá muchas concomitancias con esta filosofía, por lo que los samurais lo apoyaran y favorecerán la construcción de templos por todo el país. Templos que serán construidos y decorados impregnados por esta filosofía, y, por lo tanto, alejados de todo manierismo y decorativismo, con un sentido conceptual y sobrio que no ha sido asimilado por occidente hasta la segunda mitad del siglo XX.
Las luchas civiles continúan hasta el siglo XVI en que se inicia un nuevo orden, prevaleciendo una alianza entre tres clanes que logran la reunificación del país imponiendo un rígido control del poder central mediante el establecimiento de un sistema burocrático muy rígido que controlaba casi todos los aspectos de la vida. Este periodo se conoce como la época MOMOYAMA, en la que la capital estaba en Kyoto. En esta época tuvieron lugar los primeros contactos con occidentales (1542), lo que tuvo consecuencias rápidamente, pues conocieron las armas de fuego y esto hizo que los shogunes empezaran construir fortalezas de piedra y no de madera como se hacía hasta entonces.
La escuela KANO y la escuela TOSA serán las que decorarán los castillos feudales del periodo MOMOYAMA, caracterizándose por un estilo decorativo y colorista y por la representación de escenas de la historia japonesa.
Sin embargo no es hasta el siglo X cuando se desarrolla el Hiragana, un silabario adaptado a los sonidos japoneses y por tanto una caligrafía propia. Hasta ese momento se utilizaba la caligrafía china.
Durante el siglo XIII China, bajo la dominación de los mongoles, intenta invadir Japón en dos ocasiones. Estos intentos de invasión de las islas provocaron una militarización de la sociedad y suponen el ascenso de la clase guerrera: los samurais.
Se producen luchas entre los clanes de samurais , creando una situación de inseguridad que hace que la población civil se instale alrededor de las fortalezas de los señores, buscando su protección potenciándose así el desarrollo de las ciudades.
Durante este siglo se difunden por Japón las enseñanzas de la secta budista Zen, que propugnaba una nueva vía hacia la iluminación, alejada de dogmas y folclores rituales, centrada en la contemplación como único medio para conseguir el estadio nihilista.
Esta filosofía no conoce dios ni culto, ni se puede transmitir con palabras, sólo sugerir mediante símbolos que conducen a ese estado.
De ahí deriva la unidad entre contemplación, intuición, poesía y estética, que se manifestará en la ceremonia del té (Chanoyu), el arreglo floral (Ikebana), la arquería (Kendo), el teatro No, los Haikurus (poemas de diecisiete sílabas), la caligrafía y la pintura.
El Bushido, código moral de los samurais, tendrá muchas concomitancias con esta filosofía, por lo que los samurais lo apoyaran y favorecerán la construcción de templos por todo el país.
Templos que serán construidos y decorados impregnados por esta filosofía, y, por lo tanto, alejados de todo manierismo y decorativismo, con un sentido conceptual y sobrio que no ha sido asimilado por occidente hasta la segunda mitad del siglo XX.
Las luchas civiles continúan hasta el siglo XVI en que se inicia un nuevo orden, prevaleciendo una alianza entre tres clanes que logran la reunificación del país imponiendo un rígido control del poder central mediante el establecimiento de un sistema burocrático muy rígido que controlaba casi todos los aspectos de la vida.
Este periodo se conoce como la época MOMOYAMA, en la que la capital estaba en Kyoto.
En esta época tuvieron lugar los primeros contactos con occidentales (1542), lo que tuvo consecuencias rápidamente, pues conocieron las armas de fuego y esto hizo que los shogunes empezaran construir fortalezas de piedra y no de madera como se hacía hasta entonces.
La escuela KANO y la escuela TOSA serán las que decorarán los castillos feudales del periodo MOMOYAMA, caracterizándose por un estilo decorativo y colorista y por la representación de escenas de la historia japonesa.
En los primeros años del sigo XVII la capital se traslada a Edo, la actual Tokio, con motivo del nombramiento de un nuevo SHOGUN (generalísimo) Tokuawa Ieasu, con lo que se inicia el periodo EDO.
Bajo su mandato se prohibe todo contacto con el exterior, se expulsa los extranjeros, se prohibe el cristianismo e incluso se llegó prohibir la vuelta a Japón de los ciudadanos japoneses que se encontraban en el extranjero.
