El ser humano, aquella raza que logro sobreponerse por sobre las demás. Aquel que edifico y destruyó por igual. Aquellos pequeños puntos de polvo en comparación a cada astro de nuestro sagrado universo.
El ser que cree ser indomable y libre.
Cierra tus ojos mortal e imagina, cuantos hombres, mujeres y niños, que enceguecen sus ojos voluntariamente ante las cadenas de las cuales son atados desde su concepción. La cruda e innegable realidad que posa dormida ante nuestros cansados y desnudos pies.
Todo ser vivo sobre la faz de la tierra es un esclavo de una fuerza incontrolable y magnificente. De un dictador que juzga con severidad el pulso de cada corazón que late.
Incorruptible y sagaz, tan benevolente como cruel según su extraña lógica.
De rostro y origen incierto, pero de nombre inolvidable, TIEMPO. Subyugados a sus reglas, a su omnipresencia. A la incomprensible forma de ver la vida que fluye sobre nuestros frágiles cuerpos.
El tiempo es el verdadero Dios de la vida y la muerte. Oh poderoso creador del destino. Dios todopoderoso que vuelve cenizas nuestros recuerdos o que puede coserlos si quisiese a tu alma por siempre.
Cuantos enloquecemos por detenerte mientras te regodeas en la mas patética de nuestras suplicas. Absurda lógica de los vivos, quienes acabaran odiándote tarde o temprano.