Simonetta Cattaneo (c. 28 de enero de 1453 - 26 de abril de 1476) llamada Simonetta Vespucci después de su matrimonio, fue una musa y modelo de los artistas del Renacimiento italiano. Fue retratada por Sandro Botticelli en varias ocasiones: la más célebre en el famoso cuadro El nacimiento de Venus. También fue retratada en las pinturas de Piero di Cosimo Retrato de Simonetta Vespucci (Museo Condé de Chantilly), en la cual aparece como Cleopatra con un áspid alrededor de su cuello, y La Muerte de Procris. Varios poemas y lienzos de diversos artistas fueron también creados en su honor.
Simonetta Vespucci parece haber nacido en Portovenere, lugar que, de cierta forma, marcó su destino, pues la traducción de este nombre puede entenderse como ‘Puerto Venus’ y con el paso del tiempo ella misma sería entendida como dicha deidad; fue en 1453 que vio por vez primera la luz del día en el seno de la familia Cattaneo y desde ahí, en un corto tiempo, se habría de perfilar a un futuro grandioso y a la vez trágico. Fue a la edad de 16 años que contrajo matrimonio con Marco Vespucci, familiar del famoso explorador Americo Vespuccio quien acompañaó a Colón en su primer viaje, hijo de una familia acomodada que prometía una alianza verdadera entre dos líneas de sangre poderosas.
Desde ese entonces, Simonetta ya mostraba rasgos de un atractivo deslumbrante y causaba el asombro de aquellos hombres que se cruzaran con su forma y la envidia o admiración de las mujeres que tenían que comparar sus atributos con ella. Todos los caballeros de dicha era florentina sucumbieron a su armoniosa figura, rápidamente considerándola como una de las féminas con más presencia en la sociedad. Instalada ya en un reino gobernado por Lorenzo de Médici, Simonetta estuvo muy de cerca a la nobleza italiana, la cual no podía calmar su fascinación por ella, gracias a las relaciones personales y políticas de su esposo Marco.
A su llegada, incluso los Médici quedaron prendados de su imagen, rivalizándose en cierta medida por su amor, aunque ambos fueron rechazados. Miembros de la corte también hicieron sus intentos por conquistarla, pero al parecer, ninguno fue jamás correspondido salvo su legítimo marido, entre este séquito sobresale la figura de un amigo artista llamado Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, a quien la historia habrá de presentar como Sandro Botticelli, el pintor renacentista más famoso del mundo. Apenas habiendo conocido a esta chica rubia de serena mirada, Botticelli y otro grupo de pintores adoptaron su esplendor como modelo para cualquier obra que a partir de entonces produjeran. No obstante, Sandro fue quizá el hombre que más le amó y tuvo que guardar silencio al respecto.
Desde el primer momento, las representaciones que Botticelli se dispuso a hacer contaron con innumerables referencias y retratos a la joven enigmática. Sandro Botticelli pasaba sus tardes limitándose a pintar su rostro, impregnando cada pincel con absoluta devoción y teniendo que callar los verdaderos sentimientos que le embargaban. Además, esto ciertamente le convenía; dada su posición como un artista a expensas del mecenazgo y la simpatía de los Médici, muy probablemente le resultaba imposible gritar su amor por Vespucci y entrar en conflicto con sus benefactores y clientes.
Aunque a lo largo de toda la época renacentista se han podido analizar varias pinturas que pareciesen tenerla como modelo, y también se ha especulado que pudo posar para el mismo Sandro, esto sería imposible. La muerte tomó a Simonetta Vespucci entre sus brazos con la tuberculosis por pretexto; con apenas 23 años, Simonetta fue un paso fulgurante de lo hermoso por este mundo y ha dado la impresión de haber estado sólo en él para cumplir un cometido: inspirar.
Ante su partida, Botticelli cayó en una depresión profunda y por los 13 años que le quedaron de vida, decidió aún con más fuerza plasmar ese rostro apacible y ese corazón amable en muchas de sus creaciones. Vespucci nunca le correspondió en la tierra tanto amor profesado más que en la fantasía de sus cuadros; muchos cuerpos femeninos que plasmó en su trabajo guardan un parecido extraordinario con esa doncella que robaba suspiros.

Tal fue la fascinación de Botticelli por esos rubios cabellos y ojos claros que, esperando también su inminente muerte, dejó como última voluntad el que sus restos fueran depositados a los pies de Simonetta. Petición que fue escuchada y gracias a la cual, hasta la fecha, descansan el uno junto al otro, aunque nunca hubieran podido encontrar una cercanía en vida que de verdad los uniera.
