(Praga, 1883 - Kierling, Austria, 1924) Escritor checo en lengua alemana cuya obra señala el inicio de la profunda renovación que experimentaría la novela europea en las primeras décadas del siglo XX. Franz Kafka dejó definitivamente atrás el realismo decimonónico al convertir sus narraciones en parábolas de turbadora e inagotable riqueza simbólica: protagonizadas por antihéroes extraviados en un mundo incomprensible, sus novelas reflejan una realidad en apariencia reconocible y cotidiana, pero sometida a inquietantes mutaciones que sumergen al lector en una opresiva y asfixiante pesadilla, plasmación de las angustias e incertidumbres que embargan al hombre contemporáneo.
Biografía
Nacido en el seno de una familia de comerciantes judíos, Franz Kafka se formó en un ambiente cultural alemán. Su padre, Hermann Kafka, había obtenido una cómoda posición con un matrimonio ventajoso y pudo costear una buena formación para el primogénito en uno de los colegios alemanes de Praga. Concluido el bachillerato (1901), el cabeza de familia lo obligó a cursar estudios de leyes, materia por la que nunca sintió el menor interés, y se doctoró en derecho en 1906.
Los años universitarios le dejaron tiempo para cultivar sus aficiones filosóficas y literarias; leyó a numerosos autores y conoció al futuro escritor y crítico literario Max Brod, con quien trabó una íntima amistad destinada a perdurar toda una vida. La personalidad enérgica y activa de Brod, totalmente opuesta a la del temeroso e introvertido Kafka, mitigó su soledad y su marcada tendencia al aislamiento.
Finalizados sus estudios, trabajó en diversos bufetes de abogados y, desde 1908, en una compañía de seguros de Praga. Allí desempeño sus tareas con eficiencia y puntualidad, llegando a merecer un ascenso; sin embargo, carecía por completo de ambición profesional. El aburrido empleo (que no abandonaría definitivamente hasta 1920, a causa de su deteriorada salud) le ocupaba solamente las mañanas y podía dedicar las tardes y las noches a la literatura, su verdadera pasión.
Kafka en 1906
En 1911 conoció a Yitzchak Lowy, actor de teatro yiddish; pronto empezó a interesarse por la mística y la religión judías, que ejercieron sobre él una notable influencia y favorecieron su adhesión al sionismo. Su proyecto de emigrar a Palestina se vio frustrado en 1917 al padecer los primeros síntomas de tuberculosis, que sería la causante de su muerte. El diagnóstico decidió a Kafka a romper definitivamente su compromiso matrimonial con Felice Bauer, a la que había conocido en 1912 a través de Max Brod. Durante los cinco años que duró, la relación con Felice había sido repetidamente abandonada y retomada debido a las interminables vacilaciones de Kafka.
La enfermedad obligó a Kafka a pasar largas temporadas en diversos sanatorios, primero en los Alpes italianos y finalmente en Kierling, cerca de Viena. En uno de ellos se enamoró de la joven checa Julie Wohryzek, pero la radical oposición del padre de Kafka imposibilitó el matrimonio. Este episodio originó el más revelador documento de aquella conflictiva relación paternofilial: la célebre Carta al padre que Kafka escribió en 1919. Publicada póstumamente, nunca llegó a ser enviada a su destinatario.
En 1920, el encuentro con la traductora y periodista checa Milena Jesenská se transformó en una relación profunda, testimoniada en las Cartas a Milena, que verían la luz en 1952. Pero ni Kafka ni la propia Milena, casada con otro hombre, tuvieron el aliento necesario para romper el matrimonio, y a partir de 1921 comenzaron a distanciarse. Se estableció entonces en una casa de campo adquirida por su hermana, en la que escribió El castillo. En 1923, con la enfermedad ya muy avanzada, conoció a la jovencísima y vital Dora Diamant, el gran amor que había anhelado siempre, y que le devolvió brevemente la esperanza. Pero en abril del año siguiente sus dolencias se agravaron; en compañía de Dora Diamant, de su amigo Max Brod y de su tío Siegfried, falleció el 3 de junio de 1924 en el sanatorio de Kierling.
La obra de Kafka
A pesar de la enfermedad, de la hostilidad manifiesta de su familia hacia su vocación literaria, de sus cinco tentativas matrimoniales frustradas y de su empleo de burócrata en una compañía de seguros de Praga, Franz Kafka se dedicó intensamente a la literatura. Su obra, que nos ha llegado en contra de su voluntad expresa (ordenó a su íntimo amigo y consejero literario Max Brod que quemara todos sus manuscritos tras su muerte), constituye una de las cumbres de la literatura alemana y se cuenta entre las más influyentes e innovadoras del siglo XX.
En la línea de la Escuela de Praga, de la que es el miembro más destacado, la escritura de Kafka se caracteriza por una marcada vocación metafísica y una síntesis de absurdo, ironía y lucidez. Ese mundo de sueños, que describe paradójicamente con un realismo minucioso, ya se halla presente en su primera novela corta, Descripción de una lucha, que empieza con una lección de danza en Praga, traslada muy pronto al héroe al Japón y le sitúa en el centro de salvajes aventuras espirituales; fragmentos de este relato fueron publicados en 1909 en la revista Hyperion, dirigida por Franz Blei.
Con Felice Bauer
En 1913, el editor Rowohlt accedió a publicar su primer libro, Meditaciones, pequeños fragmentos en prosa de una inquietud espiritual penetrante y un estilo profundamente innovador, a la vez lírico, dramático y melodioso. Los textos eran en realidad extractos de su diario personal: a instancias de su amigo Max Brod, Kafka seleccionó una serie de pasajes del Diario que había iniciado en 1910 y que continuaría, casi sin interrupciones, hasta el mismo año de su muerte. El libro pasó desapercibido; los siguientes tampoco obtendrían ningún éxito, fuera de un círculo íntimo de amigos y admiradores incondicionales.