Este aislacionismo se debía al miedo que la clase dominante tenía a que las nuevas formas de pensamiento que traían los occidentales amenazasen la estabilidad social y los privilegios de que gozaban.
Los Tokugawa adoptaron el confucionismo como base ideológica, con lo que la estructura social tiene una rígida jerarquización, en cuya cúspide se encontraba, teóricamente, el emperador, aunque el poder absoluto lo ejercían los Tokugawa. Sin embargo, en este periodo se inicia una cultura eminentemente urbana en la que el peso de las religiones, aunque está todavía presente, se diluye ante otros factores económicos y sociales.
En este periodo las escuelas TOSA y CANO se siguen desarrollando al servicio de la aristocracia, convirtiéndose en un arte decorativista y oficial sin nada nuevo que aportar. Como reacción a este academicismo y en consonancia con el florecimiento de una clase media formada por artesanos y comerciantes, surgen diferentes escuelas alejadas de la rigidez cortesana, que tendrá gran éxito, y que significarán el triunfo de la cultura urbana y de la que sería su máxima expresión: los grabados UKIYO-E.
El periodo EDO se extenderá hasta 1868, año en el que se produce la restauración del poder imperial con la reforma MEIJI, que supuso el paso a una monarquía parlamentaria y el fin del aislamiento.
La apertura de Japón permitió el inicio de la influencia de la estética japonesa en Europa que afectó a todos los campos de la artesanía y el diseño, impulso nuevas tendencias constructivas e irrumpió como una revelación en la pintura moderna, influyendo de forma muy evidente en pintores como Edouard Manet, Edgar Degás, Van Gogh, Paul Gauguin, Henri Toulouse-Lautrec, etcétera.
En Japón, la apertura trajo consigo el que se importaran todo tipo de bienes culturales occidentales. La fotografía y las técnicas de impresión occidentales se adoptaron con entusiasmo, lo que llevaría al ocaso del arte del UKIYO-E.
Eso es todo, nos vemos en el próximo Post, ¡hasta la próxima!
A principios del siglo XIX, cuando los importadores europeos de vajillas orientales recibían sus platos y vasijas envueltos en hojas de papel adornadas con imágenes impresas, sonreían ante las “bárbaras” figuras y las tiraban a la basura.
Hasta que se presentaron grabados japoneses en color en la Exposición Internacional de Londres, en 1862, a la que siguieron otros certámenes oficiales en París y Nueva York, los amantes del arte en Occidente no captaron su valor intrínseco.
Allí tenían una nueva manera de ver, un modo de evocar brillantemente una imagen mediante un mínimo de líneas espontáneas y macizas superficies de color, un medio de aprehender la intimidad y la naturalidad de la vida cotidiana. No cabía duda de que aquellas eran obras de grandes artistas.
Así empezó el idilio entre Occidente y las xilografías japonesas. Actualmente, un grabado japonés puede alcanzar un alto precio en el mercado del arte. Por ejemplo, en la década pasada, el valor comercial de grabados raros en buenas condiciones de conservación se ha multiplicado por doce, sin que el aumento haya llegado a su fin.
Al mismo tiempo, por fortuna para los aficionados de pocos recursos, se pueden encontrar originales menos perfectos o menos raros por unos 250 euros.
El grabado en color floreció en el Japón sólo durante un breve período: de la década de 1740 a la de 1860. En esos años, aquella nación insular se hallaba herméticamente cerrada al mundo; los extranjeros tenían prohibida la entrada, y los japoneses no podían trasladarse fuera del país.
La libertad estaba severamente reglamentada, e incluso una crítica indirecta de los gobernantes podía ser causa de arresto.
En semejante atmósfera, los habitantes de Tokio buscaban solaz en el barrio de las diversiones, Yoshiwara, que con sus casas de geishas y restaurantes desarrollaba una gran actividad comercial, y ofrecía a los habitantes de la ciudad una alegría pasajera como compensación de las somibrías frustraciones de la vida en un estado policíaco.
Y de este mundo de placeres, embellecido por la luz de la luna y los capullos de cerezo, por canciones y vino y mujeres bonitas, el arte del grabado en color tomó su carácter y su nombre: Ukiyo-e, es decir, “Imágenes del mundo flotante”.
