Mi celda, mi alma.
Leyendo “El Conde de Montecristo”
usando como señalador
una receta de clonazepam.
Llueve despacio, las gotas caen
con funesta letanía
como muertas
y suspendidas en el espacio.
Leo con miedos y terrores y fantasmas.
Leo esperando que la vida se dirima.
Leo como Dantés rasguñando las paredes,
en la oscuridad y la soledad absoluta
como único consuelo la venganza.
Tocando fondo.
Hoy siento que caigo
en un hueco
en el suelo,
sin fin ni fondo,
ni luz,
ni aire.
Hoy caigo de espaldas
viendo el mundo
girar indiferente.
Hoy caigo cobardemente,
rendido,
sin coraje
para levantar los brazos
y cubrirme
de las piñas que desarman
mi cara y mi alma.
Hoy caigo
en un vaso de vino rancio
creyendo que alivia
la culpa que siento.
Culpa de ser, saber y hacer nada.
Lujuria.
No habrá lugar en el mundo
donde encuentres paz verdadera
Iniciaste esta cruenta guerra
lujurioso chacal inmundo.
No habrá justicia divina
ni leyes humanas,
ni dios bondadoso,
ni santa clemencia.
No habrá bote que te salve,
de la tempestad de este río,
de vendavales saldrán vendavales
que asfixien tu pecho vacío.
No habrá barrotes visibles
donde guardar tu pena,
desprecios y miradas
serán tu condena
sobre tu falsedad inservible.
Tus infiernos y miserias
serán vistos en esta tierra.
No es justicia, esto es venganza.
Sencillez.
De niño no recuerdo haber sido
ni demasiado alegre
ni demasiado triste,
vivía en una especie
de resignación apática.
Tuve desde los seis años
una obsesión con la muerte,
especialmente por el suicidio.
De madrugada me levantaba de mi cama,
salía al pasillo que conectaba
a mi habitación con la cocina
y abría todas las hornallas
y esperaba unos segundos
hasta que el miedo a morir
me hacía temblar como un papel,
imaginaba a todos muertos
de un color parduzco
producto de la inhalación
de gas toxico,
me imaginaba a mí mismo
gordo y todo reventado
con granos purulentos abriendo
la maldad de mi ser por mi piel.
Pero como siempre me acobardaba,
aun me acobardo
y no tiro del puto disparador del revólver
y termino con toda esta estupidez.
Leyendo “El Conde de Montecristo”
usando como señalador
una receta de clonazepam.
Llueve despacio, las gotas caen
con funesta letanía
como muertas
y suspendidas en el espacio.
Leo con miedos y terrores y fantasmas.
Leo esperando que la vida se dirima.
Leo como Dantés rasguñando las paredes,
en la oscuridad y la soledad absoluta
como único consuelo la venganza.
Tocando fondo.
Hoy siento que caigo
en un hueco
en el suelo,
sin fin ni fondo,
ni luz,
ni aire.
Hoy caigo de espaldas
viendo el mundo
girar indiferente.
Hoy caigo cobardemente,
rendido,
sin coraje
para levantar los brazos
y cubrirme
de las piñas que desarman
mi cara y mi alma.
Hoy caigo
en un vaso de vino rancio
creyendo que alivia
la culpa que siento.
Culpa de ser, saber y hacer nada.
Lujuria.
No habrá lugar en el mundo
donde encuentres paz verdadera
Iniciaste esta cruenta guerra
lujurioso chacal inmundo.
No habrá justicia divina
ni leyes humanas,
ni dios bondadoso,
ni santa clemencia.
No habrá bote que te salve,
de la tempestad de este río,
de vendavales saldrán vendavales
que asfixien tu pecho vacío.
No habrá barrotes visibles
donde guardar tu pena,
desprecios y miradas
serán tu condena
sobre tu falsedad inservible.
Tus infiernos y miserias
serán vistos en esta tierra.
No es justicia, esto es venganza.
Sencillez.
De niño no recuerdo haber sido
ni demasiado alegre
ni demasiado triste,
vivía en una especie
de resignación apática.
Tuve desde los seis años
una obsesión con la muerte,
especialmente por el suicidio.
De madrugada me levantaba de mi cama,
salía al pasillo que conectaba
a mi habitación con la cocina
y abría todas las hornallas
y esperaba unos segundos
hasta que el miedo a morir
me hacía temblar como un papel,
imaginaba a todos muertos
de un color parduzco
producto de la inhalación
de gas toxico,
me imaginaba a mí mismo
gordo y todo reventado
con granos purulentos abriendo
la maldad de mi ser por mi piel.
Pero como siempre me acobardaba,
aun me acobardo
y no tiro del puto disparador del revólver
y termino con toda esta estupidez.