El estallido de la Primera Guerra Mundial y el final del noviazgo con Felice Bauer señalaron el inicio de una etapa creativa prolífica en la que redactó las obras más características de su producción. Su legado, que plantea numerosas dificultades de interpretación, se caracteriza en cambio por una extrema y deliberada claridad estilística, como se observa en la más conocida de sus narraciones, La metamorfosis (1915). Su protagonista es un mediocre viajante de comercio, Gregorio Samsa; un mañana, al despertarse, Samsa descubre que se ha transformado en un enorme insecto, lo que es narrado con normalidad pese a la monstruosidad de la situación. Este doble juego será una constante en la creación del autor, y en él reside en buena medida su singularidad y eficacia.
Primera edición de La metamorfosis
Casi contemporáneo al anterior y escrito en una sola noche es el relato de un conflicto paternofilial: La condena (1913), en el que un padre viejo y aparentemente enfermo recobra de repente su vitalidad y autoridad opresiva para maldecir a su hijo, que tan sólo deseaba vivir su propia vida. Años después aparecerían impresos el cuento En la colonia penitenciaria (1919) y el volumen de relatos Un médico rural (1919). Todas las restantes obras de Kafka no serían publicadas hasta después de su muerte. Títulos esenciales de su producción, como El proceso o El castillo, se hubiesen perdido para siempre de no haber incumplido Max Brod su orden de quemar los manuscritos; de hecho, el propio Brod se encargó de preparar las ediciones.
Su primera novela propiamente dicha (las narraciones anteriores deben considerarse cuentos o novelas cortas por su extensión) es El proceso, que había comenzado a escribir hacia 1914 y fue publicada póstumamente en 1925. El protagonista de El proceso es Joseph K., empleado en un banco. Una mañana, dos individuos de uniforme le notifican su detención en virtud de un proceso que se ha incoado contra él. Es inútil que quiera conocer el delito de que se le acusa: son simples funcionarios que se limitan a cumplir su cometido, a saber, notificarle su detención. Pese a ello, es dejado provisionalmente en libertad; será citado en domingo para los interrogatorios a fin de no perturbarle en su trabajo.
Fotogramas de El proceso (1962), de Orson Welles
En sus intentos de probar su inocencia, Joseph K. penetra en los entresijos de un inquietante sistema judicial. Las sesiones del juzgado de instrucción se celebran en casa de un carpintero; los libros de la ley no son más que novelas sádicas e indecentes; los archivos judiciales están instalados en el granero de una casa miserable, en cuya irrespirable atmósfera escriben incesantemente los empleados sobre sus pupitres. Un tío de Joseph K. le presenta a su abogado, un viejo enfermo que recibe a sus clientes en la cama y cuya enfermera se siente atraída eróticamente por todos los procesados; tampoco él consigue adelantar el asunto. Se cuenta que la absolución es posible, que hace muchísimos años se dictó una sentencia absolutoria, pero es una leyenda de dudoso crédito, pues, en realidad, los fallos del tribunal no se publican nunca. Un pintor retratista de jueces le informa de que podría ser aparentemente absuelto, lo que equivale a decir que el día menos pensado podría volver a ser detenido.
Todo ello va minando la inicial determinación de Joseph K. Obsesionado por el caso, descuida su trabajo en la oficina para pasar largas horas perdido en el examen de las varias posibilidades de salvación que aparentemente se le ofrecen, o bien va corriendo de un lado a otro de la ciudad para confiar su defensa a un abogado o para buscar afanosamente la ayuda de cualquier persona que conozca a los jueces que se hacen cargo de su proceso. Al mismo tiempo, percibe miradas y sonrisas maliciosas en los escenarios donde se desarrollaba su metódica vida (el banco, la pensión, el café); de forma inexplicable, todos están enterados de su proceso.
Sus medios de defensa resultan insuficientes y equivocados; al cabo de casi un año, sin haber llegado nunca a conocer cuál era la acusación, y extenuado e impotente tras una lucha imposible y absurda, Joseph K. es llevado sin resistencia a la afueras de la ciudad y ejecutado. El centro de la obra es el crecimiento del sentimiento de culpa y los tormentos que éste desencadena. La novela fue dramatizada en 1947 por André Gide y Jean-Louis Barrault, mientras que Gottfried von Einem hizo con ella una ópera, con libreto de Boris Blacher y Heinz von Cramer, que se estrenó en 1953. En 1962, Orson Welles rodó una soberbia adaptación cinematográfica.
Franz Kafka en 1917
El argumento de su segunda novela, El castillo (escrita entre 1921 y 1922 y publicada en 1926), es en ciertos aspectos similar. Un agrimensor llamado K. llega a una aldea gobernada por un conde que vive en un castillo sobre la colina; el agrimensor ha sido llamado por el conde para trabajar a su servicio, y su intención es establecerse allí y ejercer su profesión.
Sin embargo, topa de inmediato con inesperadas e insuperables dificultades. Por un lado, el castillo parece ser la sede de una monstruosa e incomprensible maquinaria burocrática a la que es casi imposible acceder; cuando parece lograrlo, no obtiene sino comunicaciones contradictorias. Por otro, no obtiene ninguna cooperación de las gentes del pueblo, que aceptan con naturalidad los absurdos dictados del castillo y parecen dejarlo de lado. A pesar de su empeño y sus esfuerzos, K. nunca logra más que aparentes avances en su propósito de iniciar su trabajo e integrarse en la comunidad, seguidos de retrocesos que lo devuelven una y otra vez al punto de partida. Max Brod hizo una versión dramática de esta obra en 1953.
América (1927), por último, es una novela inconclusa, además de fragmentaria, que presenta dos grandes saltos y carece de final. Aunque en la publicación póstuma ocupa el tercer lugar, fue la primera que escribió: su primer capítulo, "El chófer", se había impreso en 1913 como relato independiente. Su protagonista es Karl Rossmann, un muchacho de dieciséis años que, a consecuencia de una desdichada aventura con la criada de sus padres, se ve obligado a separarse de ellos y de Alemania, su patria, para emigrar a América, donde uno de sus tíos debe recibirle.
