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Cae la tarde sobre el puerto. Poco a poco avanza a la noche. Una tarde de entre muchas; atiborrada de arreboles y brisas de verano, lo mismo que de sudor y desagradables olores. Una tarde soñolienta y precóz; ralentizada por cientos de pedidos para completar, apurada por relojes que acusan la salida.
Colmando con sus humanidades los ruidosos camiones de las líneas urbanas, miles de trabajadores regresan a sus hogares. Los taxistas entregan sus turnos. Decenas de comercios cierran sus puertas al tiempo en que otros las abren...
Transidos de deseos carnales, multitudes de peregrinos ingresan en oscuros templos: la huerta, Mesón Beto Canales, Quinta Alicia, Quinta Rebeca, Quinta Raquel... Inquieta, Patricia apura sus pasos, desciende en el vaquero, camina hacia el zócalo y justo a tiempo se aposta en su esquina. No hay de otra manera para ella, es la forma de lograr completar para el pago de la renta, de la luz y del agua. Los pesos que restan los usará para comprar sencillas viandas con las que alimentar a sus retoños: dos pequeñas inocentes;niñitas que solo saben que mamá llegará el día de mañana con comida y mucho sueño.
Patricia alquila su cuerpo entre el Parazal y la Noria. Son su clientes albañiles, policías y soldados; almas itinerantes que culminan en sus brazos fugáces retozos de 50 pesos.
Muy de mañana, antes de la siete, vuelve Patricia a su casa. En su viaje de regreso contempla al naciente sol iluminando los racimos multicolores de las casitas en los cerros. Los amaneceres siempre le han parecido mágicos: un premonitorio de tierra húmeda, de retoños tiernos; algo como de buena esperanza... De repente, un aguijonazo de dolor la devuelve a la tierra, tiene el cuerpo cansado, molido, hambriento... Aunque mucho lo quiere, declina pensar sobre "ello", ¿ pensar en "ello" para qué? El pensarlo y repensarlo solo la ha conducido a un laberinto sin escape. Porque el mucho pensar lleva al sentir, porque el sentir es pensar multiplicado por el infinito...Es sufrir, es revivir la "mala pata" que la condujo a este puerto.
Lócamente se enamoró Patricia del papá de sus criaturas, un costeño gallardo y dicharachero que la impresionó con proyectos de riqueza y abundancia. Prometiendo que solo en Acapulco podrían realizarse, el hombre la abandonó al poco tiempo de nacer la segunda niña. Dijo que regresaría en un año... En su viaje al norte encontró un buen trabajo y un nuevo amor; el pretexto ideal para olvidarse en volver, dejando atrás en su camino a tres féminas que poco le importaron... Esa era la verdad. Pero Patricia urdía en su mente cuentos y suposiciones que la lastimaban menos: que su hombre murió ahogado al cruzar el rio bravo, que lo secuestraron los narcos y que lo obligaban a servirles cruzando la frontera. Que murió de insolación en el desierto mordido por una víbora de cascabel...
Al día de hoy, Patricia sabe muy bien que la vida es una cadena de favores y de intercambios consensuados. Porque lo que uno ofrece otro lo acepta, y el que acepta ofrece también algo a cambio. Patricia al entregarse a la ilusión no tuvo dudas; ofrecio amor y amor recibio. Y realmente lo que llora todos los dias, es que no continuara el amor...
La brisa de la tarde al zócalo refresca , sobre el puerto poco a poco se inicia otra jornada . Las festivas luces de la costera iluminan el camino de sus clientes, pero Patricia no está allí para atenderlos.Ella se ha replegado al farallón, donde perturbada resiente el resabio de las penas. Por un tiempo acalló sus pensamientos, pero ahora su cuerpo grita.
En su pecho siente el peso de una gran loza, la loza se pulveriza y brota de su garganta convertida en un grito desconsolado... Ya no tiene fuerzas, cae de rodillas y se arrastra...
La mar por la noche es negra, como el presente de Patricia. Sus manos se aferran al duro hierro de la baranda, con esfuerzo se incorpora ante la negra inmensidad. Por un fugáz instante piensa: "¿Y si aquí terminara todo?". A su pensamiento sigue la acción y decidida traspasa la baranda con destino al suicidio. Al punto de arrojarse, una voz le grita con sobrada fuerza: "¡Señorita no lo haga!". Patricia voltea y al punto mira: ¿acaso es un ángel providencial que la ha seguido hasta este lóbrego lugar? El muchacho viste uniforme, un empleado que al grito de Patricia salió azorado a percatarse. "No lo haga, piense que alguien la espera",-Alguien la espera- De golpe, Patricia cobra consciencia de lo que iba a hacer, y sobre todo cómo dejaría en horfandad a sus nenas. Avergonzada y recelosa, traspasa de vuelta la baranda, pero esta vez no está sola en su cometido, fuertes brazos juveniles la apoyan: "Permítame ayudarla". "¿Quiere que llame a alguien, está usted bien señorita?" -Señorita- , ¿Cómo es posible? ¿Acaso puede la gentileza de ese joven reinvindicarle vida y honra a un mismo tiempo?...
