Oigo musitar a mi desdicha cantos de otras épocas sagradas, nostalgias que aluden al poema que sepulto está entre las memorias. Oigo crepitar a mi desdicha lacerar la carne de mi cuerpo; estorbar al órgano del tedio, y a los pensamientos que ya están proscriptos. Miro delirar a mi desdicha con los epitafios de las almas grandes, con las vanaglorias de los cuerdos, con las amapolas desbordadas de oropeles, con las sanguijuelas de la luna. Miro copular a mi desdicha con los clavicordios de un barroco sueño de llantos anclados en los maremotos. En el sempiterno blues desnudo ante el personal del municipio.
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