Pronto se encuentra abandonado a sus propias fuerzas en aquel inmenso y complicado país. Karl trata de trabajar en diversos oficios, pero dura poco en ellos; conoce así numerosos aspectos de aquella sociedad y pasa por múltiples experiencias que ponen claramente de relieve su imposibilidad de adaptarse. Como en las novelas antes reseñadas, el lector tiene la impresión de seguir al héroe a través de un oscuro laberinto indescifrable, donde los acontecimientos cobran un valor simbólico, pero sin que jamás se aclare la significación de los símbolos ni el efecto que puedan tener en la vida del personaje.
La muralla china (1931) es un volumen que recoge relatos y textos en prosa escritos a partir de 1917; además del cuento que le da título, abarca dieciocho narraciones diversas y dos colecciones de notas y pensamientos. Los Diarios 1910-1923 se publicaron en 1948-1949, aunque una selección de ellos y de las cartas del autor ya se habían impreso en 1937 en Praga. Estos textos son de gran importancia para la interpretación de la persona y la obra de Kafka, e incluyen un proyecto inconcluso de obra aforística que Max Brod compiló con el título Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino.
La existencia atribulada y angustiosa de Kafka se refleja en el pesimismo irónico que impregna su obra, que describe, en un estilo que va desde lo fantástico de sus obras juveniles al realismo más estricto, trayectorias de las que no se consigue captar ni el principio ni el fin. Sus personajes, significativamente designados con una inicial (Joseph K. o simplemente K.), son zarandeados y amenazados por instancias ocultas, materializadas en las autoritarias estructuras burocratizadas y anónimas creadas por la misma sociedad. Así, el protagonista de El proceso no llegará a conocer el motivo de su condena a muerte, y el agrimensor de El castillo buscará en vano el rostro del aparato burocrático en el que pretende integrarse; ambos padecen la angustiosa desorientación, la impotencia y finalmente el sentimiento de culpa y desamparo frente a un mundo ininteligible y deshumanizado que escapa a todo intento de control y que acaba degradando y sometiendo al hombre.
Tan singular es la opresiva atmósfera que emana de sus más características narraciones, que incluso la lengua común ha incorporado el adjetivo kafkiano para referirse a una situación particularmente absurda y angustiosa. Los elementos fantásticos o absurdos, como la transformación en escarabajo del viajante de comercio Gregorio Samsa en La metamorfosis, evidencian la alienación del individuo e introducen en la realidad más cotidiana aquella distorsión que permite desvelar su propia y más profunda inconsistencia, un método que se ha llegado a considerar como una especial y literaria reducción al absurdo.
Por su trascendental influencia, Franz Kafka se coloca a la cabeza de la renovación que emprendió el género novelístico en las primeras décadas del siglo XX, en la que también han de ubicarse grandes maestros como el francés Marcel Proust, el irlandés James Joyce y el estadounidense William Faulkner. Pero su originalidad irreductible y el inmenso valor literario de su obra le han valido a posteriori una posición privilegiada, casi mítica, en la literatura contemporánea. Cien años después de La metamorfosis, las múltiples interpretaciones trazadas desde los más variados puntos de vista (desde el enfoque existencialista al sociológico o psicoanalítico, pasando por las que parten del judaísmo o de la biografía del autor) siguen pareciendo reducciones o simplificaciones de una obra que, por su riqueza significativa, apenas tiene parangón en la literatura universal.
Cartas
Carta a su amigo y confidente Max Brod
Mi muy querido Max, ¿jugamos una vez más al juego de los niños infelices? Uno señala al otro y recita su antiguo verso. Tu opinión actual sobre ti mismo es un capricho filosófico, mi mala opinión sobre mí mismo no es una mala opinión trivial. En esta opinión quizá se halle mi única virtud, después de haberla delimitado adecuadamente en el transcurso de mi vida, es aquello en lo que jamás, jamás he tenido que dudar, me da un orden para mí mismo y me tranquiliza suficientemente, a mí, que me rindo de inmediato ante la falta de claridad. Estamos suficientemente cerca uno de otro como para poder ver los entresijos en la argumentación de la opinión del otro. Yo incluso he llegado a detalles y ellos me han alegrado más de lo que tú aprobarías -¿de qué otro modo podría seguir sosteniendo la pluma en mano? Nunca he sido de aquellos que sacan adelante alguna cosa a cualquier precio. Pero precisamente de eso se trata. Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita, debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron. También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosas rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a ti, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la base de pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más fáciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se podrá hablar solamente cuando concluya la primera versión.
¿No hiciste mecanografiar el Arche? ¡Esto sí que lo ha golpeado! Y yo no le escribo y no le escribo. Por favor, diles a la Srta. T. y a Weltsch y, si es posible, a los Baum que los quiero a todos y que el cariño no tiene nada que ver con escribir cartas. Dile de tal forma que sea acogido mejor y más amablemente que tres cartas reales. Si quieres, puedes hacerlo. En nuestra historia común me ha alegrado únicamente, aparte de algunos detalles, el estar sentado junto a ti los domingos (haciendo excepción, desde luego, de los ataques de desesperación) y esta alegría me seduciría de inmediato a continuar el trabajo. Pero tú tienes cosas más importantes que hacer, aunque sólo fuera el Ulises.