Cae la tarde sobre el puerto. Poco a poco avanza a la noche. Una tarde de entre muchas; atiborrada de arreboles y brisas de verano, lo mismo que de sudor y desagradables olores. Una tarde soñolienta y precóz; ralentizada por cientos de pedidos para completar, apurada por relojes que acusan la salida.
Colmando con sus humanidades los ruidosos camiones de las líneas urbanas, miles de trabajadores regresan a sus hogares. Los taxistas entregan sus turnos. Decenas de comercios cierran sus puertas al tiempo en que otros las abren...
Transidos de deseos carnales, multitudes de peregrinos ingresan en oscuros templos: la huerta, Mesón Beto Canales, Quinta Alicia, Quinta Rebeca, Quinta Raquel... Inquieta, Patricia apura sus pasos, desciende en el vaquero, camina hacia el zócalo y justo a tiempo se aposta en su esquina. No hay de otra manera para ella, es la forma de lograr completar para el pago de la renta, de la luz y del agua. Los pesos que restan los usará para comprar sencillas viandas con las que alimentar a sus retoños: dos pequeñas inocentes;niñitas que solo saben que mamá llegará el día de mañana con comida y mucho sueño.
Patricia alquila su cuerpo entre el Parazal y la Noria. Son su clientes albañiles, policías y soldados; almas itinerantes que culminan en sus brazos fugáces retozos de 50 pesos.
Muy de mañana, antes de la siete, vuelve Patricia a su casa. En su viaje de regreso contempla al naciente sol iluminando los racimos multicolores de las casitas en los cerros. Los amaneceres siempre le han parecido mágicos: un premonitorio de tierra húmeda, de retoños tiernos; algo como de buena esperanza... De repente, un aguijonazo de dolor la devuelve a la tierra, tiene el cuerpo cansado, molido, hambriento... Aunque mucho lo quiere, declina pensar sobre "ello", ¿ pensar en "ello" para qué? El pensarlo y repensarlo solo la ha conducido a un laberinto sin escape. Porque el mucho pensar lleva al sentir, porque el sentir es pensar multiplicado por el infinito...Es sufrir, es revivir la "mala pata" que la condujo a este puerto.
Lócamente se enamoró Patricia del papá de sus criaturas, un costeño gallardo y dicharachero que la impresionó con proyectos de riqueza y abundancia. Prometiendo que solo en Acapulco podrían realizarse, el hombre la abandonó al poco tiempo de nacer la segunda niña. Dijo que regresaría en un año... En su viaje al norte encontró un buen trabajo y un nuevo amor; el pretexto ideal para olvidarse en volver, dejando atrás en su camino a tres féminas que poco le importaron... Esa era la verdad. Pero Patricia urdía en su mente cuentos y suposiciones que la lastimaban menos: que su hombre murió ahogado al cruzar el rio bravo, que lo secuestraron los narcos y que lo obligaban a servirles cruzando la frontera. Que murió de insolación en el desierto mordido por una víbora de cascabel...
Al día de hoy, Patricia sabe muy bien que la vida es una cadena de favores y de intercambios consensuados. Porque lo que uno ofrece otro lo acepta, y el que acepta ofrece también algo a cambio. Patricia al entregarse a la ilusión no tuvo dudas; ofrecio amor y amor recibio. Y realmente lo que llora todos los dias, es que no continuara el amor...
La brisa de la tarde al zócalo refresca , sobre el puerto poco a poco se inicia otra jornada . Las festivas luces de la costera iluminan el camino de sus clientes, pero Patricia no está allí para atenderlos.Ella se ha replegado al farallón, donde perturbada resiente el resabio de las penas. Por un tiempo acalló sus pensamientos, pero ahora su cuerpo grita.
En su pecho siente el peso de una gran loza, la loza se pulveriza y brota de su garganta convertida en un grito desconsolado... Ya no tiene fuerzas, cae de rodillas y se arrastra...
La mar por la noche es negra, como el presente de Patricia. Sus manos se aferran al duro hierro de la baranda, con esfuerzo se incorpora ante la negra inmensidad. Por un fugáz instante piensa: "¿Y si aquí terminara todo?". A su pensamiento sigue la acción y decidida traspasa la baranda con destino al suicidio. Al punto de arrojarse, una voz le grita con sobrada fuerza: "¡Señorita no lo haga!". Patricia voltea y al punto mira: ¿acaso es un ángel providencial que la ha seguido hasta este lóbrego lugar? El muchacho viste uniforme, un empleado que al grito de Patricia salió azorado a percatarse. "No lo haga, piense que alguien la espera",-Alguien la espera- De golpe, Patricia cobra consciencia de lo que iba a hacer, y sobre todo cómo dejaría en horfandad a sus nenas. Avergonzada y recelosa, traspasa de vuelta la baranda, pero esta vez no está sola en su cometido, fuertes brazos juveniles la apoyan: "Permítame ayudarla". "¿Quiere que llame a alguien, está usted bien señorita?" -Señorita- , ¿Cómo es posible? ¿Acaso puede la gentileza de ese joven reinvindicarle vida y honra a un mismo tiempo?...