Per ardua ad astra
Capítulo I
Los relojes de bolsillo tienen particularidades interesantes. Son piezas mecánicas que establecen un esquema determinado. Fragmentados en segundos -algunos llegan incluso más lejos-, su margen de error está determinado por la capacidad de abstracción del ser humano. Tanto es así que probablemente debamos darle cuerda, o actualizarles el horario de vez en cuando. Lo mismo que la muerte es la última idea y, quizás, la más negada por la especie.
Bajo una engañosa apariencia rectilínea, las agujas van al son del tic-tac provocando a la certidumbre ¿a qué? A aparecer repentinamente, o a desaparecer gradualmente.
Esta engañosa apariencia rectilínea esconde un sinfín de líneas curvas, engranajes giratorios, de incertidumbres. Es que allí reside la falla de todo reloj: en su configuración interna.
Alguna vez, alguien dijo: “todo lo que prospera en vida, produce y reproduce el germen de su propia destrucción”. La relación contradictoria entre aquellas agujas que no parecen escaparle a la perfección junto a esos círculos de metal que son su motor, causa de su degradación, es lo que hace a los relojes de bolsillo interesantes.
¿Quién, ante la falla de estas réplicas de la mente humana, no considera, en un principio, que la solución debe estar en su interior? Por tanto la causa.
Más no temáis, que en cuanto a réplica nos referimos, no señalamos al original.
Entonces temed, porque el original, por ahí, no tenga la solución en su psiquis, más tampoco la causa. O ambas tengan un carácter tan lejano, casi disociado, que sólo el mismo objeto primero puede conectarlas.
Capítulo II
Podemos imaginarnos el escenario del primer barco pesquero que sale al amanecer, dirigiéndose hacia el Este. Recién zarpado, con las redes todavía escondidas. La proa lanzada está tocando, en su extremo superior, al horizonte de nubes celestes que inundan el cielo gris.
Imaginamos el Sol queriéndonos pasar por el costado, lo vemos a unos metros nomás, apenas corrido hacia la izquierda del último vértice del barco; nos esquiva. Incluso, aunque su pincelada acuosa esté apuntando hacia nosotros, nos esquiva.
Los barcos tienen particularidades interesantes. Son piezas mecánicas que establecen un esquema determinado. Fragmentados en segundos -algunos llegan incluso más lejos-, su margen de error está determinado por la capacidad de abstracción del ser humano.
Tanto es así que... probablemente... el horizonte y la proa sean dos líneas perpendiculares, cuyos ángulos internos estén a dos grados de diferencia uno del otro.
Vimos al Sol, que nos pasó por al lado, porque bajo una engañosa apariencia rectilínea, las agujas van al son del tic-tac, el barco va perpendicular, provocando a La Estrella ¿a qué? A aparecer repentinamente, o a desaparecer gradualmente.
Mananuu. 2015.
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