Carezco de todo talento organizativo y por eso ni siquiera soy capaz de inventar un título para el anuario. Pero no olvides que en la invención los títulos mediocres o incluso malos alcanzan un buen prestigio por influencias probablemente caprichosas de la realidad. ¡No digas nada contra la sociabilidad! También vine aquí por la gente y estoy satisfecho de que al menos en esto no me haya equivocado. ¡Cómo vivo en Praga! Esta necesidad que tengo de la gente y que se transforma en temor tan pronto se satisface, sólo está a gusto durante las vacaciones; sin duda que he cambiado un poco. Por otra parte, no leíste con atención mi horario, hasta las 8 escribo poco, pero después de las 8 nada, aunque es cuando más libre me siento. Escribiría más sobre esto si no hubiera pasado todo el día tan tontamente con juegos de balón y de naipes y sentado y recostado en el prado. ¡No hago excursiones! El mayor peligro es que ni siquiera veré el fragmento. ¡Si supieras cómo transcurre este corto tiempo! ¡Si fluyera con tanta claridad como el agua, pero se escurre como el aceite!
El sábado por la tarde me iré de aquí (pero hasta entonces me gustaría mucho recibir una tarjeta tuya), me quedaré el domingo en Dresde y llegaré por la noche a Praga. No iré por Weimar únicamente por una debilidad que vislumbro a distancia. Recibí una pequeña carta suya con saludos de propia mano de la madre y tres fotografías. En las tres se la ve en distintas posiciones, en relación con las fotografías anteriores son incomparablemente nítidas y ¡es bella! Y yo iré a Dresde fingiendo obligación y visitaré el jardín zoológico ¡que es donde debiera estar!
Franz
Carta a Felice Bauer
Fräulein Felice!
Te pediré un favor que suena completamente loco, y que yo consideraría como tal si fuera quien recibe la carta. Es también el más grande test al que aún la más amable persona puede ser sometida. Bien, el favor es que me escribas una vez por semana, así tu carta llega el domingo, porque no puedo resistir tus cartas diarias, soy incapaz de resistirlas. Por ejemplo, yo respondo una de tus cartas, luego estoy acostado, aparentemente en calma, pero mi corazón late a lo largo de mi cuerpo entero y sólo es consciente de ti. Yo te pertenezco, realmente no hay otra manera de expresarlo, aunque no es suficientemente adecuada. Por esta importante razón no quiero saber qué estás usando; me confunde mucho y no puedo lidiar con mi vida; y por esto es que no quiero saber que tu me tienes cariño. Si lo hice, ¿cómo pude, tonto de mí, permanecer sentado en mi oficina, o aquí en mi casa, en vez de saltar dentro de un tren con los ojos cerrados y abrirlos solamente cuando esté contigo? Oh, hay una lamentable, triste razón para no hacerlo. Para ser breve: mi salud es apenas suficiente para seguir solo, pero no es buena para casarme, y dejemos a un lado a la paternidad. Aún cuando leo tus cartas, paso por alto hasta lo que no puede serlo. ¡Si sólo tuviera tu respuesta ahora y cuán horriblemente te atormento, y cómo te obligo, en la quietud de tu cuarto, a leer esta carta, tan desagradable como jamás ha estado en tu escritorio! ¡Honestamente, esto me golpea por momentos y quedo preso como un espectro de tu feliz nombre! Si sólo hubiera despachado carta el sábado, en la cual hubiera implorado que jamás me escribieras de nuevo, y en la cual te hubiera hecho una promesa similar. Oh Señor, qué me impidió enviar esa carta? Todo estará bien. Pero, ¿hay una solución tranquila ahora? ¿Ayudará si nos escribimos una vez a la semana? No, si mi sufrimiento puede ser curado por algo semejante, quiere decir que no es serio. Y ya preveo que seré incapaz de soportar aún las cartas dominicales. Y así, para compensar por la oportunidad deesperdiciada el sábado, te demando con la energía que me queda, en el final de esta carta: Si valoramos nuestras vidas, permitámonos abandonar todo. ¿Pienso que debo firmar "tuyo" ? No, nada podría ser más falso. No, yo seré siempre esclavo de mí mismo, eso es lo que soy, y debo tratar de vivir con eso.
Franz
Dos años antes de su muerte, Franz Kafka (1883-1924) confesó que nunca había conocido las palabras «te amo». ¿No supo el autor de «La metamorfosis» lo que era amar? Puede que el problema estuviera más en su forma de entender el amor que en la incapacidad para mantener relaciones. Y su definición de amor, que explica su renuncia a pronunciar las palabras millones de veces repetidas en todo tiempo y lugar, tantas veces en vano –«te amo»–, es tan compleja y tortuosa como su literatura.
La relación más larga fue con Felice Bauer, pero antes hubo varias: de una nunca sabremos el nombre. Solo que coincidieron en Zuckmantel (Silesia), en los veranos de 1905 y 1906. «Ella era una mujer y yo un muchacho», escribió después, al confesar que «excepto en las cartas, nunca he tenido con Felice esa dulzura de la relación con una mujer amada que tuve en Zuckmantel y en Riva». La muchacha de Riva, un balneario junto al lago de Garda, era Gerti Wasner.
Carta a Felice Bauer del 17 de noviembre de 1912.
"La otra noche te soñé, es la segunda vez. Un cartero me traía dos certificadas tuyas y me entregaba una en cada mano con un movimiento magníficamente preciso de los brazos que saltaban como émbolos de una máquina a vapor. Eran cartas mágicas. Podía extraer cuantas hojas quisiera sin que los sobres jamás se vaciaran. Me encontraba a mitad de una escalera y estaba obligado, no te ofendas, a tirar sobre los escalones las hojas ya leídas si quería extraer más de los sobres. Toda la escalera de arriba a abajo estaba cubierta de manojos de hojas y el papel elástico, ligeramente sobrepuesto, enviaba un fuerte murmullo".
kafka bauer
Carta a Felice Bauer del 28 de marzo de 1913.
"La ventana estaba abierta y en mi fantasía inconexa cada cuarto de hora yo saltaba por la ventana, continuamente, luego llegaba el tren y un vagón después de otro pasaba sobre mi cuerpo tendido en los durmientes y profundizaba y ensanchaba mis dos tajos: en el cuello y en las piernas".
