Es más bien poca (o debería decir, mejor, limitada) la consciencia que tenemos los seres humanos sobre el espacio, sobre las dimensiones geográficas, sobre la enormidad cósmica y biológica. La modernidad y su modus viviendi arrojó al hombre en vastísimas metrópolis, industrializadas y en muchos aspectos cerradas; por lo tanto, nuestra concepción de distancia, cercanía, lejanía, proximidad y confinidad se ha resemantizado.
En Medellín, por ejemplo, una ciudad de algo más de tres millones de personas ubicada en una porción de Valle de, aproximadamente, mil kilómetros cuadrados, hay quienes encuentran inmensa la distancia entre una comuna a otra, e incluso consideran desmesurados sus recorridos cuando estos involucran cruzar el río que atraviesa la ciudad. Ni hablar de otras civilizaciones Occidentales, donde el automóvil -además de ser un referente y un un símbolo cultural- es indispensable hasta para desplazarse por el mismo vecindario; la vida es inimaginable sin él.
Frente al hastío que puede llegar a producir ese reduccionismo acomplejado del espacio, esa redefinición minúscula de los términos de las distancias, no hay nada como viajar o leer. Ya lo dijo Cervantes: “El que viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”. Así, cuando un escritor como Germán Castro Caicedo describe el aún desconocido y aún inexplorado universo de la selva en su obra Perdido en el Amazonas, sientes de inmediato tu insignificancia al lado de la colosal materia.
Efraín Gil -el narrador del relato- es representado por Caicedo como aquel hombre incansable y rebosante de osadía que sale hasta el corazón de la Amazonía en busca de su hermano, Julián, un exmarinero de la Armada colombiana, ambicioso y calculador, que actúa segado de poder y se ha extraviado en la aventura de colonizar tierras vírgenes y tribus indígenas sobre las cuales se tejen las más oscuras y antiguas leyendas.
El recurso de analepsis en el que se sostiene este relato resulta ser la herramienta perfecta para el retrato de cada uno de los personajes que construye el autor; cada uno, desde su particularidad y desde su historia (casi siempre trágica antes que cómica) complementan la descripción y la ambientación de una historia cuyo tema central es el ser humano y su relación dimensionada con la naturaleza.
Sin duda alguna los puntos álgidos o clímax del relato son marcados y fácilmente identificables. Su narrativa, además de generar intriga y expectación, tiene el tinte acronicado suficiente para despertar en el lector la más honda y definida idealización de los paisajes amazónicos y de los giros de la historia. Es quizá la primera característica de esta obra y de muchas de las obras de periodismo literario.
Cabe mencionar que, la tragedia de Efraín, por más anacrónica que se piense, no deja de ser ello, una tragedia. Y esta, desde cualquiera que sea su móvil en lo humano, lo acompañará a él y a la literatura hasta el final de sus tiempos. Desestimó por completo el hecho de que porque esta obra no sea estrictamente literatura sea acaso menospreciada; a la luz de este autor, es uno de los mejores relatos de periodismo literario escritos en habla hispana.
En Medellín, por ejemplo, una ciudad de algo más de tres millones de personas ubicada en una porción de Valle de, aproximadamente, mil kilómetros cuadrados, hay quienes encuentran inmensa la distancia entre una comuna a otra, e incluso consideran desmesurados sus recorridos cuando estos involucran cruzar el río que atraviesa la ciudad. Ni hablar de otras civilizaciones Occidentales, donde el automóvil -además de ser un referente y un un símbolo cultural- es indispensable hasta para desplazarse por el mismo vecindario; la vida es inimaginable sin él.
Frente al hastío que puede llegar a producir ese reduccionismo acomplejado del espacio, esa redefinición minúscula de los términos de las distancias, no hay nada como viajar o leer. Ya lo dijo Cervantes: “El que viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”. Así, cuando un escritor como Germán Castro Caicedo describe el aún desconocido y aún inexplorado universo de la selva en su obra Perdido en el Amazonas, sientes de inmediato tu insignificancia al lado de la colosal materia.
Efraín Gil -el narrador del relato- es representado por Caicedo como aquel hombre incansable y rebosante de osadía que sale hasta el corazón de la Amazonía en busca de su hermano, Julián, un exmarinero de la Armada colombiana, ambicioso y calculador, que actúa segado de poder y se ha extraviado en la aventura de colonizar tierras vírgenes y tribus indígenas sobre las cuales se tejen las más oscuras y antiguas leyendas.
El recurso de analepsis en el que se sostiene este relato resulta ser la herramienta perfecta para el retrato de cada uno de los personajes que construye el autor; cada uno, desde su particularidad y desde su historia (casi siempre trágica antes que cómica) complementan la descripción y la ambientación de una historia cuyo tema central es el ser humano y su relación dimensionada con la naturaleza.
Sin duda alguna los puntos álgidos o clímax del relato son marcados y fácilmente identificables. Su narrativa, además de generar intriga y expectación, tiene el tinte acronicado suficiente para despertar en el lector la más honda y definida idealización de los paisajes amazónicos y de los giros de la historia. Es quizá la primera característica de esta obra y de muchas de las obras de periodismo literario.
Cabe mencionar que, la tragedia de Efraín, por más anacrónica que se piense, no deja de ser ello, una tragedia. Y esta, desde cualquiera que sea su móvil en lo humano, lo acompañará a él y a la literatura hasta el final de sus tiempos. Desestimó por completo el hecho de que porque esta obra no sea estrictamente literatura sea acaso menospreciada; a la luz de este autor, es uno de los mejores relatos de periodismo literario escritos en habla hispana.