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Alejandra Pizarnik, algunas prosas

Arte•2/13/2017
muchachos les dejo algunas prosas de la gran poeta argentina Alejandra Pizarnik espero que les guste, abrazo! Esbozo - Me parezco a ciertos animales que sólo viven de noche. - Sólo pido una cosa, y es todo: que mires la claridad, el sol. - No me faltan ojos para constatar que aquí el sol es el sol, el verde es verde, y cuando esto se pone rojo, es rojo. - No es necesario comprender tanto. Te amo. ¿Qué otra cosa pude haber hecho sino extraerte de la noche? - ¿Me sacaste de la noche? Yo tenía un cuchillo y dejé que mi acto continuara en vez de mi lengua. Comprobé qué parecido a un cerdo era ese hombre agónico. - Exactamente como un cerdo -dije. Pero él no contestaba nada y me miraba con ojos embrutecidos. Al sol primero y a mí después. -Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo. -No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato. -Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort. -Quién es usted? Deberíamos presentarnos. -Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted? -Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo. -Trate de recordar antes de que llegue el tranvía. -Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo. -No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar. -Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando. Devoción Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentadas a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella. —Toma un poco de vino —dijo la muerte. La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té. —No veo que haya vino —dijo. —Es que no hay —contestó la muerte. —¿Y por qué dijo usted que había? —dijo. —Nunca dije que hubiera vino sino que tomes —dijo la muerte. —Pues entonces ha cometido usted una incorrección al ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada. —Soy huérfana. nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte. La muñeca abrió los ojos La conciencia del fuego apagó la de la tierra. Mi visión del mundo se resuelve en un adiós dudoso, en un prometedor nunca. Culpa por haberme ilusionado con el presunto poder del lenguaje. Todo es un interior. Por tanto, el poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras. Hablar es comentar lo que place o disgusta. Lenguaje visceral constatador de los fantasmas de las apariencias. Escribir no es más lo mío. Con sólo nombrar alcoholes temibles, yo me embriagaba. Ahora –lo peor es ahora, no el miedo a un desastre futuro sino la de algún modo voluptuosa constatación del presente infuso de presencias desmoronadas y hostiles. Ya no es eficaz para mí el lenguaje que heredé de unos extraños. Tan extranjera, tan sin patria, sin lengua natal. Los que decían: "y era nuestra herencia una red de agujeros", hablaban, al menos, en plural. Yo hablo desde mí, si bien mi herida no dejará de coincidir con la de alguna otra supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir que no puedo decir nada. 8 de agosto de 1971 ----
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