InicioArteUlises y los fantasmas - II
Ya entrada la mañana, Ulises salió al patio a descubrir lo que el cielo tenía preparado para ese día, aunque sea a través de ese cuadrado dominado por paredes y edificios que constituían su espacio de libertad. Rozó con los dedos las hojas de las plantas del cantero. De algunas no sintió siquiera la humedad del rocío de la noche atrás; de otras percibió su aroma, mientras frotaba sus dedos pegajosos llevándoselos al borde de la nariz, pero lo cierto es que todos esos actos resultaban mecánicos, expresiones de su cuerpo todavía apagado, porque en su cabeza había otras cosas. Y es que aunque ya la firmeza de su tronco había aflojado, en parte por el clima gélido que dominaba sus pagos, y por la natural disposición de los cuerpos de volver a su estado corriente, el cúmulo de sensaciones que lo había trastocado en el sueño, lejos de haberse esfumado, había logrado expandirse hasta tocar cada fibra íntima de Ulises, que de tanto agobio o de tanto deseo, o de tanto deseo agobiante, sintió la irrefrenable ansiedad de expulsar esas ideas locas que daban vueltas por su mente, ¿pero cómo? El cuarto de la Princesa Hilda estaba apenas decorado. Al fondo un ropero móvil metálico, repleto de prendas de su vestir. La cama en el centro, apenas entrando, a la izquierda. Y no mucho más para aquel escenario. Y así había bautizado él a la mujer de ensueños, como una de las valquirias de la Mitología Nórdica, una deidad femenina que tenía el poder de revivir a los muertos; aunque mas no recordara su rostro definido en la vigilia, más bien parecía el perfil de una mujer que se completaba con trazos de muchas otras, una cara nueva urdida en el rincón más profundo del cerebro de Ulises, que comenzaba ya a sentir dolor en su cabeza, el malestar típico de las cosas no resueltas; pese a que luego descubriera, que acaso no fuera tan importante la reconstrucción de una imagen, sino más bien considerar la sensación total que lo abrumaba, frente a la cual no cabía ni la más mínima discusión: estaba sumamente excitado, dando vueltas por la casa, como en un estado de fiebre sin dolor pero desquiciante, que lo seguía incesantemente, vaya adonde vaya. Y la Princesa Hilda aguardaba sentada al borde de su cama, con las piernas cruzadas y descubiertas, con los zapatos de taco aguja y negros, y las uñas pintadas y afiladas delicadamente, de rojo furioso, de rojo morboso, cubierta apenas por un vestido íntimo también delicado y negro pero transparente, un baby doll ajustado a la figura de la Princesa que permitía intuir lo que había debajo, pero que dejaba reservado para un acto posterior que Ulises deseaba ¿o debía? alcanzar, porque esa noche se trataba un poco de eso: de merecimientos o pérdidas de chance, de ofrecimiento de gentilezas o puros caprichos, de premios y castigos, de dominados y dominantes, pero sobre todo de juegos y sacrificios.
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