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Escribo cuentos cortos y te los muestro

Arte10/13/2016
Bueno, gente. Soy un escritor mas bien novato, pero me gusta mucho leer y escribir. Escribí muchos cuentos y aquí les muestro algunos. Apreciaría mucho sus opiniones para mejorar como escritor. Sin mas dilación ¡Vamos allá!

El Brujo no tan loco

Sentado en una colina cercana a un pequeño pueblo, el brujo contemplaba como el fuego engullía aquellas casas, como se derrumban. De cuando en cuando, alguien corría por las callecitas de aquel pueblito, cuando el brujo veía a estas personas hacia un pequeño movimiento con la mano y las llamas que devoraban casas cercanas extendían sus tentáculos hacia estas personas, devorando su ropa, su piel, sus ojos, su carne, dejando solo huesos negros.
El brujo estuvo ahí varios minutos, pensando en todo lo que acababa de pasar, en aquellos niños que le arrojaron piedras “¿Cómo sabían lo que soy? Si tenía la marca del grimorio tapada con un guante de cuero e incluso llevaba una espada robada de un bandido, debía parecer un vagabundo cualquiera… Los ojos, los malditos ojos” el brujo recordó que además de la marca del grimorio en la mano derecha, todos los magos nacen con ojos de colores curiosos, a veces son purpura, otras veces amarillos o anaranjados, él tenía la suerte de tener ojos rojos y brillantes.
La ignorancia de un niño puede ser pasada por alto, pero recordó al tabernero, que al verlo le dijo, espada en mano, que se largara, pues no era bienvenido en esas tierras. El brujo solo quería comer algo decente y dormir en una cama de verdad, aunque sea solo una noche.
El brujo apoyó el dedo índice en el pasto de la colina y comenzó a levantarlo muy lentamente, conforme levantaba el dedo una manzana muy grande iba apareciendo de la nada bajo el dedo mientras que, alrededor de la manzana , la tierra se tragaba el pasto.
Cuando terminó de convocar la manzana la levantó y la miró, sus proporciones eran generosas, dos veces el tamaño del puño del brujo. El brujo la mordió con desagrado, la manzana sabía a tierra seca y pasto húmedo y le dejaba al brujo sabor a cenizas en la boca.
La gota que sin duda alguna colmó el vaso fue aquel hombre que, mientras el brujo se retiraba del pueblo para seguir su camino, desenvainó su hacha y gritó a todo pulmón ¡Un brujo, un brujo! “¿Por qué tenía que hacerlo? Yo ya me estaba yendo” El brujo llevaba mucho tiempo sin dormir, no estaba en condiciones de soportar semejante estupidez, no otra vez. El brujo levantó dos dedos en dirección a aquel hombre, pronunció dos palabras y las ropas del hombre comenzaron a arder inmediatamente. El caos y la desesperación se adueñan de la aldea, la gente corre y algunos intentan enfrentar al brujo con burdo acero, el brujo no les presta atención, pues él está caminando por el pueblo mientras que en torno a él llamas salen de la nada y acaban con todo.
“Ellos me harían los mismo a mi si pudieran. Se lo hicieron a mi madre. No merecen piedad”
Cuando el brujo acabó de repartir justicia poética y fue a una colina cercana a descansar y admirar como su obra iluminaba el cielo nocturno.
El brujo tomó una decisión: Nunca más se escondería. “Ellos dicen que estoy loco, pero no lo estoy, y si lo estoy… ¿De quién es la culpa?” El brujo llevaba más décadas de las que podía contar escondiéndose de los humanos normales, pues él sabía que le temían porque no lo comprendían, el intentó sacarlos de su error, pero no funcionó, así que se escondía, huía. Hasta ese día nunca había atacado a nadie con su magia.
Pero esa no es forma de vivir, no, un lobo no puede temer a las ovejas.
“Ellos dicen que estoy loco, y tal vez tienen razón, pero ¿De quién es la culpa?”
El brujo se quitó el guante de la mano y la vaina de la espada de la espalda y siguió su camino dispuesto a matar a todo mortal que tenga la mala fortuna de encontrarse con él.

FIN


Servicio militar obligatorio

El día que cumplió los dieciocho años, lejos de ser un día de júbilo, era una fecha un tanto lúgubre, pues él ahora hombre, su madre y sus hermanos sabían lo que eso significaba.
Aquellos eran tiempos de guerra, de hambre y de frío, de vestidos negros y de banderas sobre ataúdes.
El día fue tranquilo, la familia pudo permitirse comprar una pequeña magdalena y una pequeña vela.
Se juntaron en el comedor, se sentaron y cantaron el cumpleaños feliz. El cumpleañero partió la magdalena en varias partes y las repartió entre sus hermanos.

Aquella noche el chico se preguntaba como evadir el servicio militar, sabía que debería reportarse en algún lugar en las próximas semanas.

Se le ocurrió lo que probablemente no haya sido su mejor idea, pero no se le ocurría nada más seguro, no solo para él, sino para todos, para su madre y para sus hermanos ¿Quién iba a atender el negocio si él estaba ocupado muriendo en una absurda guerra? Sus hermanos eran listos, pero muy jóvenes y su madre ya estaba vieja y débil.

El chico caminó hasta lo que sería el garaje si tuvieran auto, pero como no tenían ahí estaba la carnicería en que se ganaban la vida. Cogió unas costillas de vaca, encendió la sierra, cortó algunas costillas y se ató el cinturón tan fuertemente como pudo en el antebrazo. Miró la sierra por lo que parecieron horas y como si de una costilla se tratase pasó los dedos por la sierra, el meñique, el anular, el dedo mayor y el índice.

Hoy, muchos años más tarde, el carnicero que perdió todos los dedos de la mano izquierda salvo el pulgar en un 'accidente' cuenta como ese trágico suceso le salvó de morir en la guerra.

FIN

Metal frío y pesado

Cuando mi padre me regaló mi primera arma le hice una pregunta muy estúpida "¿Esto es un regalo?" Mi padre tardó un poco en contestar... "No, hijo mío, es una maldición. Un poder enorme, es hacer del velo que separa la vida de la muerte una simple cortina de humo." Cuando escuché eso sentí el peso de la pistola y lo frio que estaba el metal.
A día de hoy mi pistola sigue pesada y fría, pero ahora esta manchada de sangre y desprende un fuerte olor a pólvora.

FIN

Dicen que estoy loco

Dicen que estoy loco, pero juro que la veo, juro que la siento. Sería imposible no sentir su pútrida presencia, su implacable y vacía mirada clavada en mi nuca. Escucho sus pasos, el ruido de su túnica al moverse y como apoya su guadaña en el piso al caminar.

A veces se para muy cerca de mí, como si quisiera ver lo que escribo, pero ni siquiera con su asquerosa cara tan cerca puedo escuchar su respiración ni veo su pecho moverse, si es que a ese amasijo de huesos y pedazos de carne colgantes se le puede llamar pecho.

No me atrevo a mirarla fijamente, temo por lo que queda de mi cordura si lo hiciere.

Dicen que estoy loco. Debo estarlo, porque siento como se alza su oxidada guadaña sobre mi cabeza.

FIN
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