Carta a Felice, 21 de junio de 1913
"... Pero que me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano como se recupera para el otoño y el invierno? ¿Es esta una vida posible? Quizá, quizá sea posible, pero es preciso que tú reflexiones sobre ello hasta la última sombra de una duda."
Carta a Felice Bauer del 6 de agosto de 1913.
"Tuve durante la noche un verdadero ataque de locura, no lograba dominar mis ideas, todo se disolvía hasta que en medio de mi máxima angustia vino en mi ayuda la figura de un sombrero negro como de comandante napoleónico, que se apoyó sobre mi conciencia y la mantuvo apretada con fuerza. Mientras tanto el corazón me latía magníficamente, luego tiré la frazada, aun cuando la ventana estuviera abierta de par en par y la noche estuviese bastante fresca".
En julio de 1916, Felice y Kafka toman unas pequeñas vacaciones en Marienbad. Ocupan habitaciones contiguas. Falta aún un año para que contraigan por segunda vez un compromiso matrimonial que se rompió tras ser diagnosticada al escritor la tuberculosis que lo llevaría a la tumba. Muchas cosas habían cambiado para él, incluido su temor a formar una familia. Se lo decía a Julie Wohryzek, la muchacha judía con quien se comprometió por tercera vez y a quien explicó que nada le parecía «más deseable» que el matrimonio y los hijos.
Kafka tenía entonces 36 años y hubo de soportar que su padre le sugiriera que si lo quería era sexo podía resolverlo yendo a un burdel. De ese comentario nace la “Carta al padre”, el testimonio más doloroso de la literatura universal.
Dora Dymant fue la última. Si no se casaron fue porque lo desaconsejó el rabino al que el padre de la muchacha consultó sobre el enlace. Kafka, devorado por la enfermedad, vivió junto a ella momentos de felicidad hasta entonces desconocidos. Quizá en esos meses postreros, tras haber escrito tanto sobre ello – pese a ser un escritor carente de todo romanticismo en el sentido clásico – entendió lo que era el amor.
Pdf de: Carta al padre
Pst: espero los memes no menguen la calidad del post o sean de mal gusto para ustedes.
Un par de ensayos que me han agradado.
No he entendido a Kafka.
Después de seis meses de fracaso al intentar escribir este texto, he dejado de contar cuántos días perdía sin entender un aforismo de Kafka. De eso ya hace mucho. Luego, por necedad, por necesidad, por salvación, he vuelto a escribir, pero de otros temas. Alguna vez me he forzado a escribir sobre Kafka de nuevo sólo para fracasar igualmente, como en una ocasión en que visité el museo del cine, en Girona, y vi una ilusión óptica bastante conocida: de un lado de un disco, una jaula; del otro, un pájaro. Cuando el disco gira, por un instante puede verse al pájaro prisionero. Pero nada ocurrió entonces ni ocurrirá nada de nuevo. Esto también podría llamarse: “Historia de una jaula”.
Son ocho palabras que me han taladrado la cabeza. El aforismo aparece en alguna de las 103 hojas de papel que Jordi Llovet asegura que Kafka ocupó para Carta al padre y para algunas misivas a Max Brod. “Una jaula salió en busca de un pájaro” se lee en el número dieciséis. Kafka numeró casi la totalidad de los aforismos. Todos los números tienen significado según el esoterismo y la literatura. El uno, el dos, el tres, el siete, el 138, el 1202, el 10 000 001. Pero no creo que signifique nada. Tampoco creo que revele mucho saber que primero fue: “Una jaula salió a cazar un pájaro”, como se encuentra en el Cuaderno en octavo G, que también contiene otros de sus aforismos en una fase previa a la definitiva, si es que un aforismo escrito en los últimos años de vida puede tener una forma terminada: “No hay duda de que Kafka recibió el impulso definitivo para la redacción de esta serie de pensamientos a raíz del diagnóstico de su enfermedad, que él mismo consideró desde el principio que sólo podía llevarle a la muerte en un lapso relativamente corto”, dice Llovet en una nota a las Obras Completas de Kafka. Pero lo biográfico es tan difuso como la ficción, y no hay menos trampas ni mentiras, ni aún la muerte puede iluminar mucho esta jaula.
El problema consiste, más que en decir algo, en decir algo correcto: “Aunque una obra literaria se puede leer de varias maneras, este número es finito y admite un orden jerárquico; algunas lecturas son obviamente más «verdaderas» que otras, algunas son dudosas, otras obviamente falsas y otras, al fin (…) absurdas”, dice W. H. Auden en su ensayo “Leer”. Kafka, por enigmático que sea, debe tener una lectura verdadera, real, correcta, adecuada o cualquiera que sea la palabra que sirva para indicar que es ésa la interpretación y no el resto. Y, sin embargo, a Kafka le sucede con exageración lo que a las demás literaturas: los posibles significados se multiplican. Dice Eco sobre la interpretación: “nos damos cuenta, creo, de que la pluralidad de los sentidos es un fenómeno que se instaura en un texto aunque el autor no pensara en él en absoluto y no haya hecho nada para estimular una lectura con sentidos múltiples”. Mayor angustia en las creaciones de Kafka, que era consciente de esta proliferación. Una obra abierta puede ser también una obra abierta hacia la nada, un henchirse de sentido hasta el absurdo y la misma negación de sentido.
Me pregunto ahora: ¿qué pájaros imaginarios puede contener un aforismo? No he sido un obsesivo solitario en esta duda. Estas ocho palabras han generado poemas, libros, cuentos. Son interpretaciones, respuestas. Llenan los vacíos que un misterio produce. Pero, ¿qué dicen de la obra? Quizá nada, tampoco. Quizá también son un fracaso, aunque bello. Francisco Hernández titula a la sección de un poemario “De la jaula vacía”. Esto se lee en los primeros versos: “de la jaula vacía/ voló el canto”; esto en los últimos tres: “¿cómo decir que el canto escapa/ de la jaula sólo para ser atrapado por el silencio”. También ha escrito lo siguiente: “No hay un pájaro/ el árbol canta”, “en la jaula vacía/ canta el silencio”. Y en un relato de García Márquez, “La prodigiosa tarde de Baltazar”, encuentro estas palabras: “Ni siquiera será necesario ponerle pájaros —dijo, haciendo girar la jaula frente a los ojos del público, como si la estuviera vendiendo—. Bastará con colgarla entre los árboles para que cante sola”.