Producido casi exclusivamente en Tokio por hombres enamorados de la ciudad y sus habitantes, fue un arte festivo e irreverente. Sus vívidas escenas de la vida urbana, sus paisajes soñadores, sus jóvenes amantes retozones, sus alegres reuniones en barcas, sus actores de entrecejo fruncido, pero, sobre todo, sus bellísimas mujeres, nos transportan a un reino luminoso y mágico.
Una xilografía es un triple milagro, el producto de tres pares de ojos y de manos. El artista, o diseñador, es el que marca la pauta. Inspirado por su musa, hace el boceto con tinta y pincel sobre una delgada hoja de papel.
En seguida, el grabador o xilógrafo se lleva el dibujo al taller y lo traslada, invertido, a la lisa superficie de un bloque de madera de cerezo. Con un afilado cuchillo profundiza en la superficie de la madera dejando realzadas las líneas del dibujo.
El impresor es quien dice la última palabra. Habiendo entintado el bloque con sumo cuidado, extiende sobre él una hoja húmeda de papel hecho a mano y ejerce presión sobre éste a través de una almohadilla, con lo que obtiene una imagen estampada, réplica del dibujo original.
En 1764, la técnica había alcanzado su perfección. Ya era posible usar todos los bloques que fueran necesarios, a veces más de diez, para hacer una sola estampa.
El pigmento (acuarela mezclada con pasta de arroz) se aplicaba al bloque antes de cada impresión. Como los bloques se gastaban con el uso, el número de ejemplares era limitado.
De algunas grandes estampas solamente sobreviven unas cuantas a menudo en muy lamentables condiciones.
¿Quiénes eran los artistas capaces de arrancar ese frágil arte de un medio esencialmente tosco como la xilografía? Para los miembros de la clase dirigente japonesa, formaban parte de la masa común; se trataba de plebeyos, hombres sin categoría social, cuyas vidas no eran dignas de ser registradas.
Por ejemplo, casi no se sabe nada de Sharaku, autor de vitales estampas de actores gesticulantes que son ahora tan buscadas.
Monorobu era hijo de un bordador, y de niño trabajó en el oficio de su padre. Más tarde se hizo monje.
El padre de Hiroshige era fogonero. Kuniyoshi, hijo de un tintorero de sedas.
Se dice que Hokusai, hijo adoptivo de un fabricante de espejos, vendía dulces y pimientos rojos a orillas del río, en Tokio.
Kiyonaga creció en los pobres alrededores del mercado de pescados, y resultó ser el colmo del refinamiento.
Su especialidad eran estampas de mujeres bellas de Tokio.
Tal como las traducía el papel, las damas del Japón, a menudo de piernas cortas, resultaban altas, lánguidas y esbeltas cual juncos.
Un sublime y totalmente inalcanzable ideal de belleza femenina había invadido el Ukiyo-e.
Hoy día, dos de las principales colecciones de grabados están en el Museo de Bellas Artes de Boston y el Museo Nacional de Arte, de Tokio.
El movimiento es muy vivo, y Londres y Nueva York son los centros más importantes de este arte.
En los últimos años, los japoneses han estado pujando con interés por los grabados en los mercados occidentales, en contraste con los días en que, como me dijo sarcásticamente un amigo nipón, “estábamos demasiado ocupados encargando por correo una civilización occidental para prestar atención al drenaje de esta parte esencial de nuestra herencia cultural” .
Las estampas del mundo flotante han hecho una larga travesía desde que se utilizaban como papel para envolver platos y vasijas orientales.
La legión de sus admiradores en todo el mundo se multiplica a cada exposición, a cada venta importante. Su cálida humanidad y su gloria artística hacen de ella un tesoro universal que debe ser explorado y protegido tanto por Oriente como por Occidente.
Las realizaciones japonesas parten del carácter que imprimen las condiciones de vida en las islas, donde siempre se vive bajo la amenaza de los terremotos, los corrimientos de tierras, los tifones, los maremotos y el fuego.
Esto ha provocado en el espíritu japonés una veneración a las fuerzas de la Naturaleza que se manifestará en el sintoísmo y más tarde en el zen.
También se asimiló en Japón el budismo, aunque ello provocó inicialmente un periodo de cruentas luchas pues muchos veían en esta nueva religión el fin del sintoísmo. Pronto se vio que no era así, que no interfería con los rituales sintoístas.
