El Grito de Munch, uno de los íconos culturales del siglo XX. Es en realidad el título de cuatro cuadros del noruego Edvard Munch (1863-1944), pero la más conocida es la que se halla en la Galería Nacional de Noruega. Esta versión ha sido víctima de un robo de proporciones mediáticas. Pero lo que nos interesa aquí son, claro, las posibles significaciones de la pintura que muestra a una figura andrógina en primer plano, estrujado por la desolación y el sufrimiento. En segundo plano asoma Oslo, contemplado desde la colina de Ekeberg, mientras los colores se estiran en un impulso fluido. Su estilo artístico suele asociárselo al expresionismo, y la repercusión histórica de la imagen se asemeja a la Gioconda de Leonardo da Vinci. La pintura de Munch adquirió el status de ícono cultural luego de la Segunda Guerra Mundial. La portada de la revista Time, en 1961, adoptó la imagen de El grito de una edición abocada a los complejos de culpa y ansiedad. Entre 1983 y 1984, el artista pop Andy Warhol, de discutibles méritos artísticos, incluye El Grito en una serie de estampaciones en seda sobre las obras de pintor noruego. El propósito de la evocación de Munch y su icónica obra era arrebatar el aura (en términos benjaminianos) de la obra canonizada, y desacralizarla para su dócil entrega a su reproducción masiva, sin un sentido de pérdida. Como El ángelus de Millet, El Grito se multiplica en diversidad de objetos de circulación colectiva (desde camisetas, tazas de cerámica, pósteres, llaveros). Así una obra de arte devenida ícono popular es, a su vez, imagen cercana, sin misterio, ni poder de interrogación, destinada a su reproducción industrial. Pero justamente la interrogación abierta por el significado posible de una imagen artística cierra, al menos parcialmente, el alud de cosificación que se desploma sobre ella. Como toda gran obra de arte, El grito contiene una semántica múltiple, un campo de significación abierto a las muchas interpretaciones. Pero la interpretación, para no desmadrarse en la especulación estrafalaria, debe ser fundamentada. Si el grito corporiza una acción no sólo de un individuo (el del propio artista) sino del espíritu de una época, la obra de Munch seguramente expresa no un sufrimiento subjetivo, personal, sino de una realidad social y colectiva, dominada por un vacío que gira donde la sociedad moderna postula que fluye la plenitud. Para la conciencia cultural corriente lo pleno está en la riqueza material, el progreso técnico, o en la naturaleza reducida a proveer los insumos para la industria. El desarrollo material provee bienestar y cierto sentido de la felicidad o seguridad, pero es complemento y no centro de la realización humana. El complemento emplazado como corazón de lo humano genera silenciosamente el sudor de la deshumanización. Un grito primario puede responderle a esa caída. El Grito de Munch ahora es visto como rareza canonizada, o como la paradójica belleza en lo turbio. Sólo vagamente despierta la meditación ante la desolación. O quizá ni siquiera eso ya. Porque circula como imagen cuyo referente es su aceptación cultural más que su contenido mismo. Lo que grita El Grito ya no es escuchado. Su lengua de estallido ante la amenaza de la nada y lo vacío, ese desierto que los hombres crean e introducen en la historia. POR ESTEBAN IERARDO
El Grito de Munch
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