También Pizarnik admiraba a Kafka. Confío en que para él es este verso: “La jaula se ha vuelto pájaro”. Esa misma jaula se transforma en ausencia en otro de sus poemas: “Cómo contar con palabras de este mundo/ que partió un barco de mí llevándome”. Una jaula que se aleja.
Quizá Kafka mismo jugó con un antecedente, una primera jaula vacía. Acaso ésta, de Jules Renard, que murió antes de que se redactaran los aforismos del checo:
La jaula sin pájaro
—Cada vez que miro esta jaula, me felicito por mi generosidad. Podría encerrar en ella
a un pájaro y la dejo vacía. Si quisiera, un oscuro tordo, un pardillo elegante o
cualquiera otra de nuestras aves sería esclava. Pero, gracias a mí, cuando
menos una de ellas permanece libre.
Y, sin embargo, el interés de Kafka no es la libertad sino la prisión. Acaso es ésta su broma. Pero hay más interpretaciones:
La metafísica: la jaula es el cuerpo y el pájaro, el alma libre.
La judicial, que dice que es una metáfora del sistema de represión moderno.
La artística: el pájaro es, como en otros textos, lo bello, lo grande, lo artístico. Me gusta suponer que nosotros somos la jaula vacía. Todo lo que tocamos lo aprehendemos, lo constreñimos, lo ahogamos. Lo único bello está fuera de nosotros y tenemos que encerrarlo.
La teológica: que es una metáfora de Dios.
La posmoderna: que es sólo un juego de expectativas, un texto irónico sobre los papeles que asumimos que las cosas deben desempeñar en este mundo.
La emocional: que es la representación de la ausencia del ser amado.
La fantástica: que es literal, hay jaulas que salen a buscar pájaros. Y en esta realidad, quizá, en vez de un corazón el pájaro guarda una jaula.
Ustedes mismos pueden buscarlo: páginas y páginas que no dicen nada, que lo repiten todo; que hablan con certeza absoluta y se equivocan. Internet es un museo de pájaros y jaulas. Contra la claridad engañosa que puede sugerir un texto sencillo, un aparente sólo describir las cosas, está la perplejidad de no acabar de estar seguros de lo que se lee. Una palabra en el ángulo justo y con la fuerza indicada puede cortarnos la cabeza. Porque creo sinceramente que hay obras a las que no podemos acceder y creo que hay obras que no podemos explicar, obras de las que no podemos decir todo lo que quisiéramos y que, sin embargo, son obras que dicen todo de nosotros, que nos hablan como un íntimo secreto que nos hace llorar.
¿Cuántas veces tendré que repetir este relato? Y pensar que una línea puede requerir tanto esfuerzo. Sé que el aforismo se escribió entre 1918 y 1924, pero no el año preciso ni el porqué. Está solo, como ante un desierto. No deriva de nada. Su nacimiento parece inmediato, repentino, el súbito resplandecer de una estrella que surge a millones de años luz. Podría decir cualquier cosa y no mentiría. Podría decir cualquier cosa y no sería verdad. Esto es lo que llaman “el misterio”, lo que en el Zohar define a Dios con estas palabras: “que se esconde mientras se muestra”, del que sólo se puede hablar con contradicciones. Y así, la jaula crece. Y yo estoy en la jaula, yo soy un pájaro invisible, un fantasma. Es esto lo que he pasado mucho tiempo tratando de escribir, lo que he dejado luego y lo que ahora retomo para desahogarme o para ser honesto. Se ha vuelto una manía y necesito darle fin. No he entendido a Kafka
Para (Re)leer a Kafka.
En el terreno literario, los relatos de Kafka figuran entre los más negros,
entre los más apegados a un desastre absoluto.
M. Blanchot
Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando
como material único la basura de la realidad.
T. W. Adorno
entre los más apegados a un desastre absoluto.
M. Blanchot
Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando
como material único la basura de la realidad.
T. W. Adorno
I
Partiré de una observación preliminar: Kafka no sólo se lee: Kafka se estudia. Pues sólo estudiándolo es posible ingresar, provistos con el fino hilo de Ariadna, al enredado laberinto; pues sólo estudiándolo podremos hallar, sin riesgo a extraviarnos, al fiero, al indomable Minotauro. Mas cuando por fin avizoramos en Kafka al Minotauro, cuando, con la espada de bronce en la mano, nos enfrentamos a la bestia solitaria, ésta no luce, oh desilusión, como la imaginábamos: sus belfos sangrientos no dibujan sino una afable sonrisa serena; el infierno centelleante de sus ojos no manifiesta la agitación de la cólera, sino la dulce pasividad del ensueño; su envergadura colosal no es sino la grácil figura de un sabio artesano de Creta. Sólo en ese momento comprendemos que estudiar, que releer a Kafka, no es sólo el requisito para entrar al intrincado laberinto, sino una de las condiciones para poder interrogar al Minotauro, para establecer un diálogo con él, para entenderlo…
Teseo
Preguntas vanamente. No sé nada de ti: eso da fuerza a mi mano.