La introducción del budismo fue un hecho de capital importancia en Japón pues supuso la introducción desde China de la escritura, desconocida hasta entonces en este país.
Al mismo tiempo que la filosofía, llegaron las formas artísticas que comporta la celebración de los rituales budistas, que también vinieron desde China, una cultura muy refinada y muy superior por entonces, siglo VI, a la japonesa.
Se inicia así un periodo de gran florecimiento del arte pues se edifican templos, se erigen estatuas y se necesitan un sinfín de complementos para realizar el culto.
La cultura japonesa vive por tanto en este periodo bajo una dependencia absoluta de la cultura china, que poco a poco va reinterpretando y nacionalizando, hasta el siglo XII, momento en el que ya se puede hablar de una cultura propia.
Sin embargo no es hasta el siglo X cuando se desarrolla el Hiragana, un silabario adaptado a los sonidos japoneses y por tanto una caligrafía propia. Hasta ese momento se utilizaba la caligrafía china.
Durante el siglo XIII China, bajo la dominación de los mongoles, intenta invadir Japón en dos ocasiones. Estos intentos de invasión de las islas provocaron una militarización de la sociedad y suponen el ascenso de la clase guerrera: los samurais. Se producen luchas entre los clanes de samurais , creando una situación de inseguridad que hace que la población civil se instale alrededor de las fortalezas de los señores, buscando su protección potenciándose así el desarrollo de las ciudades.
Durante este siglo se difunden por Japón las enseñanzas de la secta budista Zen, que propugnaba una nueva vía hacia la iluminación, alejada de dogmas y folclores rituales, centrada en la contemplación como único medio para conseguir el estadio nihilista. Esta filosofía no conoce dios ni culto, ni se puede transmitir con palabras, sólo sugerir mediante símbolos que conducen a ese estado. De ahí deriva la unidad entre contemplación, intuición, poesía y estética, que se manifestará en la ceremonia del té (Chanoyu), el arreglo floral (Ikebana), la arquería (Kendo), el teatro No, los Haikurus (poemas de diecisiete sílabas), la caligrafía y la pintura.
El Bushido, código moral de los samurais, tendrá muchas concomitancias con esta filosofía, por lo que los samurais lo apoyaran y favorecerán la construcción de templos por todo el país. Templos que serán construidos y decorados impregnados por esta filosofía, y, por lo tanto, alejados de todo manierismo y decorativismo, con un sentido conceptual y sobrio que no ha sido asimilado por occidente hasta la segunda mitad del siglo XX.
Las luchas civiles continúan hasta el siglo XVI en que se inicia un nuevo orden, prevaleciendo una alianza entre tres clanes que logran la reunificación del país imponiendo un rígido control del poder central mediante el establecimiento de un sistema burocrático muy rígido que controlaba casi todos los aspectos de la vida. Este periodo se conoce como la época MOMOYAMA, en la que la capital estaba en Kyoto. En esta época tuvieron lugar los primeros contactos con occidentales (1542), lo que tuvo consecuencias rápidamente, pues conocieron las armas de fuego y esto hizo que los shogunes empezaran construir fortalezas de piedra y no de madera como se hacía hasta entonces.
La escuela KANO y la escuela TOSA serán las que decorarán los castillos feudales del periodo MOMOYAMA, caracterizándose por un estilo decorativo y colorista y por la representación de escenas de la historia japonesa.
Sin embargo no es hasta el siglo X cuando se desarrolla el Hiragana, un silabario adaptado a los sonidos japoneses y por tanto una caligrafía propia. Hasta ese momento se utilizaba la caligrafía china.
Durante el siglo XIII China, bajo la dominación de los mongoles, intenta invadir Japón en dos ocasiones. Estos intentos de invasión de las islas provocaron una militarización de la sociedad y suponen el ascenso de la clase guerrera: los samurais.
Se producen luchas entre los clanes de samurais , creando una situación de inseguridad que hace que la población civil se instale alrededor de las fortalezas de los señores, buscando su protección potenciándose así el desarrollo de las ciudades.
Durante este siglo se difunden por Japón las enseñanzas de la secta budista Zen, que propugnaba una nueva vía hacia la iluminación, alejada de dogmas y folclores rituales, centrada en la contemplación como único medio para conseguir el estadio nihilista.
