¡Pilo! -¿Que haces acá?
En ese momento pensé lo mismo que ella. ¿ Qué hacía yo en la casa de Laura?
¿Era una pesadilla producida por la cantidad de pochoclo que devoré durante la película? ¿Cómo salir de ese mal sueño?
La situación se enredaba endemoniadamente. Gardel me había encerrado en un cuarto, que él mismo cerró desde adentro y se esfumó sin dejar rastros y, para colmo , ese cuarto estaba en la casa de la chica que había conocido en el shopping. ¿Era un experimento y yo era una rata de laboratorio? ¿ quién movía los hilos de esta historia ?
Vamos -Dijo laura. Salí de acá, mi abuelo...
¿Qué pása con tu abuelo?
Estaba tan confundido que la seguí sin pensar. Además , con la fama que Laura les hacía a su papá y al abuelo, no era para andar corriendo riesgos.
Avanzamos por un pasillo hasta una puerta desvencijada.Me abrazó y su perfume se mezcló con el olor de la madrugada.
Salí y caminé junto al paredón del ferrocarril. La calle estaba vacía y lloviznaba, como si en todo el Abasto existiera un clima, siempre lluvioso, diferente al resto de la ciudad.
Mientras me alejaba seguía pensando en lo que había sucedido.¿Por qué Gardel me encerró? ¿Sería Gardel el abuelo de Laura ? Estaba tan metido en mis pensamientos que me perdí.
Después de dar vueltas, pude orientarme y seguí a casa de Teté.
El shopping todavía tenía las luces encendidas.
Caminaba por Aguero y faltaba poco para llegar a Zelaya. En un esquina, una mujer se calentaba las manos junto al fuego. Su ropa era miserable y a su lado había un carrito repleto de cartones y botellas.
Cuando casi estaba pasando, me chistó.
-Muchacho, ¿quiere saber quién es el fantasmas? Sé donde vive, lo puedo llevar.
Las palabras de la mendiga me sacaron el frío de un soplo.
-No se asuste, yo lo tengo visto a usted.
Vino con un hombre gordo en un auto viejo. Están parando en la casa de un periodista , de la Teté; es un buena mujer.
Seguí caminando, no quería complicarme más y tenía muchísimo sueño.
-También vi cuando fueron a lo de Chiche Bombón y a la torre del Astrólogo.
!Increíble! La mujer conocía perfectamente todos nuestros movimientos. La curiosidad , a esa altura, era más fuerte que el cansancio.
-¿Cómo sabe todo eso?
-El barrio escucha.
-En serio, ¿cómo hizo para enterarse de todas esas cosas?
-Desde chiquita vivo en la calle, el Abasto es mi hogar. Conocí a Pugliese, a sus rosas rojas sobre el teclado del piano, a Pichuco Troilo y su bandoneon mágico y, por si eso fuera poco de nombre Luciérnaga. Yo soy la famosa Luciérnaga Curiosa de la que él habla en el tango. ! Qué lindo cantaba Carlitos! Si me invita con un especial de salame y queso y un café con leche, lo llevo hasta el refugio del fantasma.
No sabía qué hacer, por su aspecto miserable, me daba miedo, pero su voz y su actitud era muy cálidas.
-Está bien- le dije. Pero el shopping ya está cerrado.
-Ni loca. !Luciernaga Curiosa nunca va a entrar a ese lugar! Gardel hace muy bien en querer que toda esta cosa moderna se vaya del barrio.Nosotros estábamos tranquilos, no le hacíamos mal a nadie, y un buen día vinieron con las máquinas y nos tiraron abajo el mercado y después hicieron ese mamarracho colorinche. No, querido, a veces la gente piensa que los viejos somos tontos y están equivocados , ¿sabe por qué? Porque un día usted también va a ser viejo, todos tenemos un viejo encima, como dice la cancion esa tan linda que a veces escucha la muchachada. Si me quiere invitar con un buen desayuno lléveme al Roma, un barcito que está acá nomas, cerca de la plaza. !Ése sí que es un lugar como la gente!
A pesar de que los ojos me ardían de sueño y por momentos sentía que pisaba sobre baldosas blandas , decidí llevar a Luciérnaga a desayunar.
El bar Roma era muy antiguo. Había olor a café y a medialunas recién hechas.
Luciérnaga me explicó que era uno de los pocos bares de Buenos Aires que quedaba con estaño y una cabeza de cisne de bronce por el que servían cerveza en grandes porrones de vidrio.
Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana. La silla crujió y me abrazó con sus respaldo curvo. La mesa era chiquitita y los vidrios estaban empañados. En la pared había fotos de Gardel , de jugadores de fútbol de otra época, banderines y el cuadrito autografiado de un boxeador.
El señor que nos atendió hizo dos sándwiches gigantes de salame y queso y nos sirvió dos tazones de café con leche humeante y espumoso.
-Esto es otra cosa- Dijo Luciernaga.
A mí que no me vengan con cosas modernas.
Parecía como si todos los habitantes del barrio estuvieran en contra de los cambios, como si se hubieran quedado pegados a los recuerdos de una época mejor.
Terminamos de desayunar. Empezaba a clarear. Era la primera vez que veía el Abasto sin niebla ni lluvia.
-Bueno- dijo Luciérnaga-. Vamos.
Lo voy a llevar a la guarida del fantasma.
Otra vez volvimos a pasar frente al shopping. Al cruzar la avenida Corrientes, Luciérnaga se dio vuelta, lo miró y le sacó la lengua.
Seguimos caminando por Anchorena. A medida que avanzábamos se escuchaba mas cerca el ruido de los trenes. Estábamos yendo en dirección a la casa de Laura.¿Tendría ella alguna vinculación con el caso? ¿Sería un señuelo para controlar mis movimientos?
Durante la marcha, Luciérnaga que no paraba de hablar. Contaba historias del mercado, de poetas y músicos de tango, de bailarinas y gente de teatro que había conocido en su juventud.
Llegamos al paredón del ferrocarril y doblamos por un pequeña curva. Subimos por una escalera del ladrillos hasta un puente que cruzaba las vías.
Era un viejo puente de hierro con remaches y piso de tablones de madera que rezongaban a nuestro paso.
Cuando estábamos en la mitad del puente, la voz de Luciérnaga se alteró. Me agarró de la mano y apuro el paso.
-No se dé vuelta , m´hijo , nos están siguiendo.