Minotauro
¿Cómo podrías golpear? Sin saber a quién, a qué. (Cortázar)
Seré más claro: el Minotauro, es decir, el vasto corpus de la obra kafkiana, es tanto más revelador cuanto más se le somete a interrogatorio. Su naturaleza, en apariencia hostil, confusa o contradictoria, revela la fecundidad de un pensamiento que ha recorrido las madrigueras, las alcantarillas, los sótanos de la azarosa condición humana. Por eso mismo el arte de Franz Kafka requiere de un lector sagaz, de un lector que no se reduzca a la fácil canonización de un escritor que ha trastocado el rumbo no sólo de la literatura del siglo XX, sino de la literatura de todas las épocas, así como de todas las regiones: bástenos recordar el notable trabajo de Borges sobre los precursores de Kafka. El lector perfecto de Kafka —si se puede hablar de un lector perfecto— es aquel que, no conforme con las interpretaciones simplistas o “neuróticas” de su obra, vislumbra en cada frase, en cada párrafo, en cada libro, una transliteración (subjetiva) de un conflicto sociopolítico de la vida cotidiana.1 ¿No revela el injusto proceso impuesto a Josef K. una circunstancia con la que tenemos que convivir todos los días, es decir, la arbitrariedad, la irracionalidad del sistema de justicia penal en la era del capitalismo empresarial, vale decir, en la era de las terribles sociedades de encierro? ¿No augura el hormiguero burocrático de El Castillo el advenimiento de una burocratización —mecanización— ontológica del individuo en favor de los intereses exclusivamente económicos del Estado (fascista) neoliberal? 2 En uno de sus admirables estudios sobre literatura moderna, Georg Lukács indica que Kafka “desgarra la unidad real del mundo” para presentar su visión subjetiva como la “esencia de la realidad objetiva” . En la misma línea de análisis, Elias Canetti señala: “Si reflexionamos con un poco de valor, reconoceremos que nuestro mundo está dominado por el miedo y la indiferencia. Así pues, al expresarse sin miramientos, Kafka ha sido el primero en retratar a este mundo” (87). Desde este punto de vista, resulta necesario, casi imprescindible, desechar toda suerte de hermenéutica que intente mixtificar, teologizar o hipostasiar al conjunto de las narraciones kafkianas. Digámoslo abiertamente: Kafka es un escritor realista; tal vez uno de los escritores más realistas de todos los tiempos.
II
Theodor Adorno propone una regla para comenzar a leer a Kafka: “tomarlo todo literalmente, sin recubrirlo desde arriba con conceptos” (263). Gregor Samsa no se ha convertido metafórica, imaginariamente, en insecto; se ha convertido literal, objetivamente, en insecto. La metamorfosis no es el signo de una enfermedad; es la objetivación de una situación corriente. Si el ser humano es tratado como insecto por la sociedad, por el Estado, por la familia o por la empresa, ¿por qué no habría de convertirse en uno? El hombre, que ha sido explotado, coaccionado o reprimido por las distintas instituciones culturales de la humanidad, aparece en la obra de Kafka bajo la apariencia de su significante zoológico: ora un escarabajo, ora un ratón, ora un simio. Cuando se refiere a las técnicas de composición kafkianas, Roland Barthes hace hincapié en la íntima relación que un hombre singular (Kafka) mantiene con un lenguaje común (el alemán); así pues, la técnica de Kafka es una técnica de significación: “basta con hacer del término metafórico el objeto pleno del relato, remitiendo la subjetividad al dominio alusivo, para que el hombre insultado sea verdaderamente un perro: el hombre tratado como un perro es un perro. La técnica de Kafka implica pues, en primer lugar un acuerdo con el mundo, una sumisión al lenguaje usual, pero inmediatamente después una reserva, una duda, un temor ante la letra de los signos propuestos por el mundo”. Según Barthes, el arte de Kafka consiste, en esencia, en una subrogación de significantes; Samsa, el significante humano, es trocado (literalmente) por el escarabajo, el significante animal. De este modo, es absurdo hablar de una alegoría, de una metáfora, de una licencia poética. O bien, según Deleuze-Guattari: “Kafka elimina deliberadamente cualquier metáfora, cualquier simbolismo, cualquier significación, así como elimina cualquier designación. La metamorfosis es lo contrario de la metáfora”. Posiblemente una observación (aunque un tanto descontextualizada) de Jean-Luc Godard nos facilite la aprehensión del universo del discurso kafkiano: “La imagen de la realidad es la realidad de la imagen”. La imagen, que es el mapeo de un campo determinado de la realidad efectiva, representa al mismo tiempo la realidad efectiva de esa imagen. Kafka —como indica Lukács más arriba— impone su visión subjetiva del mundo como “esencia de la realidad objetiva”. Gregor Samsa (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Pedro el Rojo (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Josefina (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real. En consecuencia, es necesario abandonar, en cualquier exégesis de Kafka, la noción insostenible de un “subjetivismo fantástico” tan simple como inconsecuente.3
III
No me propongo, con lo anterior, establecer un método de lectura definitivo de la obra kafkiana. Después de todo, Kafka es Kafka en su multiplicidad, en su flujo inagotable de contradicciones. ¿Será Kafka —lector de Kierkegaard— un escritor piadoso o será Kafka —lector de Nietzsche— un escritor político? ¿Será lícito trazar una línea de demarcación entre ambas posibilidades? ¿O acaso todas las interpretaciones —existencialistas, materialistas o psicoanalíticas— poseen, como afirma Blanchot, la misma validez, que es la validez del vacío? ¿Acaso no existe una luz, por tenue, por desesperanzada que sea, que señale la línea de escape de la húmeda e insondable madriguera? Probablemente exista, sin embargo. Al abordar los componentes de la expresión kafkiana, Deleuze y Guattari sitúan —no sin justificación— las cartas por encima de las narraciones, pues las epístolas de Kafka, al igual que las páginas de los diarios, configuran la arcilla espiritual de su profusa e inquietante labor literaria. En ellas se encuentra, dolorosa, brutalmente esparcido, el rastro sangriento de las escaramuzas