InicioArteUlises y los fantasmas - I
Del estremecedor ardor al despertar, Ulises comprendió que ya no podría seguir durmiendo en la mañana que más que mañana parecía aún la noche. Todo el sueño ¿o más bien pesadilla? que recordó, lo obligó a cerciorarse que estuviese realmente despierto, y por eso no solamente palpó su cama, sino que incluso tuvo que tocarse y sentir en sus dedos su cuerpo. Y es que lo que soñó Ulises aquella madrugada tuvo varias etapas, como episodios, que se sucedían unos a otros sin explicaciones, sin pasajes, cada escena se presentaba con autonomía respecto a las otras, pero sin dudas tenían algo que ver. Todo estaba confuso apenas caminó los primeros pasos del día. El ventanal del living mostraba el mal tiempo, un augurio de lo que traería ese invierno de nubes bajas y tensas y de lluvia despiadada, de frío criminal. Lo primero que se le vino a la cabeza fue la imagen del cuarto que sirvió de espacio en su sueño, una habitación trémula, con un piso moviente que le generó a Ulises la sensación de temblor constante, que había experimentado en la irrealidad onírica pero también en la realidad aplastante de esa mañana de fin de otoño, aunque quizás lo que crujiera fuera él mismo, en un lugar profundo y lejano de su propio ser, y todavía no se diera cuenta. Pero lo importante no era eso. Intentaba descifrar ciertos pasajes, algunas sensaciones que perduraban, como la firmeza de su verga poseída como por mil demonios. Erguida, hinchada y rebosante, apenas disimulada por un pantalón amplio y largo, y una poderosa furia firme y controlada que anidaba en sus dedos y sus manos, como armas, como potenciales generadores de órdenes y daños. Sentía su espalda crecer. En la mayoría de las escenas —que a decir verdad Ulises recordaba como vistas desde la óptica de un director de cine— aparecía una mujer, y si bien para una mirada ajena todo podría indicar la práctica ritual normal y vulgar del acto sexual, el uso de los placeres en el ensueño de Ulises estaba ordenado de otra manera, regido bajo otras reglas, y sus protagonistas enajenados o afiebrados pero a la vez serenos, renacidos para el acto que estaban por celebrar, emergiendo como figuras borrosas a cuerpos vistosos, como si el temor y el dolor los uniera en ese ritual sombrío y constituyera también la forma final de esos entes soñados.
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