Bailando en el cielo, y alejados del suelo, concibieron su amor… Graznando, ella, sus huevos incubó. Graznando, él, a su hija alimentó. Graznando, la pequeña, a sus padres amó. El resto de sus hermanos, jamás conoció la luz del sol. La naturaleza, a ellos, ese privilegio les negó. Entre el barro y la hierba del nido, creció y se fortaleció, sabiendo la pequeña, que pronto llegaría su migración. Las enormes bisagras de las colosales puertas de Galok, frenaron el frío… Los robustos hierros de la gigantesca construcción, la protegieron del calor… La ciudad galiense, hermosa y amplia, al igual que la pasión con la cual los padres adoraban a su única hija, gozaba de innumerables habitantes, respetuosos y exitosos en sus tareas… Muchos de ellos, veneraban tanto a la luz del día, que casi no salían a contemplarla para no ofenderla. A diferencia de los soldados, que patrullaban tanto de día como de noche… Ciudadanos elegantes, de miradas purpúreas y estaturas elevadas. Soldados encumbrados, resguardados en sus largos atuendos negros. El ejército de Galok, era conocido de un continente al otro como el “Torreón Oscuro”. Guardianes que además de camuflarse con las penumbras, podían deslizarse a grandes velocidades sin la necesidad de animales de montura… Guerreros nocturnos, rápidos y punzantes como la furia de un rayo. La ciudad de Galok, era tan temida como la ciudad de Triliaz, con la cual unían fuerzas en más de una ocasión, siendo las aves migratorias en el cielo testigos de matanzas y conquistas de una violencia escalofriante. Los que alguna vez habían sido pichones, ahora eran jóvenes de plumajes negros, azulados, y brillantes… Inquietas, las aves se desprendían de los nidos cayendo con sus frágiles cuerpos sobre las corrientes de aire, revoloteando en círculos entre brisas desafiantes y nubes espumeantes. La hija única, de frente roja herrumbrosa y vientre blanco ambarino, también se unió al tumulto de sus pares en las alturas. Todos los padres observaban orgullosos, arropados los unos con los otros desde lo bajo de las ramas. Los hijos habían aprendido a volar y a defenderse por sí solos, las aves más viejas podrían irse en paz. El clima mudaba sus aires y el alimento escaseaba, los que podían viajar y no caer por millares anunciaban su retirada… así era la vida de un emplumado libre y salvaje. La hija única abrazó con tristeza a los que le dieron la vida, ellos disimularon su angustia y con sonrisas la despidieron. Joven y hermosa se retiraba, sabiendo triste que su familia se fragmentaba. El único consuelo era el de saber que pronto ella misma forjaría su linaje. Los pequeños alados emigraron a islas lejanas, donde el alimento sería abundante. En el camino, los más jóvenes vieron por primera vez la imponente marcha del “Torreón Oscuro”, soldados de simientes frívolos y pálidos que ni siquiera se detuvieron a mirar a la enormidad en el cielo que pasó por el sendero dejándolos en sombras. La bandada se adentró en las aguas turbulentas del Mar Ecléo, y luego de incontables ráfagas de viento contra rostros frescos y desafiantes, llegaron exhaustos, hambrientos y con el plumaje alborotado, a la bella isla de Ghoromeo. Enormes bestias, de lomos abultados, descansaban sobre sus cuatro patas cuando advirtieron la llegada de aquellas aves que traían consigo el comienzo de una nueva estación, atiborrada de exuberante comida y también calor. Los frutos, en hileras infinitas maduraban. Los insectos del néctar de las flores se empachaban. Y los peces, apretados, del mar hacia la arena brincaban. Los animales domesticados, a diferencia de los salvajes, reposaban sobre las maderas de los cobertizos, en sus concernientes cabañas, ubicadas en su mayoría sobre médanos cobijados a la sombra de largas hojas de palmeras que rodeaban el sitial de los ancianos, los cuales permanecían en sus catres, durmiendo la irrefutable siesta de la tarde. Los Fúrigats permanecían amarrados con largas cadenas de gruesos eslabones que iban desde sus cuellos, hasta los brazos de sus longevos amos. Así era como dos criaturas de razas diferentes, unían sus almas para siempre… Sólo los Fúrigats exploradores andaban por la isla sueltos, a la expectativa de alguna amenaza, y por lo general los encargados de estas tareas eran los más ágiles y livianos. Los pájaros fueron amablemente recibidos y bien alimentados por la amplitud de la isla de protuberancias doradas y verdes selvas. Luego de varias jornadas y tan pronto como la indecisa hija única concibió pareja, la camada se marchó a otras tierras en donde germinarían a una nueva prole. Los nómadas emplumados emigraron con estómagos llenos y embriagados de alegría. Las monstruosas criaturas del imponente y oscuro Mar Ecléo, observaron entre burbujas aquella enorme nube de minúsculas aves que volaban sin permiso sobre sus aguas, desairándose en lo alto del cielo, de esos que no tenían alas, y que rabiosos las envidiaban e intentaban derribar con saltos torpes y grotescos. Magníficos castillos que subían y bajaban sobre calles desparejas, se dibujaron a lo lejos. La nube de plumas descendió bruscamente el vuelo y se divirtió entre murallones y revoloteos. Pegándose los cuerpos, tomaron forma de vara y salieron serpenteando con un brusco cambio de velocidad por los enredados senderos de la ciudad… Acariciaron con el pecho las flores del jardín real y contornearon en bandadas las colosales raíces de los árboles de la vida. Nuevamente elevaron sus vuelos y, bailando en el cielo, todas las parejas su amor concibieron. Separándose en dúos, macho y hembra ocuparon los nidos que antiguamente sus padres habían construido… La hija única guió a su compañero hasta la cima más alta del palacio, y allí, entre las tejas del soberbio mirador, su nido encontró. En las jornadas siguientes, en lo más alto de la gran Triliaz, a sus hijos empollaría. Pero algo por lo bajo la inquietó, y fue la brusca entrada al castillo de un guerrero, que buscaba a un tirano emperador. Crónicas de la Divina Tierra. "La caída de los Manssul." Capítulo VI Bailando en el cielo.
Bailando en el cielo.
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