InicioArteLos amados muertos.
Hoy he querido compartir con ustedes un texto que me encanta de uno de los maestros del terror, Howard Phillips Lovecraft. El texto no hace parte de su conocida mitología del Cathulhu, es un cuento completamente aparte pero lleno también de todo el misterio y terror que suele rodear sus relatos.

De antemano les digo que el texto contendiente algunos términos que no son comunes y que pueden hacer que sea un texto, para algunas personas, dificil de leer.

Los amados muertos.

Los amados muertos.

Es media noche. Antes delalba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceréinterminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen micorazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
 
Mi asiento es la fétidafosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída ydesgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y lade una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fueramediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadastumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas denauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra elenfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado,semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecidopor el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, peropara mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-, con unsilencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mimorada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesosque se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerandola estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón conjúbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!
 
Mi temprana infancia fue deuna larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido,enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fuirelegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildabande aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegosinfantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor paraparticipar en ellos, de haberlo deseado.
 
Como todas las poblacionesrurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Susimaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a algunaanormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza conominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiososme señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros,que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumoresdifusos y misteriosos acerca de un tíotatarabuelo que había sido quemado en lahoguera por nigromante.
 
De haber vivido en unaciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizáshubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
 
Cuando llegué a laadolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía dealicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa midesarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicableinsatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Unsepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudadera señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeralera el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía asegurarse que elpueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria.Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente.Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólorepresentaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendoante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticascondenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nadafuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección deofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritosde tales ocasiones.
 
Algo en la estanciaoscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montonesde fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de losciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi atención.Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí porla estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
 
Por primera vez, estabacara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidadde arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me parecióque el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentísacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tanfurtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientrasrememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberseoriginado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechandosilenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influenciaque parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación.Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpotensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerradosdel difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentinosalto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, comotratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
 
Una salvaje y desenfrenadasensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternalme devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúdtapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
 
Acompañé al cortejo hastael cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes.Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... algunaabominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos deBelial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambiode mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre;pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo materialpara sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de laquincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad.En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque noera la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausenciadel deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos meturbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y losmaldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquierasoñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un serleproso y obsceno.
 
Yo, de haber adivinado elexecrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado parasiempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
 
Las tragedias vienen amenudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de misconciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres.Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tangenuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado ycontrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis.De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopanteenviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudíde mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por lacarga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué lacámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de esediabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
 
Cada inspiración mevivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabíaque era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría,dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar misanhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban lamadeja de mi destino.
 
Demasiado bien sabía que, através de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora demi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a laespantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenéticopor la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía,me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera comoaprendiz.
 
El golpe causado por lamuerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de habersacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión,la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente,tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería elobjeto de mi primera lección práctica!
 
También él murióbruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta elmomento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme derealizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgorentusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable puntode vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciadospensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazónmientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
 
Amor sin par era la notaclave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubierasentido hacia él cuando estaba vivo.
 
Mi padre no era un hombrerico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser losuficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en unaespecie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracasototal en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero lasencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor paramí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo queme había hecho buscar empleo.
 
La venta de los bienes meproveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, unaciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamenteútil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de laCorporación Gresham, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de laciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos...porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
 
Me apliqué a mi tarea concelo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, ypronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traídoal establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, deirreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arteriasque transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cadasatisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traíanmuertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de losabismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes dela ciudad.
 
Llegaron entonces lasnoches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por lastenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando laluna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtivafigura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre suespalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas nochesde merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida desensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna deansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de solucionesimposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
 
Con todo, yo sentía unasuprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que unempleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntoscotidianos- abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fríala vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variandoel método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par demanos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extáticahora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por laposibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a misdeleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando,ese doble y postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
 
Durante las largas nochesen que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio demausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a losmuertos que amaba... ¡los muertos que me daban vida!
 
Una mañana, el señorGresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarmetendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazosalrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojosllenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salacessueños.
 
Educada pero firmemente, meindicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba unlargo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que miimpresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funestaatmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban midetestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que elresponder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultostras mis actos.
 
Tras eso, no me atreví apermanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abiertodescubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de puebloen pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta uncrematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca dela muerte que tanto anhelaba.
 
Entonces llegó la GuerraMundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver,cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo detrincheras anegadas de lluvia... mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas... humeantes frenesíes de las fuentesdel Flegeton1...letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastadosy destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
 
En cada vagabundo hay unalatente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses mástarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham.Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras quelos años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas habíaun puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yoconsiderara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, laspersianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una mudaconfirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: queahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia conlas faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia lamaltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todoesto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecidototalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasosa Bayboro.
 
Aquí, también los añoshabían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de misrecuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempode guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendoque aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobrela puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham,mientras que los muchachos estaban en ultramar.
 
Alguna fatídica disposiciónme hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con ciertorecelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta.Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
 
Entonces volvieronerráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y unincontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado laprecaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, laprensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes,comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudadaños atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre susenmarañados pliegues... ¡nada!
 
Mi sed del nocivo néctar dela muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar losperíodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo,pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba aproseguir.
 
Durante todo este tiempo,mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otrainfluencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejédeslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vitalimportancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé unapequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenarmi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en midirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener laimperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu. Enseguidallegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de midemoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentadanavaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y laguardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandesbrechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destinohaber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hastaun callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozadapuerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros,cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas.Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de laciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales deFenham. Si podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes delalba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con lospodridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían comobrazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
 
Los diablos de las funestasdeidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiadomis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde,macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio deFenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, asabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanzade haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no habíaoído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre lamaleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o sehabía desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
 
El hambre roía mis tripascon agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero,con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambredel estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanasde mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con elpensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabíaque era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como unalámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea desatisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mismovimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras comoun fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado poralgún invisible acólito de Satanás.
 
Y aun mi alma endurecidapor el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilionatal, el lugar de mi retiro de juventud. Luego, esos inquietantes recuerdospasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercasde esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de lasdestrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante uninstante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. Elsilencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hastaque unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontraría remedioa mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientrasfranqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendidaforma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dóndeestarían?-, bueno, podían esperar. Mis engarfados dedos se deslizaron hacia sugarganta...
 
Horas más tarde volvía aser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciososcuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del díainvadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de latemeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sidodescubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaríala tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez habíasido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible deidentidad... las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas.Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido deuna ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esanoche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en losbosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de larenovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.
 
Me apresuré a través de lalarga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortalezamenguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de laperturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar laexótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos.Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, lamedianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padresaños atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antesde ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban midestino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
 
¡Dios! ¿Pueden haber pasadoescasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido unaeternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡Elnocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos delalba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavíalejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren yme aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelosdesesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
 
¡No me cogerán! ¡Hay unapuerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -muchomejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré estarelación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice loque hice.
 
¡La navaja de afeitar!Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hojaensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Unrápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, lasangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitaslápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición...dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías noescritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramenteen demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos batenespantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro...fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosaburla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infiernoen mi alma enferma... no puedo... escribir... más...



Los amados muertos

 
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