interiores que el autor de Praga, a lo largo de los últimos doce años de su vida, libró contra sí mismo. El proceso, novela en primera estancia inaprehensible gracias a su tratamiento técnico-dramático, se vuelve más clara, más asequible, menos confusa, cuando se verifica el infierno —latente en el epistolario— de la relación que Franz Kafka sostuvo con Felice Bauer a partir de su encuentro en la casa de los Brod el 13 de agosto de 1912. Elias Canetti ha recuperado admirablemente la conexión prevaleciente entre la intriga de El proceso y el otro “enjuiciamiento”, es decir, el compromiso nupcial con Felice Bauer, en el que tanto la berlinesa como los parientes más cercanos de su familia fungieron como los miembros del aciago “tribunal”. Se sabe que la relación con Felice culminó de manera desastrosa; no sorprende, por tanto, que el Tribunal dictamine a Josef K. una sentencia asaz desfavorable. A través del análisis de Canetti es posible darse cuenta, no obstante, de un hecho cardinal: que la literatura de Kafka está casi siempre referida, consciente o inconscientemente, a una determinada realidad sociopolítica, a un determinado entorno familiar. En este sentido, la pugna contra el padre se traduce, en la maravillosa pluma de Kafka, en narraciones como La condena, Un fogonero o La metamorfosis; su condición de artista (que por lo demás Kafka siempre contempló con reticencia) remite a relatos como “Un artista del hambre“ o “Un artista del trapecio“; El Castillo —¿hace falta acentuarlo?— está directamente emparentado con su empleo burocrático en la compañía de seguros aunque, no está de más decirlo, Maurice Blanchot ha querido entrever en el argumento de la novela rasgos de su breve pero vertiginoso amorío con Milena Jesenska. ¿Leer a Kafka desde Kafka o leer a Kafka desde otras disciplinas? No es sencillo decantarse por un solo camino. Lo que debe quedar claro, sin embargo, es nuestra inquina hacia las lecturas piadosas, hacia las interpretaciones que quieran, a fuerza de arbitrariedad, hacer de Kafka un profeta de la ilusoria Divinidad supraterrena. ¿No era Kafka, después de todo, admirador de Gustave Flaubert, suspicaz preceptor suspicaz de los naturalistas? 4
IV
¿Por qué no admitir el supuesto carácter mítico, el supuesto carácter religioso de la literatura kafkiana? Porque hacerlo sería negar a Kafka; sería colocarlo junto a los escritores dogmáticos, situarlo en el escaparate de los escritores burgueses. Sería admitir que la literatura de Kafka es un refugio, una evasión, una ruta de escape. Sería entregar una de las obras más sensibles (pero al mismo tiempo más brutales) de la literatura universal al “más allá” del mito hebraico: al mundo de las entidades etéreas, al paraíso de las ilusiones estériles. Sería recusar, transgredir, devastar la concepción foucaultiana de la literatura: “Más que cualquier otra forma de lenguaje, la literatura sigue siendo el discurso de la «infamia», a ella le corresponde decir lo más indecible, lo peor, lo más secreto, lo más intolerable, lo desvergonzado”. Kafka no es ningún poeta lírico; Kafka no acaricia, no seduce a la realidad. Aun por el contrario: la desgarra; la descompone en sus detalles más ínfimos para presentarla en su desnudez más vergonzosa, en su condición más vulnerable, en los delirios agonizantes de su enfermedad. «Por eso resulta tan burdo, tan grotesco, oponer la vida y la escritura en Kafka; suponer que se refugia en la literatura por carencia, por debilidad, impotencia frente al vida. Un rizoma, una madriguera, sí; pero no una torre de marfil. Una línea de fuga, sí, pero de ninguna manera un refugio”. Como amanuense de la infame realidad, como antipoeta del desastre, Kafka quebranta cada una de las normas de la creación artística burguesa: el embellecimiento, el recubrimiento obstinado de las pestilentes inmundicias de la humanidad; la afirmación de un mundo que no corresponde a este mundo, de un mundo en el que tanto la felicidad como la libertad son asequibles por medio del trabajo asalariado, de la sumisión deliberada, de la alienación contumaz del individuo; la glorificación de l’art pour l’art, el desprendimiento del artista de la praxis política, el desinterés por los mecanismos de control que asedian la verdadera autonomía del ser humano. Ni decadente, ni depresivo, ni simbolista, ni fantasioso, Kafka pertenece a la nómina de los rebeldes que no soportan, que no toleran los estragos de la autoridad, los excesos del poder, la heteronomía que degrada a cada instante al individuo. ¿Un sollozo o una denuncia? ¿Un triste lamento en la oscuridad o un grito para desafiar al opresor, para despertar de nuestra negligente somnolencia? ¿Cómo leer, pues, a Kafka? Como un apóstata, como un inconforme, como un incendiario. En otras palabras, como un subversivo que se rebeló contra el sistema de dominación, contra los objetivos socialmente establecidos, haciendo, pese a cualquier circunstancia, lo que él más amaba: escribiendo.
Notas
1] “Llamamos interpretación inferior, o neurótica, a toda lectura que convierta al genio en angustia, en trágico, en ‘problema individual’. Por ejemplo, Nietzsche, Kafka, Beckett, no importa quién: aquellos que no los lean con muchas risas involuntarias y con escalofríos políticos lo deforman todo” (Deleuze y Guattari 65).
2] En el estudio que dedica al Mal en la literatura, George Bataille ha advertido el carácter profundamente escéptico de la narrativa kafkiana. Desde su perspectiva, Kafka no sólo pone en tela de juicio a la sociedad capitalista, sino a toda formación social que pretenda imponer su “razón” y su “justicia” como fuentes de “verdad” inobjetables.
3] Dice Roger Garaudy: “Una idea, por más abstracta que sea, no tiene sentido ni valor sino por referencia a lo real: si no revela ningún vínculo interno de la realidad, si no tiene relación alguna con la realidad, no es propiamente una idea” (“Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista).
4] “A la vida terrena no puede seguir un Más Allá, porque el Más Allá es eterno, de manera que no puede estar en contacto temporal con la vida terrena” (Cuadernos en octava). Borges ha señalado un hecho curioso al respecto: “[Kafka] Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra”.