InicioArteCuentos cortos parte 4
Bueno, gente. Lo de siempre, soy un escritor novato que dedica el tiempo libro a escupir estas porquerías. ¡Disfrutadlo!

La gente grande

También juega en los parques, pero solo cuando nadie los ve.

Poder

¿Qué es el poder? Depende de a quien le preguntes, por supuesto.

Para algunos es regir países enteros, dirigir la cotidianidad de cientos, miles o millones de personas. Para otros es la capacidad de crear, manipular y destruir la materia, cambiar las leyes de la naturaleza. Quizá sea la pueril visión lanzar rayos por las yemas de las manos. O sencillamente aflorar sonrisas con alguna que otra ocurrencia. Bien puede ser algo tan simple como el hecho de tener dinero a montones, o crear y destruir mundo, galaxias o universos con un gesto de la mano.

¿El poder nos hace sentir bien? No necesariamente.

Hay personas con el don de maravillar con palabras, de hacer vibrar corazones y sacar lágrimas con algunos acordes o hacer volar la mente con trazos en un lienzo blanco. Y sin embargo, muchas de esas personas se sienten miserables.

También los hay que se sientes inmensos con un pedrusco, porque quien tiene una piedra tiene en la mano la vida de todos los pájaros del bosque.

Yo pertenezco al último grupo, pues me han cedido un poder nimio, huero… e invaluable. Veréis, otrora tenía el poder de salvar vidas humanas, pero también de finiquitarlas ¿Y ahora qué poder tengo? El de escribir esta carta antes de que otros ejerzan su poder sobre mí.

Caballero

Volvía agotado de su gran aventura, subiendo por el tortuoso camino una montaña. Estaba agradecido de haber perdido casi toda su armadura en la batalla, si ya de por sí le costaba horrores subir la cuesta no quería imaginar lo que sería intentarlo con el yelmo, el escudo, el peto y las hombreras, aunque sí le apenaba haber perdido también a su corcel.

Ni el calor ni el dolor de sus heridas ni la fatiga pudieron evitar que sonriera pensando en la gloria que le aguardaba. Sería no sólo un héroe, se convertiría en una leyenda. Le lloverían doncellas y oro. Los bardos cantarían sobre él por siglos. ¡Tamaña hazaña! Y qué mejor prueba, qué trofeo más contundente que la cabeza del condenado dragón que llevaba agarrada por uno de sus muchos cuernos, dejando tras de sí un rastro de sangre negra que gotea de la lengua de la bestia.

Finalmente termina la cuesta y se permite descansar. Se apoya en sus rodillas para relajar la espalda y recuperar el aliento. Mientras el sudor le cae por la frente le vuelven a invadir las visiones de la fama que le esperaba a tan sólo unos cincuenta metros. La motivación muerte súbitamente al levantar la mirada y ver su ciudad reducida a rocas, cenizas y huesos carbonizados.

Fiesta

Llega la noche, y con ella la fiesta. Corazones jóvenes salen de sus morada a hacerle ascos a la muerte. Almas viejas y amargadas se unen al pintoresco baile con la mejor de sus sonrisas, festejando la libertad mientras las mentes más creativas cantan con brillante felicidad. Amores nuevos abren sus pétalos y romances más antiguos que el tiempo mismo abren sus alas, dispuestos a vislumbrar el cielo por enésima última vez.

La emoción empapada en alcohol zapatea sobre la tumba de Tánatos, mientras algunos guerreros con sus armas envainadas o encasquilladas se ríen a carcajadas de la Keres. Las estrellas danzan entre ellas, cortejando a las guirnaldas que les devuelven los guiños y a los pequeños inocentes que corretean alrededor de las estatuas.

Pero no hay nada eterno, la luna se despide con un gesto coqueto y todos vuelven a sus ataúdes, esperando ansiosos el próximo día de los muertos.

El lobo solitario

Arrastra por el bosque su cuerpo marcado por todas las batallas que luchó por su cuenta. Parches en el lomo sin pelo, sus colmillos mellados y amarillos, su pelaje plagado de canas, el ojo del que carece y el pedazo de oreja que echa en falta.

Deambula sin prisa, con la cabeza alta. Es respetado y temido en todo el bosque. Liebres, venados, y faisanes huyen despavoridos ante su sola mención. Los otros lobos no se atreven a hablarle, pues rara vez reciben como respuesta otra cosa que una mirada tuerta y fría.

Tras de sí va dejando huellas en la nieve. De él parlotean los zorros. Dicen que luchó contra un oso por un ciervo, que ha matado cazadores solo por los conejos que llevaban en los hombros, que combatió y ganó a una manada de considerable tamaño solo porque se metieron en su territorio. Poco saben ellos.

Se tumba en una pequeña gruta, contemplando la oscuridad creciente del ocaso. De él cuchichean los lobos. Dicen que disfruta siendo así, que es avaricioso, que se cree mejor que todo depredador en la arboleda. Nada saben ellos.

Cierra los ojos. La verdad es mucho más simple. Nunca aprendió a aullar.

Le habría encantado saber aullar.

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