“¡Abstenganse pensamientos!” grité.
Y los pensamientos callaron,
y todo fue silencio.
El reposo de la mente ahogó
todo el fragor del exterior.
Solo sonaban ahora, el ventilador, y una suave música.
El viento acaricia mi cuello,
pues el aire más bello, es el de la primavera.
Dejo aflojar el cuerpo. Y junto con el denso humo de cigarros,
inició un viaje a otro lugar. Concentrado ahora en mi silencio.
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Un desierto, con unas sombras a lo lejos.
Mis labios están secos, y el cuerpo descansado.
Respiro un aire que no conozco. Veo ruinas,
el sol es insoportable, pero en lo hondo del alma, agrada.
¿A dónde voy ahora?
Camino.
¿y si se hace tarde,
y las tormentas de arena me desnudan hasta la muerte?
Hay ruinas a lo lejos.
Hace mucho frío, mis pies están azules.
Pero el viento sigue acariciando mi cuello en este lugar.
Los templos a los que llegué, cementerios de reyes:
la ciudad antigua, enorme y totalmente negra.
Inertes petrificaciones, paredes frías de piedra.
Solo los vivos las vemos muertas.
En la realidad, resplandecen de colores imposibles.
Las casas con mayúsculas puertas,
son para grandes almas.
“¿Hacia dónde irás?” Escucho en un punto, en el aire entre las columnas.
La imagen de todo se distorsiona,
la noche imaginada se interrumpe con un radiante sol imaginado.
Respondí, pero sin firmeza,
como dudando de mi mismo:
“Deseo un camino, a un gran lugar.”
Mi cabeza susurró: “Pero, tu no eres digno.”
Y yo le respondí: “¿O aun no estoy preparado?”
Las ruinas se hundieron violentamente en la arena.
Las dunas se levantaron, formando las 4 paredes de mi habitación desordenada.
El viento de la ventana, siguió acariciando mi cuello.
El humo del cigarro se había ido.
Y el sol imaginado, era el brillante archivo de documento
en la centelleante pantalla blanca,
en la que estoy escribiendo.
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Pablo Martin Favilla.