InicioArteCuento: Uva
Uva
por María Beatriz Crespo



Espere que les guste el cuento linces, lo escrbió una amiga.



-¿Hace calor o yo tengo calor?

– Estás planchando – dije.

Fuimos a la terraza después de cenar y aún sobraba un poco de vino.

-Ya es hora de agrandar la terraza. No puede ser que después de dos años no entren nada más que dos sillas – comentó Lila.

-Solo hay que sacar todas estas plantas que no sirven ni para oxigenar el cigarrillo.

-Ese vicio es culpa nuestra ya lo sabes.

Cuando empezó a llover aún no se acababa el vino, con el cigarrillo en la mano los intervalos de tragos son mucho más pausados. No nos importó, no podíamos irnos a dormir por el vino y la indigestión.

– Mis pies están mojados y estoy empezando a sentir frío, vámonos adentro de una vez. – dijo Lila con su voz chillona.

-Pero no hay ningún adentro donde podamos tomar el vino. – respondí, tratando de excusar la vagancia.

-Lo que tú quieres es seguir fumando.

Dos horas después de cenar y nada, pausados, todavía con los codos sobre la silla de metal. De vez en cuando pasaba el afilador de cuchillos anunciándose con esa melodía al silbar que saben hacer tan bien.

-¿Por qué nos engañan? – preguntó Lila.

-¿Qué cosa? – pregunté nervioso, pensando que había tomado por fin, el tema de conversación que ninguno se atrevía a tocar.

-Tú no lo sabes, porque te vas al trabajo. Pero es insoportable el sonido que hacen al rozar el cuchillo contra la piedra una y otra vez. Yo me voy. Lo dejo sólo en la cocina, pero me voy.

-Por eso son buenos músicos – dije mucho más aliviado.

Me serví lo último que quedaba del vino y esta vez lo sentí más dulce y suave, no sé si por el sabor de la lluvia que chorreaba mi cara o por el contraste del cigarrillo en mi boca. Prendimos la lámpara y sacamos un libro, sabiendo que los dos queríamos todavía esperar.

-Ya no aguanto mis pies fríos – dijo Lila, quejándose una vez más.

– ¡No sigas! si quieres apoyarlos sobre mi pierna, o sobre tus palmeritas, hazlo.

Cada vez nos quedábamos callados por más tiempo, pero nuestro reloj no eran las horas, era la espera.

-Si vuelve a pasar el afilador de cuchillos, nos vamos a dormir, sí.

-Está bien – respondí.

Los dos sabíamos que no volvería a pasar, por eso acepté esta condición que no aplicaba.

Ahora sí no había excusa para quedarnos, ya no estaba lloviendo, pero seguíamos un poco mojados. Si alguno iba a ver una manta, se evidenciaría que forzadamente teníamos que quedarnos en la terraza. Empezamos a darnos cuenta que vivíamos engañados.

-Tres años y nada de confianza, ya ves.

Fue el primer movimiento que hizo Lila respecto a lo que hemos estado esperando. No podía hacerme el que no tenía idea de lo que hablaba, no dije nada, solo hice una expresión de cansancio, pero tarde o temprano había que hablar al respecto.!

-Ya va a llegar, – tratando de calmarla – de eso se trata, ¿qué son estos minutos de espera en comparación a la vida que está a punto de llegar?

-Sí, pero es un pajarraco, ¿cuál es su razonamiento a eso? sólo hace su trabajo. – Lila estaba impaciente, me dio un poco de pena, entiendo que las mujeres se entusiasman más con esa labor de…

-¿Quieres té? – una forma de distraer mis pensamientos.

Fui a la cocina y al momento de levantarme, me tropecé con la tetera que Lila había comprado recientemente. Su impaciencia era contagiosa, pero yo estaba a punto de perder la esperanza.

-¿No te vas a terminar ese último sorbo de vino? – pregunté.

-No, acábatelo.

Ese último sorbo me supo a jugo de uva, me quedé enrarecido.

-Tuvo que haber llegado hace meses, ¿no crees? He entrenado con bebes de hule que usan hasta pañales ¡Es por ti que el bebé no ha llegado con el pajarraco, tú eres el que no está preparado!

-¡Te dije que no quería jugar a esto! He perdido tiempo y ya llegaron por mí, ¡diré que no me vuelvan a traer jamás!

-¡Serás el peor padre del mundo, Tomás!

*

-Lila, ¿ya se fue tu amigo?

-Si mamá.

-¿Y qué hicieron? ¿Recogiste tus juguetes del piso?

-Nada mamá, dime, ¿cuánto tiempo se demoró la cigüeña en traerme a casa con ustedes?

– Ay Lila, uno con su instinto de madre lo sabe, con el tiempo aprenderás. ¿Le gusto a Tomás el jugo de uva?!

-¡Si!, hasta se terminó el de mi vaso.



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