Esta filosofía no conoce dios ni culto, ni se puede transmitir con palabras, sólo sugerir mediante símbolos que conducen a ese estado.
De ahí deriva la unidad entre contemplación, intuición, poesía y estética, que se manifestará en la ceremonia del té (Chanoyu), el arreglo floral (Ikebana), la arquería (Kendo), el teatro No, los Haikurus (poemas de diecisiete sílabas), la caligrafía y la pintura.
El Bushido, código moral de los samurais, tendrá muchas concomitancias con esta filosofía, por lo que los samurais lo apoyaran y favorecerán la construcción de templos por todo el país.
Templos que serán construidos y decorados impregnados por esta filosofía, y, por lo tanto, alejados de todo manierismo y decorativismo, con un sentido conceptual y sobrio que no ha sido asimilado por occidente hasta la segunda mitad del siglo XX.
Las luchas civiles continúan hasta el siglo XVI en que se inicia un nuevo orden, prevaleciendo una alianza entre tres clanes que logran la reunificación del país imponiendo un rígido control del poder central mediante el establecimiento de un sistema burocrático muy rígido que controlaba casi todos los aspectos de la vida.
Este periodo se conoce como la época MOMOYAMA, en la que la capital estaba en Kyoto.
En esta época tuvieron lugar los primeros contactos con occidentales (1542), lo que tuvo consecuencias rápidamente, pues conocieron las armas de fuego y esto hizo que los shogunes empezaran construir fortalezas de piedra y no de madera como se hacía hasta entonces.
La escuela KANO y la escuela TOSA serán las que decorarán los castillos feudales del periodo MOMOYAMA, caracterizándose por un estilo decorativo y colorista y por la representación de escenas de la historia japonesa.
En los primeros años del sigo XVII la capital se traslada a Edo, la actual Tokio, con motivo del nombramiento de un nuevo SHOGUN (generalísimo) Tokuawa Ieasu, con lo que se inicia el periodo EDO.
Bajo su mandato se prohibe todo contacto con el exterior, se expulsa los extranjeros, se prohibe el cristianismo e incluso se llegó prohibir la vuelta a Japón de los ciudadanos japoneses que se encontraban en el extranjero.
Este aislacionismo se debía al miedo que la clase dominante tenía a que las nuevas formas de pensamiento que traían los occidentales amenazasen la estabilidad social y los privilegios de que gozaban.
Los Tokugawa adoptaron el confucionismo como base ideológica, con lo que la estructura social tiene una rígida jerarquización, en cuya cúspide se encontraba, teóricamente, el emperador, aunque el poder absoluto lo ejercían los Tokugawa. Sin embargo, en este periodo se inicia una cultura eminentemente urbana en la que el peso de las religiones, aunque está todavía presente, se diluye ante otros factores económicos y sociales.
En este periodo las escuelas TOSA y CANO se siguen desarrollando al servicio de la aristocracia, convirtiéndose en un arte decorativista y oficial sin nada nuevo que aportar. Como reacción a este academicismo y en consonancia con el florecimiento de una clase media formada por artesanos y comerciantes, surgen diferentes escuelas alejadas de la rigidez cortesana, que tendrá gran éxito, y que significarán el triunfo de la cultura urbana y de la que sería su máxima expresión: los grabados UKIYO-E.
El periodo EDO se extenderá hasta 1868, año en el que se produce la restauración del poder imperial con la reforma MEIJI, que supuso el paso a una monarquía parlamentaria y el fin del aislamiento.
La apertura de Japón permitió el inicio de la influencia de la estética japonesa en Europa que afectó a todos los campos de la artesanía y el diseño, impulso nuevas tendencias constructivas e irrumpió como una revelación en la pintura moderna, influyendo de forma muy evidente en pintores como Edouard Manet, Edgar Degás, Van Gogh, Paul Gauguin, Henri Toulouse-Lautrec, etcétera.
En Japón, la apertura trajo consigo el que se importaran todo tipo de bienes culturales occidentales. La fotografía y las técnicas de impresión occidentales se adoptaron con entusiasmo, lo que llevaría al ocaso del arte del UKIYO-E.
Eso es todo, nos vemos en el próximo Post, ¡hasta la próxima!