CENTAURO
Como al que guió Virgilio,
también me hallaba,
a la mitad del camino,
en una senda malograda.
El séptimo me esperaba.
Y ni más ni menos que a otro
hijo del destino o de la nada,
fui blanco de su rayo, fulminada.
Demonios de todas suertes
pasearon por mi alma,
mi cuerpo y mi sombra.
Murió la esperanza.
Los días eran noches
y las noches, calvarios.
Cada lágrima,
un mar de sargazos,
cada suspiro un corolario.
Y en medio del caos mortal
un centauro llegó a mi entierro.
Cargaba en las manos
un dolor infinito de perro negro.
Sus ojos enarbolaban el dolor
en su rostro surcado de llanto.
Su alma, vendida hacía tiempo,
caminaba por piedras y cantos.
Mi espalda no olvida el contacto furtivo,
de su mano rozando, con descuido.
La risa insolente, sin eco,
resuena aún en mi oído.
¿Cómo se ayuda a un centauro herido?
¿Cuándo se le declara perdido?
Su mitad humana fue una gacela,
la otra, un profundo hastío.
De ese infierno salimos
el centauro y yo, sin abrigo.
El tiempo devuelve la paz,
y arrastra consigo el olvido.
Quizá algún día, Centauro,
me cruce yo en tu camino.
El alma en paz, una sonrisa,
y tal vez un nuevo destino.
también me hallaba,
a la mitad del camino,
en una senda malograda.
El séptimo me esperaba.
Y ni más ni menos que a otro
hijo del destino o de la nada,
fui blanco de su rayo, fulminada.
Demonios de todas suertes
pasearon por mi alma,
mi cuerpo y mi sombra.
Murió la esperanza.
Los días eran noches
y las noches, calvarios.
Cada lágrima,
un mar de sargazos,
cada suspiro un corolario.
Y en medio del caos mortal
un centauro llegó a mi entierro.
Cargaba en las manos
un dolor infinito de perro negro.
Sus ojos enarbolaban el dolor
en su rostro surcado de llanto.
Su alma, vendida hacía tiempo,
caminaba por piedras y cantos.
Mi espalda no olvida el contacto furtivo,
de su mano rozando, con descuido.
La risa insolente, sin eco,
resuena aún en mi oído.
¿Cómo se ayuda a un centauro herido?
¿Cuándo se le declara perdido?
Su mitad humana fue una gacela,
la otra, un profundo hastío.
De ese infierno salimos
el centauro y yo, sin abrigo.
El tiempo devuelve la paz,
y arrastra consigo el olvido.
Quizá algún día, Centauro,
me cruce yo en tu camino.
El alma en paz, una sonrisa,
y tal vez un nuevo destino.