Cené en su casa la semana siguiente y me confió en un breve aparte que había salido de sus pesadumbres, pero que temía estar aburguesándose. Y se fue enseguida después de cenar. Le inventé excusas, pero ninguna me convenció: no se habría ido si yo le importara. ¿Algo le importaba realmente? En fin, me parecía inestable, versátil; se perdía en pequeñas camaraderías y pequeños disgustos; no le daba importancia a los problemas que me atormentaban; carecía de convicción intelectual. Volví a caer en el desasosiego: <<¿No podré nunca desprenderme de él, contra quien, aveces, me rebelo? Le quiero, le quiero intensamente: y ni siquiera sé si está hecho para mí>>. El hecho es que había entre Jacques y yo muchas diferencias. Trazando mi retrato a mediados del otoño, lo primero que anoté fue lo que yo llamaba mi seriedad: <>. Desde mi infancia siempre me había mostrado íntegra, excesiva y me enorgullecía de ello. Los demás se detenían a mitad del camino de la fe o del escepticismo, de sus deseos, de sus proyectos: yo despreciaba su tibieza. Iba hasta el extremo de mis sentimientos, de mis ideas, de mis empresas; no tomaba nada a la ligera; y, como en mi primera infancia, quería que todo en mi vida estuviera justificado por una especie de necesidad. Me daba cuenta de que esa terquedad me privaba de ciertas cualidades, pero no era cuestión de combatirla; mi seriedad era <> y yo me importaba enormemente.
Memorias de una joven formal Simone de Beauvoir (Fragmento)
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