Entonces el poeta quedo vacío. Sus más hermosos versos desperdiciados en una extraordinaria obra puesta en pedestal de oro para la mujer que fue todo para él. Noches en vela imaginándola a su lado, tiradas al mar revuelto de las tormentas de invierno que estrellan con fuerza la costa. Sintió entonces caer una delgada capa de hielo sobre su cuerpo y se estremeció por el más oscuro temor de todo poeta; ya no tenía motivos para escribir. Decidió entonces que era momento para deshacerse sus tiernos pero ultrajados sentires que le hicieron vulnerable a la arremetida violenta de una traición que le destrozo en mil pedazos. Tomo la iniciativa de escribir sobre un samurái, pero ¿qué podía saber un poeta romántico francés sobre la peligrosa vida de un samurái japonés? Giraba la vista pero siempre su mirada se veía cortada por hojas de papel arrugadas o enrolladas con ira por la pésima calidad de lo escrito en ellas. Recordó entonces como sus suaves y delicados labios fueron camelo para su alma, y como luego esos mismos labios reposaban sobre la piel desnuda de un tipo que se le hizo ligeramente conocido de algo. Aquel dolor se le antojaba similar al que una afilada espada podría causar al penetrar la espalda descubierta de un soldado descuidado. Alzo una taza con café caliente, dio un gran sorbo y de inmediato su cuerpo descanso del frió que lo mantenía tenso. Justo antes de reposar la taza otra vez sobre la servilleta en la que se encontraba, vio como se había formado un aro marrón e irregular en ella. Coloco la taza y bajo ella nació un pañuelo de seda manchado de sangre. Sorprendido miro por la ventana y vio como las gotas de lluvia se transformaban una a una en flechas salvajes que se enterraban súbitamente contra la hierba. Sacudía la cabeza con frenesí, convencido que eso lo devolvería a su tibia y silenciosa alcoba. Una y otra vez lo intentó pero donde quiera que mirara solo hallaba ensangrentados cuerpos de guerreros caídos en batalla. Solo dio crédito a sus ojos cuando en una bocanada de aire su olfato fue invadido por un penetrante olor de sangre y acero oxidado. Ante su mirada atónita pasaron fugazmente los más importantes momentos junto a su amada pero desleal mujer. Ante la misma mirada atónita se convirtieron en la épica historia de una guerra librada cientos de años atrás en las coloridas praderas del antiguo Japón. Isaac Benavides Tengan todos un excelente día. Es mi primer post en taringa y deseaba compartir con ustedes este texto que fue uno de los primeros que escribí y escuchar sus opiniones o comentarios, cualquier critica sera bien recibida. Quienes me regalaron de su tiempo para leer les agradezco profundamente y de corazón espero que lo hayan disfrutado. Escribir es algo que llevo poco tiempo haciendo pero que en realidad disfruto. Por el día de hoy me despido y les diré que estaré publicando mas de mis escritos. De nuevo mil gracias por leer, me complacería que leyeran mis futuros post.
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