
En las afueras de Madrid se encontraba La Quinta del Sordo, una finca en la que el pintor Francisco de Goya vivió por mucho tiempo y en la que años después de su muerte se encontró una serie de pinturas al fresco hechas en la pared que representan uno de los logros más importantes en la historia del arte. Estas pinturas son tan espectaculares como enigmáticas, pues demuestran un cambio en la pintura, no sólo del pintor, sino también en el resto del arte. Son la muestra de lo que el arte moderno sería después. Lo que las hace tan enigmáticas es que nunca fueron encomendadas a Goya; mientras vivió, nadie supo de su existencia y nadie sabe con certeza el significado que el artista les dio.

Desde sus inicios como un lento aprendiz en España, su consolidación artística en Italia o la forma en que retrató los horrores de la Guerra de Independencia Española, cada capítulo en la vida del artista tiene algo importante que decir para el análisis de su obra. Las pinturas negras, como se le ha denominado a esa extraña serie que se encontró en su casa, fue pintada en los últimos años de vida de Goya, poco antes de que se mudara a Burdeos y muriera ahí en 1828.


Tal vez no exista una relación entre las pinturas, pero una opinión popular con la que no puedo estar en desacuerdo es que las pinturas negras de Goya son la representación de la condición humana de la época, y en realidad de la humanidad en su totalidad. Ancianos decrépitos, Dios y el tiempo, Saturno devorando a su hijo en busca de mantener su poderío, un perro que resalta la bondad que aún hay en el mundo, la sangre derramada por las peleas cuerpo a cuerpo, aquelarres llenos de gente en busca de algo más… un pastiche de temas que conforman a cada persona puede ser el regalo de Goya para el mundo.
